¿aliada del aprendizaje o atajo para dejar de pensar?
La universidad ya no puede discutir si permitirá o no la inteligencia artificial. Los estudiantes ya la utilizan. La verdadera discusión es otra: ¿estamos enseñando a utilizarla para pensar mejor o estamos permitiendo que piense por nosotros?
La inteligencia artificial no está esperando autorización para entrar a las universidades. Ya entró.
Está en los teléfonos de nuestros estudiantes, en sus computadores, en las tareas que presentan, en las búsquedas bibliográficas, en las traducciones, en las presentaciones, en la programación, en los resúmenes e incluso en algunos trabajos de titulación. También comienza a estar presente en el trabajo de los docentes: planificación de clases, elaboración de rúbricas, generación de actividades, revisión de textos y diseño de materiales educativos.
Frente a esta realidad aparecen dos posiciones que parecen irreconciliables. Por un lado, quienes ven en la inteligencia artificial una oportunidad extraordinaria para transformar la educación. Por otro, quienes consideran que herramientas como ChatGPT pueden terminar debilitando el pensamiento crítico, fomentando el plagio y convirtiendo al estudiante en un consumidor pasivo de respuestas.
Probablemente ambos tengan parte de razón.
El problema es que mientras discutimos si la inteligencia artificial es buena o mala, la tecnología continúa avanzando y nuestros estudiantes continúan utilizándola. Por eso quizá estamos formulando mal la pregunta.
La cuestión ya no debería ser si debemos permitir que los estudiantes utilicen inteligencia artificial, sino qué tipo de estudiante queremos formar en una sociedad donde la inteligencia artificial estará presente prácticamente en todas las profesiones.
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Una herramienta extraordinaria para aprender
Negar las posibilidades educativas de la inteligencia artificial sería un error.
Un estudiante puede pedirle a una herramienta de IA que explique nuevamente un concepto que no comprendió durante una clase, que utilice palabras más sencillas, que proponga ejemplos, que compare dos teorías o que genere ejercicios adicionales sobre un determinado tema.
Puede convertirse, bajo una utilización adecuada, en una especie de tutor disponible permanentemente.
Esto tiene especial importancia en la educación superior contemporánea, donde no todos los estudiantes responden al perfil tradicional de una persona que dedica exclusivamente su tiempo a estudiar. Muchos trabajan, tienen responsabilidades familiares, viven lejos de los centros educativos o estudian mediante modalidades virtuales o semipresenciales.
Para ellos, disponer de herramientas que permitan resolver dudas, organizar información o recibir explicaciones adicionales puede significar una importante oportunidad de aprendizaje.
La IA también puede ayudar a superar determinadas barreras. Un estudiante puede simplificar un texto excesivamente complejo, traducir información, generar ejemplos contextualizados o recibir retroalimentación sobre un primer borrador antes de entregar un trabajo.
Incluso puede estimular la creatividad.
Podemos pedirle que proponga diferentes soluciones para un problema y posteriormente solicitar al estudiante que determine cuál es la mejor y justifique su elección.
En ese momento la IA deja de ser simplemente una máquina que responde preguntas y comienza a convertirse en un recurso para provocar nuevas preguntas.
Y allí está una de las grandes oportunidades educativas.
Pero existe una línea muy delgada
La misma herramienta que puede desarrollar autonomía también puede generar dependencia. Un estudiante puede utilizar la inteligencia artificial para comprender mejor un concepto. Pero también puede utilizarla para evitar comprenderlo. Puede pedir explicaciones adicionales sobre un texto académico o simplemente solicitar un resumen para no leerlo.
Puede utilizarla para revisar la estructura de un ensayo o pedir directamente que escriba todo el ensayo. Puede pedirle sugerencias para resolver un problema o copiar una respuesta completa sin analizarla. La diferencia entre ambas situaciones no está en la tecnología. Está en la intención, la metodología y la capacidad crítica de quien la utiliza.
Ese es posiblemente el mayor riesgo educativo de la inteligencia artificial: no que las máquinas lleguen a pensar como los seres humanos, sino que los seres humanos comiencen a acostumbrarse a no pensar porque una máquina puede hacerlo por ellos.
Si cada duda obtiene una respuesta inmediata, si cada problema viene acompañado de una solución y si cada texto difícil puede convertirse automáticamente en un resumen de cinco párrafos, tendremos que preguntarnos qué ocurre con competencias como la paciencia intelectual, la lectura profunda, la capacidad de argumentar o la tolerancia frente a la dificultad.
Aprender también significa equivocarse.
Significa buscar una respuesta, descubrir que estábamos equivocados, reformular una pregunta y volver a intentarlo.
Una educación excesivamente automatizada podría eliminar precisamente algunas de esas experiencias que forman el pensamiento.
El problema también está en nuestras evaluaciones
Sin embargo, responsabilizar únicamente a los estudiantes sería demasiado sencillo.
Si una inteligencia artificial puede resolver en treinta segundos una tarea universitaria que nosotros diseñamos para una semana, quizá deberíamos preguntarnos si el problema está solamente en la inteligencia artificial.
Tal vez también esté en la tarea.
Durante décadas hemos construido buena parte de la evaluación universitaria alrededor de productos: ensayos, resúmenes, cuestionarios, informes y presentaciones.
La IA generativa obliga a reconsiderar este modelo.
Preguntas como “defina”, “explique”, “resuma” o “mencione las características de…” pueden ser respondidas perfectamente por una máquina.
La universidad tendrá entonces que avanzar hacia evaluaciones donde sea mucho más importante argumentar, relacionar, interpretar, defender, cuestionar y aplicar.
Podemos pedir al estudiante que utilice inteligencia artificial, pero también que explique cómo la utilizó.
Que muestre sus preguntas.
Que identifique errores en las respuestas obtenidas.
Que contraste la información con fuentes académicas.
Que explique qué partes aceptó, cuáles rechazó y por qué.
Incluso podríamos pedirle algo todavía más interesante: que contradiga a la inteligencia artificial.
Ese tipo de evaluación probablemente nos permita conocer mucho mejor su capacidad intelectual que un ensayo realizado en casa del que nunca podremos estar completamente seguros quién —o qué— lo escribió.
¿Prohibirla? Parece sencillo, pero no lo es
Una reacción frecuente de algunas instituciones educativas ha sido intentar prohibir estas herramientas. Es comprensible. Existen preocupaciones legítimas relacionadas con plagio, privacidad, propiedad intelectual, información falsa, sesgos algorítmicos y dependencia tecnológica.
Pero la prohibición absoluta tiene un problema: resulta cada vez menos realista. Sería semejante a intentar formar profesionales prohibiéndoles utilizar buscadores de Internet porque podrían encontrar allí las respuestas. La responsabilidad educativa no debería consistir en esconder la tecnología, sino en enseñar a utilizarla. Esto no significa aceptar cualquier uso. Una universidad necesita establecer límites.
No debería ser igual utilizar inteligencia artificial para mejorar la redacción de una idea propia que utilizarla para generar completamente un trabajo y presentarlo como personal. Tampoco debería considerarse igual solicitar una explicación sobre un concepto que delegar en una herramienta la interpretación de datos de una investigación sin comprobar los resultados.
Necesitamos abandonar dos extremos igualmente peligrosos: la prohibición total y el uso irrestricto. Entre ambos existe un enorme espacio llamado educación.
Hay otro problema del que hablamos menos: la desigualdad
La revolución de la inteligencia artificial tampoco ocurre en condiciones iguales para todos.
Mientras algunos estudiantes tienen computadores modernos, conexiones rápidas, suscripciones a herramientas avanzadas y una alta alfabetización digital, otros dependen de teléfonos móviles, conexiones inestables o versiones gratuitas con mayores limitaciones.
Por tanto, cuando incorporamos inteligencia artificial en los procesos educativos también debemos preguntarnos quiénes tienen acceso a ella y en qué condiciones.
La tecnología que promete democratizar el conocimiento podría, paradójicamente, profundizar determinadas desigualdades. Existe además una desigualdad menos visible: la capacidad para formular buenas preguntas. Dos estudiantes pueden utilizar exactamente la misma herramienta y obtener resultados completamente diferentes. Uno puede aceptar inmediatamente la primera respuesta. Otro puede cuestionarla, reformular la instrucción, pedir evidencias, contrastar perspectivas y verificar posteriormente las fuentes.
El verdadero privilegio tecnológico del futuro posiblemente no será tener acceso a una inteligencia artificial. Será saber qué preguntarle y tener suficiente conocimiento para reconocer cuándo está equivocada.
El docente sigue siendo necesario, pero su papel cambia.
La aparición de estas tecnologías también plantea una pregunta incómoda para quienes enseñamos: ¿para qué necesita un estudiante un profesor si puede preguntarle cualquier cosa a una inteligencia artificial? La respuesta no debería ser competir con la máquina en velocidad para entregar información. Perderíamos. La inteligencia artificial puede producir explicaciones en segundos, resumir cientos de páginas y generar múltiples ejemplos casi instantáneamente. Pero enseñar nunca fue solamente transmitir información.
El docente contextualiza, cuestiona, orienta, acompaña y ayuda a establecer relaciones entre el conocimiento y la realidad. Puede reconocer circunstancias humanas que ningún algoritmo conoce completamente. Y, sobre todo, puede hacer algo fundamental: enseñar a dudar. En una época caracterizada por abundancia de información, probablemente una de las funciones más importantes de la universidad será formar personas capaces de distinguir entre una respuesta convincente y una respuesta verdadera.
Por eso la inteligencia artificial no debería disminuir la importancia del docente. Debería obligarnos a recuperar aquello que hace verdaderamente importante a un docente.
También debemos hablar de ética
Existe, finalmente, una pregunta que frecuentemente olvidamos cuando celebramos la eficiencia tecnológica:
¿podemos hacer algo simplemente porque la tecnología nos permite hacerlo?
Los estudiantes necesitan conocer que detrás de una respuesta generada por inteligencia artificial existen modelos entrenados con enormes cantidades de información, decisiones empresariales, posibles sesgos, problemas relacionados con derechos de autor y preguntas todavía abiertas sobre privacidad y utilización de datos.
Utilizar responsablemente inteligencia artificial también significa reconocer sus límites.
Una respuesta bien escrita no necesariamente es correcta.
Una cita aparentemente académica puede no existir.
Un argumento convincente puede contener información falsa.
La fluidez con la que responde una inteligencia artificial puede producir una peligrosa sensación de autoridad.
Por eso la alfabetización en IA no consiste simplemente en aprender a escribir mejores prompts.
Consiste también en desarrollar criterios para preguntar, verificar, contrastar, reconocer sesgos y asumir responsabilidad sobre el resultado final.
El principio debería ser sencillo:
la inteligencia artificial puede colaborar con nuestro pensamiento, pero nunca asumir nuestra responsabilidad intelectual.
La universidad tiene que decidir qué quiere formar
Quizá la mayor transformación provocada por la inteligencia artificial no sea tecnológica. Será pedagógica. Durante mucho tiempo la universidad valoró la capacidad de encontrar información, memorizar contenidos y reproducir conocimientos. Hoy cualquier estudiante puede llevar en su bolsillo una herramienta capaz de realizar muchas de esas tareas con mayor velocidad. Esto obliga a preguntarnos qué capacidades seguirán siendo esencialmente humanas.
- La creatividad.
- El juicio.
- La ética.
- La empatía.
- La argumentación.
- La capacidad de interpretar contextos.
- La posibilidad de formular preguntas que todavía no tienen respuesta.
Tal vez allí debería concentrarse la educación.
Porque existe una enorme diferencia entre utilizar inteligencia artificial para hacer más rápido una tarea y utilizarla para aprender mejor. La primera aumenta productividad. La segunda puede transformar la educación.
El verdadero peligro no es la inteligencia artificial
Dentro de algunos años probablemente resulte extraño recordar que alguna vez discutimos si los estudiantes podían utilizar inteligencia artificial en la universidad. La utilizarán. También la utilizarán médicos, docentes, abogados, ingenieros, comunicadores, investigadores y prácticamente todas las profesiones. Por eso formar estudiantes completamente alejados de estas tecnologías sería prepararlos para un mundo que ya no existe.
Pero permitir que deleguen sistemáticamente su pensamiento sería todavía peor.
Necesitamos estudiantes que sepan utilizar inteligencia artificial y que también sepan trabajar sin ella; capaces de aprovechar su velocidad sin confundirla con conocimiento; capaces de dialogar con una máquina sin renunciar a sus propias ideas. Y necesitamos docentes dispuestos a revisar nuestras propias prácticas. Porque quizás la pregunta más incómoda que nos plantea la inteligencia artificial no sea qué harán los estudiantes con ella.
La pregunta es ¿qué tendremos que cambiar nosotros en la forma de enseñar?.
Por eso el debate sobre inteligencia artificial y educación no debería dividirnos entre quienes están a favor y quienes están en contra. La verdadera discusión debería estar entre quienes quieren utilizarla simplemente para hacer más de lo mismo y quienes consideran que esta tecnología representa una oportunidad para repensar profundamente la educación.
La inteligencia artificial ya entró al aula.
Ahora debemos decidir si entrará como sustituta del pensamiento o como una herramienta para ampliarlo.
Y esa decisión, por ahora, todavía nos corresponde a nosotros.
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