Los límites de una generación conectada que no logra convertirse en fuerza de cambio
Durante buena parte del siglo XX hablar de juventud era hablar de ruptura, cambio, revolución. Los jóvenes aparecían vinculados a movimientos estudiantiles, transformaciones culturales, luchas por derechos, organizaciones políticas, sindicatos, movimientos artísticos y cuestionamientos a los valores establecidos. No significa que toda generación anterior haya sido revolucionaria ni que todos los jóvenes fueran políticamente activos, pero existía una imagen poderosa de la juventud como espacio de inconformidad.
Hoy esa relación parece menos evidente.
Tenemos probablemente la generación con mayor acceso a información de la historia. Un adolescente puede consultar en segundos una biblioteca, escuchar una conferencia desde otro continente, acceder a documentos históricos, comparar discursos políticos o conocer acontecimientos mientras están ocurriendo. Paradójicamente, estar más informados no necesariamente significa comprender mejor el mundo.
Ese quizá sea uno de los grandes problemas de nuestro tiempo: hemos multiplicado el acceso a la información sin garantizar las capacidades necesarias para interpretarla, cuestionarla y transformarla en conocimiento.
Y aquí la educación tiene una responsabilidad que no puede eludirse.
Leer no significa comprender
Los datos disponibles en Ecuador deberían provocar una discusión mucho más profunda que la habitual preocupación por las calificaciones.
El estudio ERCE 2019 encontró que, en Lectura, el 73,9 % de los estudiantes ecuatorianos de séptimo de Educación General Básica se encontraba en los niveles I y II, mientras apenas el 12 % alcanzaba el nivel IV. Las competencias superiores implicaban, entre otras cosas, relacionar información, realizar inferencias y comparar contenidos.
Los resultados más recientes tampoco permiten ignorar el problema.
En la evaluación Ser Estudiante 2024-2025, el 63,8 % de los estudiantes de Básica Superior no alcanzó el nivel mínimo de competencia establecido en 700 puntos en Lengua y Literatura. En Bachillerato la situación es todavía más inquietante: el 74,1 % no alcanzó dicho nivel.
Pero el dato adquiere otra dimensión cuando observamos qué significa alcanzar los niveles superiores.
INEVAL establece entre las habilidades de los niveles satisfactorios y excelentes de Lengua y Literatura la capacidad de analizar la confiabilidad de una fuente, contrastar el contenido de dos textos, comprender información implícita y determinar la intención de una lectura.
No estamos hablando solamente de lengua.
Estamos hablando de herramientas fundamentales para ejercer ciudadanía.
¿Cómo puede un ciudadano cuestionar un discurso político si tiene dificultades para identificar sus argumentos? ¿Cómo puede detectar manipulación si no contrasta fuentes? ¿Cómo diferencia información, opinión y propaganda? ¿Cómo reconoce una contradicción? ¿Cómo construye una posición propia?
Aquí aparece uno de los primeros límites de nuestra juventud contemporánea: el sistema educativo ha conseguido ampliar enormemente el acceso a la información, pero todavía tiene dificultades para convertir esa información en pensamiento crítico.
Durante años hemos enseñado contenidos para aprobar asignaturas cuando deberíamos haber enseñado también a sospechar, preguntar, argumentar, contrastar y debatir.
Una democracia necesita ciudadanos que sepan leer mucho más que palabras. Necesita ciudadanos capaces de leer discursos, intereses, contextos, estadísticas, medios de comunicación y relaciones de poder.
De la reflexión a la reacción
A este problema educativo se suma una transformación tecnológica extraordinaria.
Las nuevas generaciones viven buena parte de su experiencia social dentro de entornos digitales caracterizados por la velocidad. La información aparece fragmentada entre videos, titulares, memes, publicaciones y comentarios que compiten permanentemente por unos segundos de atención.
Esto no convierte automáticamente a las redes sociales en enemigas del pensamiento. Sería absurdo sostenerlo. Las redes también democratizaron la producción de información, permitieron denunciar abusos, organizar movilizaciones y visibilizar causas que antes tenían pocas posibilidades de acceder a los medios tradicionales.
El problema es otro.
La lógica de la comunicación digital privilegia muchas veces la reacción antes que la reflexión.
Nos acostumbramos a decidir rápidamente si algo nos gusta o no nos gusta; si estamos a favor o en contra; si compartimos o ignoramos.
Pero pensar críticamente requiere justamente lo contrario: tiempo.
Requiere leer argumentos contradictorios, aceptar que podemos estar equivocados, investigar, comparar fuentes y soportar la incomodidad de encontrarnos con información que contradice nuestras convicciones.
La consecuencia puede ser paradójica: una generación que opina permanentemente pero que no necesariamente dispone del tiempo ni de las herramientas para construir una posición.
Nunca se había expresado tanto y, al mismo tiempo, quizá nunca había sido tan difícil detenerse a pensar antes de expresarse.
De ciudadanos a seguidores
Existe además otra transformación que merece ser discutida.
Buena parte de la cultura contemporánea gira alrededor de la construcción de una identidad individual. Seguidores, visualizaciones, experiencias, viajes, consumo, apariencia, reconocimiento digital y construcción de una marca personal ocupan una parte significativa del ecosistema juvenil.
Nada de esto es necesariamente negativo.
El problema surge cuando el horizonte de realización colectiva es reemplazado casi completamente por el horizonte individual.
Las grandes preguntas dejan de ser:
¿Qué sociedad queremos?
¿Qué injusticias debemos transformar?
¿Qué podemos construir colectivamente?
Y comienzan a ser:
¿Cómo puedo mejorar mi vida?
¿Cómo puedo alcanzar éxito?
¿Cómo puedo obtener mayor reconocimiento?
Pasamos lentamente de una cultura de ciudadanos a una cultura de usuarios, consumidores y seguidores.
Y un seguidor puede indignarse. Puede publicar. Puede viralizar una denuncia.
Pero construir transformación política exige mucho más: organizarse, deliberar, negociar, sostener posiciones, aceptar derrotas, construir acuerdos y trabajar durante años por objetivos cuyos resultados quizá no sean inmediatos.
Ahí está una diferencia fundamental entre viralización y movilización.
Una publicación puede durar 24 horas.
Un proceso de transformación social puede requerir una generación.
Sin embargo, los jóvenes sí participan
Sería injusto concluir que los jóvenes ecuatorianos simplemente se han vuelto apáticos.
La evidencia muestra una realidad bastante más compleja.
UNICEF reportó que durante 2024 miles de jóvenes ecuatorianos participaron en consultas, actividades sobre cambio climático, biodiversidad, derechos e iniciativas ciudadanas. Más de 6.000 contribuyeron con opiniones relacionadas con instrumentos nacionales de política climática y más de 8.500 participaron en conferencias locales y regionales de juventud.
En 2025 continuaron funcionando comunidades y redes juveniles orientadas a consultas, propuestas y participación en espacios nacionales e internacionales.
Por tanto, afirmar que “los jóvenes no participan” sería incorrecto.
Participan de otra manera.
El verdadero problema es que esa participación es frecuentemente fragmentaria, temática, episódica y poco conectada con los espacios tradicionales de decisión política.
Defender el ambiente, los derechos de los animales, los derechos de las mujeres, determinadas identidades o una causa comunitaria también constituye participación política.
Lo que parece haberse debilitado es la capacidad de convertir esas demandas particulares en proyectos colectivos de sociedad.
Una generación que desconfía de la política
La responsabilidad tampoco puede colocarse solamente sobre los jóvenes.
¿Por qué debería resultar atractiva la política institucional para una generación que durante años ha observado corrupción, enfrentamientos permanentes, organizaciones políticas efímeras y promesas incumplidas?
La encuesta regional Juventudes: Asignatura Pendiente, aplicada en 2024, permite observar esa distancia.
El informe específico de Ecuador señala que el interés político ha disminuido: mientras en 2019 aproximadamente el 70 % manifestaba algún o mucho interés, para 2024 esa proporción se redujo aproximadamente a la mitad. Quienes manifestaban poco o ningún interés pasaron del 29 % en 2019 al 45 % en 2024.
Pero hay otro dato todavía más revelador.
Los jóvenes ecuatorianos no necesariamente rechazan la democracia. La investigación muestra una diferencia entre valorar el sistema democrático y sentirse satisfecho con la forma en que funciona.
Quizá entonces la juventud no haya abandonado la política.
Quizá la política institucional dejó de representar a buena parte de la juventud.
Incluso cuando la legislación electoral ecuatoriana establece mecanismos de inclusión generacional —para las elecciones seccionales de 2027 las organizaciones políticas deben observar un 25 % de jóvenes dentro de los criterios correspondientes— la presencia en una lista electoral no garantiza participación real en las decisiones internas de una organización.
Poner jóvenes en una fotografía no significa entregar poder a los jóvenes.
Es difícil transformar el mundo cuando sobrevivir ocupa casi todo el tiempo
Existe además una dimensión económica que frecuentemente olvidamos cuando reclamamos mayor participación juvenil.
El informe ecuatoriano de la Friedrich-Ebert-Stiftung señala que, en 2024, el desempleo juvenil alcanzaba aproximadamente el 9,2 %, frente a un desempleo nacional del 3,6 %. Cerca de una cuarta parte de los jóvenes no estudiaba ni trabajaba.
La precariedad también condiciona la ciudadanía.
Participar políticamente requiere tiempo, estabilidad, espacios de encuentro e incluso cierta expectativa de futuro.
Una persona preocupada por conseguir empleo, pagar estudios, ayudar económicamente a su familia o simplemente sobrevivir tiene menos posibilidades de dedicar varias horas semanales a una organización social, estudiantil o política.
Por eso resulta cómodo pedir a los jóvenes que “se involucren más” sin preguntarnos primero qué condiciones sociales hemos construido para que puedan hacerlo.
El problema no es únicamente la juventud
Tal vez debamos invertir la pregunta.
En lugar de preguntar:
¿Qué les pasó a los jóvenes?
deberíamos preguntar:
¿Qué tipo de sociedad hemos construido para ellos?
Les entregamos teléfonos capaces de acceder a casi todo el conocimiento humano, pero no siempre les enseñamos a distinguir conocimiento de desinformación.
Les pedimos pensamiento crítico, pero muchas veces nuestros sistemas educativos continúan premiando la repetición.
Les pedimos participación política, pero las estructuras partidistas frecuentemente reservan el verdadero poder para las mismas élites.
Les pedimos compromiso social mientras enfrentan desempleo y precariedad.
Les decimos que cuestionen el mundo, pero muchas instituciones educativas, familiares y políticas siguen considerando incómodos a quienes verdaderamente cuestionan.
Y después nos sorprendemos porque no aparecen grandes movimientos juveniles.
Recuperar la capacidad de incomodarse
Sin embargo, tampoco podemos eximir completamente de responsabilidad a las nuevas generaciones.
Toda generación recibe unas condiciones históricas determinadas, pero decide qué hacer con ellas.
La juventud posee hoy herramientas que ninguna generación anterior tuvo: acceso instantáneo al conocimiento, capacidad global de comunicación y posibilidades enormes para producir contenidos, organizar comunidades y visibilizar problemas.
Por ello existe también una responsabilidad juvenil.
Hay que recuperar la lectura profunda.
Hay que aprender a debatir con quien piensa diferente.
Hay que abandonar la comodidad de compartir una publicación y creer que eso equivale siempre a participar.
Hay que regresar a los espacios colectivos: asociaciones estudiantiles, barrios, universidades, organizaciones sociales, movimientos culturales, sindicatos y partidos, incluso para transformarlos desde dentro.
Y sobre todo hay que recuperar una característica históricamente vinculada con la juventud:
la capacidad de incomodarse frente a lo que parece normal.
Porque ningún cambio profundo comienza con la aceptación.
Comienza cuando alguien pregunta:
¿Por qué las cosas tienen que seguir siendo así?
Una juventud conectada todavía puede convertirse en una generación crítica
No creo que estemos frente a una generación perdida.
Estamos frente a una generación profundamente contradictoria.
Nunca tuvo tanta información y, al mismo tiempo, enfrenta enormes dificultades para procesarla.
Nunca tuvo tantas posibilidades de expresarse y, al mismo tiempo, sus opiniones pueden desaparecer entre millones de publicaciones.
Nunca estuvo tan conectada y, paradójicamente, muchas de sus luchas permanecen fragmentadas.
Nunca tuvo tantas herramientas para organizarse, pero pocas organizaciones consiguen convertir esa conectividad en procesos sostenidos de transformación.
El desafío de la educación ecuatoriana, por tanto, no puede limitarse a producir estudiantes que aprueben exámenes.
Necesitamos formar ciudadanos capaces de leer críticamente, identificar intereses, contrastar información, detectar manipulación, construir argumentos y participar en decisiones colectivas.
La democracia tampoco puede conformarse con convocar a los jóvenes cada vez que necesita su voto.
Debe permitirles participar realmente en la construcción de las decisiones.
Y los propios jóvenes tendrán que decidir si desean ser únicamente espectadores privilegiados de una época extraordinariamente conectada o protagonistas de las transformaciones que inevitablemente ocurrirán.
Porque quizá el mayor límite de una generación no sea aquello que desconoce.
El verdadero límite aparece cuando deja de preguntarse por qué el mundo es como es y renuncia a imaginar cómo podría ser diferente.
Referencias
- INEVAL – Ser Estudiante 2024-2025, Básica Superior: resultados de Lengua y Literatura, niveles de competencia y habilidades de análisis de fuentes. Informe oficial de Básica Superior
- INEVAL – Ser Estudiante 2024-2025, Bachillerato: resultados nacionales de Lengua y Literatura y niveles de desempeño. Informe oficial de Bachillerato
- UNESCO/LLECE – ERCE 2019, Ecuador: comprensión literal, inferencial y crítica en estudiantes ecuatorianos. Reporte nacional ERCE 2019 Ecuador
- Friedrich-Ebert-Stiftung – Juventudes: Asignatura Pendiente: investigación sobre interés político, participación, democracia, desigualdad y juventud ecuatoriana basada en la encuesta de 2024. Informe sobre participación política juvenil en Ecuador
- UNICEF Ecuador – participación juvenil 2024: participación de adolescentes y jóvenes en consultas, cambio climático y espacios ciudadanos. Resultados UNICEF Ecuador 2024
- Consejo Nacional Electoral: normativa sobre inclusión del 25 % de jóvenes en candidaturas para las elecciones seccionales de 2027. CNE – inclusión generacional
- Datos laborales 2024: desempleo juvenil del 9,2 % y empleo adecuado cercano al 31,8 %, con base en ENEMDU-INEC. Análisis oficial de la situación laboral
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