Para leer de el Kitu al Quito

publicado en: Opinión | 0
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Por: Alfredo Pérez Bermudez

Es innegable que en los actuales territorios del Ecuador hubo una organización social compleja antes de la llegada de los Incas y los españoles (estos úlimos en el siglo XVI). Tal organización estaba impregnada de cosmovisiones en todas las áreas del saber y del qué hacer; se entiende que no en la misma dimensión civilizatoria y antropocéntrica hoy vivimos.

En aquel entonces (5.000 a. C. aprox.), la franja de Quito, albergó a quienes fueron los Cara-Shyris, que habrían llegado primeramente a las costas ecuatoriales en tiempos remotos, particularmente a Sumpa, actual provincia de Santa Elena, y Bahía de Caraques en Manabí, y que, siguiendo la línea central del Sol equinoccial, conformaron la confederación de los Kitu-Karas.

Desde entonces, hay historias ocultas que develar de un espacio/tiempo territorial entrecruzado por alineaciones naturales: hitos telúricos determinantes como volcanes, montes, quebradas, lagos, ríos, cascadas y sutiles pareidolias; hitos considerados sagrados por quienes lo habitaron, dada su belleza y función biocósmica, así como creadores de mitos y leyendas y ciencias como la agricultura, ingenierías de comunicación vial y arquitecturas, etc. conformando un ethos de la vida dulce desde las chakras.

Y ese ha sido el propósito de esta investigación realizada por el Arq. Andrés Peñaherrera Mateus, quien apunta -cual guardián de nuestro pasado identitario- a una sólida e incuestionable identidad milenaria de los ecuatorianos y particularmente de los quiteños, tomando en cuenta que en el año de 1978 la UNESCO declaró al llamado Centro Histórico de Quito como Patrimonio Cultural de la Humanidad, centro que guarda la memoria de nuestros orígenes.

Fiel muestra patrimonial -como lo ha descrito Andrés Peñaherrera en su libro del Kitu al Quito que hoy comentamos- la arquitectura urbanística y el ordenamiento territorial prehispánico que es visible en dicho Centro, soporte y matriz primordial de sus principales calles, casas, plazas, templos e iglesias coloniales y aun republicanas, así como lo es en otros sectores de la ciudad como Cotocollao, La Florida, al norte; Chilibulo al centro y la Magdalena al sur, entre otros, como se ha señalado y graficado en las páginas de El kitu al Quito.

Sin embargo de que el prolífico investigador ha centrado su estudio exclusivamente en lo arquitectónico, lo urbanístico y el ordenamiento territorial de nuestra ciudad y de su comarca central, cabe indicar que nuestras huellas prehispánicas también se encuentran determinadas en aportes léxicos, diseños textiles, artes, costumbres, saberes y epistemes aún por explorar; es decir de una gama de arquetipos que persisten y dan sentido identitario/cultural a nuestra actual existencia.

Finalmente, sugerir al lector su reiterativa acuciosidad en los gráficos adjuntos que se exponen como un gran imaginario lienzo, para que a partir de ellos y sus propias reflexiones, puedan tener una visión clara y objetiva de lo aquí, en este libro, se muestra, de modo que puedan realizar la empresa de la revaloración de nuestra ancestral ciudad, siendo partícipes del “estado del arte“ que persigue el redescubrimiento y refundación intangible del indudable y vital Quito Milenario, por cuyas calles, plazas y antiguos edificios somos caminantes cotidianos.

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