No moriremos jamás

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NO MORIREMOS JAMÁS

¡LA VIDA VENCERÁ A LA MUERTE!

La voz que retumba

Cuando el gigante negro se levantó a tomar la palabra, se hizo un silencio impresióname. Casi siempre ocurría eso cuando Jaime intervenía desde su tribuna del Congreso. Todos, incluidos los diputados de la derecha recalcitrante, se volvían a observarlo y escuchar.

Había logrado esa expectativa no solo por su carisma y estilo mordaz, directo, por sus figuras populares con las cuales despellejaba a los representantes de las oligarquías y del imperialismo, sino por el contenido: Jaime Hurtado había convocado a nombre de la bancada del MPD a Juicio Político a todos los integrantes del Frente Económico debido al alza inconstitucional del precio del azúcar: Alto, imponente, colocándose por encima de sus adversarios, mostrando la conducta de un parlamentario emepedista, miró hacia el estrado donde los Ministros del Frente Económico estaban sentados y dijo: “Señor Presidente, señores diputados: los aquí presentes: Ministros del gobierno del abogado Roldán, han violado la ley al elevar inconstitucionalmente el precio del azúcar, producto vital para la vida del pueblo ecuatoriano. Voy a probar esta violación de la Ley y la Constitución y solicitar que sean destituidos en defensa de la economía de las mayorías: ¡los pobres del Ecuador!”.

Aquel día lucía un terno marrón claro con una corbata roja de pequeños círculos negros, que lucía sobre una camisa blanca que hacia resaltar su piel negra azulada, nítida, reluciente sobre su rostro agradable, correspondía a su talla impresionante, voz rotunda, fuerza y vigor moral. Sus espaldas y brazos de atleta se movieron como un tomado dándole contundencia a sus argumentos cuando empezó a desarrollar su discurso probatorio. Sus palabras llenaron el Congreso rebotando los sonidos en la acústica de la formidable nave construida por la burguesía para darle forma a su “democracia”. Al día siguiente vino el descargo de los Ministros que a nadie convenció. Para cerrar el debate. Jaime volvió a intervenir, fogosamente, convocando a los diputados a votar por la destitución de los tres Ministros. La votación por amplia mayoría resolvió la destitución de los Ministros del Frente Económico.

Jaime Hurtado González

Después del almuerzo hablamos

 

El día 17 de Febrero de 1999: Miércoles de Ceniza, Jaime Hurtado logró intervenir casi a la fuerza. La Presidenta encargada Tina Tacury, se hacía la desentendida para evitar que Hurtado hable. “Quiero hablar hoy, no mañana, señorita Presidenta” dijo mordaz.

Ella se vio obligada a darle la palabra. Después de una pieza oratoria fustigante, terminó su intervención en el Parlamento. La última frase dicha con soma; “y se dicen cristianos, ojalá que se confiesen”, luego de haber desenmascarado a los evasores de impuestos, “más de treinta mil empresarios que no pagan el impuesto a la renta”, dejó en seco al Congreso. En silencio, los diputados de la mayoría de los partidos de la burguesía, por un instante enmudecieron. Luego de arreglar su saco oscuro sobre la camisa azul celeste y la  corbata azul marina con puntos rojos con un movimiento de hombros, vivamente indignado por la liberación de las deudas a los empresarios de la empresa de agua potable de Guayaquil: ¡Son los empresarios que traen aquí este proyecto de Decreto!” Vivamente indignado, se sentó. Al cabo de un rato se levantó, tomó el ascensor acompañado de Pablo Tapia, diputado alterno siempre junto a él, subió hasta el quintó piso y llegando a éste viró a la izquierda. Al fondo resallaba el bloque legislativo del Movimiento Popular Democrático y un afiche convocando a la Huelga General.

Pablo Tapia acudió ese día, como siempre, al Congreso y acompañó a Jaime durante su intervención. No sabría nunca que sería la última. Después de los carnavales, aquel Miércoles de Ceniza, la reanudación de las actividades era tediosa. Solo el discurso de Hurtado sacó al Congreso de su modorra carnavalera.

– Bueno ¿y ahora que hacemos? Toca la hora de almorzar. Dijo Jaime.

– A mí me huele que están preparando algo. En el Parlamento se lo quedan viendo especialmente ese del partido social cretino. Hay que resolver mejor esto de su seguridad. Me huelo algo, compa.

– No exagere compadre – dijo sonriente Jaime- Están ardidos por la bronca y las denuncias que venimos haciendo. Quieren bajamos, atemorizamos; están desesperados con la quiebra de los banqueros y los salvatajes corruptos: ¡la entrega de miles de millones de sucres a estos sinvergüenzas! Con este propósito de las privatizaciones del petróleo, de la energía eléctrica, de las telecomunicaciones! ¿De dónde va a haber dinero para pagar la educación, la salud, ¡Ah! ¿De dónde? Sí, creo que algo anda rondando por ahí ahora que se anuncia una nueva Huelga General en Marzo;  mira: reunámonos y veamos en serio esto luego del almuerzo.

-¡Vamos, te acompaño!

– ¡Oigan!, ¿Notaron raros a los de la policía?

– Si, parecían de cera, como tiesos.

 

Dos celulares

A la una y seis minutos de la tarde del día 17 de Febrero, Miércoles de Ceniza, del celular 09- 713234, Jacinto Averre, a cargo de la coordinación de la operación, llamó al celular 09- 713223: Alejandro o Victorino, “el obispo”, escuchó el sonido repiqueteante y abrió el aparato. Tenía la sangre helada.

Era la temperatura corporal a que estaba acostumbrado. Su frío espíritu de asesino, bajo las circunstancias descritas, actuaba de manera eficiente. Con brutalidad. Sin calor humano. “Me acaban de comunicar que el sujeto ha tomado el ascensor” escuchó la voz de Averre que le avisaba de la salida de Yoruba “Está bajando a la planta baja del Congreso. Va acompañado de dos de sus guardaespaldas. Ninguno va armado.” “Recibido. Cambio”, contestó fríamente y cerró el celular. Estaba ubicado en la esquina de la Corte Suprema, casi dos cuadras desde el Congreso, recto hacia la Escuela Espejo mirando hacia el callejón del crimen. “Está saliendo por la puerta principal. Ojo-” Averre solo escuchó un sonido sordo y la palabra “bien”. Cerró el celular, “el obispo” lo guardó en el saco y, por debajo, tocó la pistola. La metió bajo el sobaco. Se sentó en la acera fingiendo cansancio. Eran la una y dieciocho minutos. Jaime Hurtado, Pablo Tapia y Samuel caminaron a la altura de la Corte Suprema de Justicia.

 

*  *  *

 

Jaime, Pablo y Samuel bajaron las gradas que daban al asfaltado del Congreso, pasaron entre los automóviles de los diputados y funcionarios, salieron esquivando la cadena. No había ningún policía.

“Qué raro”, se dijo Jaime. Tomaron la calle por la acera que lleva a la Corte Suprema. Era la una, y dieciocho minutos. En la esquina del edificio de la Corte, al otro lado de la calle, sentado al filo de la acera, los pies en el asfalto, Victorino fingía esperar a un funcionario para un trámite. Pablo Tapia lo miró. Le saltaron las venas de la frente en un destello de vigilancia. “Estoy exagerando pensó “es un pobre al que le tocó esperar que vuelva de papiar la burocracia”

Como dormitando una siesta pasado medio día los ojos de serpiente de Victorino observaban cada movimiento de Jaime Hurtado y sus compañeros. No se movió. Esperó hasta que llegaron a la esquina. Eran la una y veinte minutos. Jaime adelante, Samuel a la derecha, Pablo Tapia al otro lado. Tomaron la esquina y viraron a la izquierda. Fue cuando “el obispo” hizo un movimiento de cobra: se erecto y levantó cual víbora e impulsó hacia adelante. Sus piernas dieron dos pasos largos. Luego dio otro tranco mientras sacaba y apuntaba con la pistola. Pablo Tapia percibió en su instinto de combatiente forjado en años, el olor sibilino y los movimiento mortales. Girando el cuello movió ágil la mano hacia el cinto donde siempre portaba el revolver 38 corto: ¡Nada! Su sangre subió en oleadas al cerebro. La agitación se multiplicó para enfrentar el peligro. Fue cuando sintió un golpe sobre el brazo derecho: ¡maldito! ¡Era él! ¡Lo olfatié! La imagen del asesino se fueteó en su mente. Percibió otro impacto en su cabeza y ésta restalló de sangre. Adentro, su cerebro gravó los sonidos de la muerte.

-¡Puum! ¡Puumm!

Jaime Hurtado sintió bramar su sangre y empezó a girar su vigoroso cuerpo de atleta sintiendo la oleada asesina. Echó la mano a la derecha donde siempre llevaba su pistola. ¡Mierda! captó que la palabra estallaba en su conciencia. ¡Nos están asesinando! ¡Sintió otro golpe en la cabeza. Vio llegar un nubarrón gris a sus ojos y penetrar la oscuridad en su retina. Percibió el golpe y escuchó el estallido. Se movió con la fortaleza de sus hombros, pero era tarde. Era la una y veintidós minutos. El sol caía vertical y abrazó los ojos del poeta negro buscando protegerlo. Pero la bala atravesó la oleada de sol y penetró en el lado izquierdo de su ancha espalda mortalmente haciendo estallar la sangre. Jaime intentó agarrarse del sol para no caer pero lo vencía la muerte. Su cuerpo de atleta, un minuto antes de músculos centelleantes, empezó a vencerlo. Sintió una pesadez de plomo que lo agarrotaba al escaparse de sus arterias la sangre viva. Entonces se sintió caer y abrió los brazos. El asfalto caliente acunó al gigante de ébano en un último intento de cuidar su vida. Victorino apuntó a Jaime Hurtado directo al lado izquierdo a la altura del corazón y apretó el gatillo cargado de decisión, locura y odio mortales: ¡matar, eliminar, ésa era la orden! El sicario había liquidado a tres en un movimiento rápido. Ya caídos, rápidamente volvió a rematarlos sobre el pavimento en medio de la sangre roja que fluía de los cuerpos. No vio ni escucho ningún movimiento a su alrededor pese al sonido de los disparos. “Tal como se planificó”. Continuó su camino. Marchó a buen tranco sin inmutarse; bajando la callejuela se perdió en la calle desierta. Tres cuadras más adelante, subió a un automóvil Susuky. Eran la una y cuarenta y tres minutos. Mientras subía, pálido pero inmutable, le espetó al chofer: “¡Misión cumplida”.

En el pavimento, a corta distancia de la Corte Suprema de Justicia, la policía no se movió. A pesar de la cantidad de disparos, ningún policía se acercó al lugar del crimen. Jaime Hurtado todavía daba muestras de vida pero se desangraba. Pablo Tapia, compañero inseparable de Jaime, en su último destello de vida mientras la muerte hundía su cerebro en la oscuridad oyó a lo lejos unas palabras: “Después del almuerzo hablamos”.

El asfalto, negro como Jaime Hurtado y su sobrino cálidamente los envolvió en su calor del medio día bajo un sol vertical que no volverían a ver brillar

 

No moriremos jamás

– ¡Lo asesinaron, miserables!, ¡Joaquín era nuestro líder, asesiinoos, asesiinoos!. – Enardecida, dolorida, llorosa, sobreexcitada por el crimen que veía ante sus ojos, clamaba una militante del MPD. Le hacían coro, en llanto fustigante de iras, un grupo de mujeres que gritaban frente a la policía que, tras larga espera, se acercaba.

– ¡Nadie les va a creer miserables! ¡Fue el gobierno de Artaud, del miserable Presidente ése, quien lo mandó a matar! ¡Pero no nos verán caídos! ¡No nos verán bajados sino alzados! ¡Pagaran esta muerte de un hombre que valía por mil vidas! ¡Asesiinoos! La voz de la maestra emepedista en el escenario del crimen, las venas del cuello al estallido, el rostro regado de sangre como un torrente. Los ojos anegados en el furor de un llanto incontenible recogían el clamor de un pueblo ante el crimen perpetrado fría y brutalmente.

El ardor en la sangre recorrió las venas de los trabajadores del petróleo y del azúcar, de los campesinos arroceros y de los asalariados agrícolas bananeros. Se convirtieron en un volcán que erosionó haciendo estallar la ola de indignación contra el gobierno de Artaud del partido verde cristiano. Por todo el país surcó en la piel del pueblo una sola voz: ¡gobierno asesino! ¡Criminales, Jaime era un líder del pueblo! Su llanto se convirtió en una convocatoria al combate. Allí, ese mismo día en el lugar del crimen. A pocos pasos de la Corte Suprema de Justicia se inició la oleada popular contra el crimen. Un torrente incontenible de furia, dolor y llanto recorrió las montañas y valles de la serranía y se acunó en el alma del indio que se identificaba con el líder revolucionario; en el corazón de los negros pobres del Ecuador que levantaron su bandera repudiando el crimen; en el alma de los emepedistas que levantaron su bandera tomate y azul verdoso por las calles y plazas del país. En las radios y canales de televisión; en toda clase de tribunas se dejó escuchar el dolido y ardiente corazón de un pueblo herido de muerte, pero sangrando de indignación y odio de clase; irrigando en torbellino, en el más alto nivel de la ebullición de la sangre ígnea, su incontenible ardor combatiente. La noticia, el dolor y la ira, se regaron traspasando las fronteras de Colombia, Venezuela, Perú, República Dominicana, Chile, Turquía, Francia, anidando en el corazón de sus pueblos y, sobre todo, de los partidos revolucionarios de izquierda. Era el crimen contra un revolucionario identificado con la causa del partido comunista, reconocido y respetado por los marxistas leninistas del continente y del mundo entero. Jaime Hurtado: una bandera en alto hasta la hora de su muerte, parte ardiente y consciente de la causa de la revolución a la que había dedicado su vida con amor al pueblo y la entregaba en sangre regada en el asfalto ese Miércoles de Ceniza.

Antonio Guerrero