Los reductores de cabezas

publicado en: Entreletras | 0

Hacia una nueva valoración de la poética tzántzica

“Nosotros, los de este lado de la raya,

nos negamos a redactar el testamento que, tan acuciosamente, solicitan todos quienes anhelan un respiro de irresponsable tranquilidad.

Mientras estemos vivos, Hablaremos. Y muertos, también. No hemos nacido para morir. No hemos remado sobre arenas movedizas, ni hemos desintegrado nuestro ser. No hemos bebido la luna de Li Po en vano.

Somos los gestores y partícipes, los responsables de los actos y las palabras, de los sueños, de la actitud y el pensamiento, los proponentes y los jornaleros, los poetas que damos testimonio.

Espartaco, el primer de los Tzántzicos, nos enseñó a erguir la espalda adolorida de todos los esclavos y a luchar por la dignidad del hombre.

Nuestra misión en la tierra es crear, no sobrevivir.

Nuestra tarea es transformar.

No hay una sola dimensión del ser. Se es un instante y también el resto de la piedra. Cada cual es su propia sombra.

Los  hombres somos tercos, porque somos realidad.

Seguiremos cuestionando la eternidad de las esfinges, arrebatándoles su sacrosanta justificación de la propiedad privada que mantiene en las huachimanías a los desposeídos y humillados.

La mañana es grande, más que la tarde, pero sólo la noche del creador recoge la dimensión del universo.

Muchos sentidos tiene la vida, algunos, como la memoria o la capacidad de valoración, son como los innominados cometas que, trae largas vueltas elípticas, retornan con sus colas maravillosamente iluminadas y nos sobrecogen de emoción desacostumbrada, sólo parecida a aquella primera vez que tomamos conciencia de la inmensidad del hombre, del futuro de la sociedad humana.

Asumimos el poder de lo irreverente, elemento vital de los poetas y los pueblos, sustancia de lo nuevo, manto protector contra las erosiones, fuente inagotable de potencia creadora.

No habrá jeques ni alfombrazgos, si no hay poetas que se inclinen,

 ante el rey de pacotilla.

Tras los diluvios y los sismos, este otro tiempo. Tras una etapa de crisis, otra más general y profunda, y así en adelante porque los factores que la generan son los mismos. Pero, son los otros, los opresores, los que están en crisis. Los poetas y los pueblos la resolverán a su favor cuando asuman las riendas de sus destinos.

Este otro tiempo exige respuestas. Debemos dárselas. Unámonos.

Siguen vigente la palabra nueva, el hombre y el mundo nuevos”.

Rafael Larrea Insuasti

Por un nuevo manifiesto Tzántzico

*Conferencia dictada durante el encuentro cultura entre dos crisis, 1988

Rafael larrea los reductores de cabeza

Son los años 60: la sociedad ecuatoriana, había agotado sus posibilidades de respuesta a un mundo en plena reverberación. En el mundillo literario local, algunos representantes de la magnífica literatura realista y vanguardista de los años 30, habían trocado sus plumas beligerantes por los mullidos sillones de instituciones oficiales y por el cóctel y el aperitivo diplomático, en ciertas “embajadas”.

El ambiente cultural del Quito de entonces, luce sumido en el marasmo de elogios mutuos entre los “aristocráticos personajes” de una literatura pretendidamente aséptica y “culta” mas, ingenuamente conservadora y provinciana, que pretendía eludir entre bocadillos y cócteles, su responsabilidad política y social en un mundo en ebullición; difundiendo a los cuatro vientos la imagen del escritor romanticón y sensiblero, apropiándose de algún tonito “nerudiano” y sufriente mal aprendido y peor aún, muy mal asimilado.

Sin embargo, aquella inicial y ahora ya difusa Revolución Cubana ocurrida en 1959, había constituido un golpe a la conciencia joven latinoamericana, no solo en el nivel de las concepciones políticas y sus prácticas,  sino también dentro de los procesos artísticos y culturales. Así pues, las corrientes renovadoras de la época, pretendían que la literatura se constituyera en clave y pivote, de una conciencia beligerante y transformadora, de la “compleja realidad” ecuatorial, subordinada claro está la noción de realidad para la época, a la pura y crasa “realidad social”.

Así, a inicios de los sesenta,  se constituye  en Quito el movimiento Tzántzico (reductor de cabezas) que surge con la intención de buscar  “una voz nueva”, “un hablar verdadero” del poeta humano y del artista y, constituirse también en una vanguardia provocadora hacia nuevos derroteros para la constitución de una contundente “poética ecuatorial”. Son ellos quienes editan desde 1962 hasta 1969, nueve números de la revista Pucuna (nombre tomado de la cerbatana con dardos envenenados de los pueblos amazónicos shuar), elaboradas con cubiertas negras en formato libreta, impresas en papel periódico y distribuidas en insólitos y teatrales actos de difusión masiva en aulas universitarias y sindicatos, donde los tzántizicos parodiaban y provocaban a aquellos sus rivales y alter egos: los inefables “poetas de salón”, retratándolos caricaturescamente vestidos de frac, con misal de curita y chaplinesca corbata.

 “Los poetas habían convertido a sus declamaciones en telón de fondo de la elección de reinas, en diversión durante las fiestas privadas de algún aburrido mecenas, de alabanzas y mariposa muerta en torres de marfil… Los versos eran construidos con el lenguaje más académico posible, con la rima consonante en boga, un abismo se había establecido con el ritmo, el color, y la cotidianidad de la vida del pueblo. Tal era el medio, que exigía con urgencia el aparecimiento del grupo de poetas de la palabra dura, porque se respiraba el reino de la mediocridad” (Rafael Larrea Insuasti, 1987).

En efecto, aquellos jóvenes escritores del “movimiento cultural tzántzico”, sienten que aquella literatura elitista en decadencia muy propicia a los salones de té y auditorios de la aristocracia criolla, no cumple con sus expectativas de “cambio social” e irrumpen en la escena artística ecuatoriana, haciendo parte de una joven intelectualidad quiteña, que se inquieta  y se rebela  frente a aquel medio seudo conventual, pacato y de reducida comarca.

El grupo nace oficialmente en abril de 1962, su primer acto público: “ Cuatro gritos en la oscuridad”, es el acto simbólico que marcará el inicio de las actividades poético-políticas del grupo. A partir de ese instante se sucederán varios recitales en sindicatos, en aulas universitarias, mesas redondas sobre las relaciones del artista y la sociedad, sobre las funciones de la poesía, acalorados e interminables debates se efectuarán en la redacción y publicación del manifiesto Tzántzico, así como en la edición y publicación de las Pucunas.

Del manifiesto tzántzico, a la búsqueda de identidad

En su primer manifiesto que se publica en Quito, el 27 de julio de 1962 y se difunde en la revista Pucuna, los reductores de cabezas dicen:  “cómo de los restos de un gran naufragio llegamos a esto … el barco recién se estaba construyendo y la escoria que existía se debía tan sólo a una falta de conciencia de los constructores”…

 “No creemos en los elogios y nos declaramos anti-solos, negamos la tristeza y la debilidad y afirmamos el torrente que triza la monotonía de los cantos llorosos. Somos los hombres de la piel de todos, siempre diremos: estamos en camino, allá del otro lado de las fauces nos espera el coro alborozado”…

 “Nuestro arte quiere describir  este pueblo, que en nada se diferencia de muchos otros de América Latina… ; saltar por encima de los montes con una luz auténtica, de revolución y con una pica sosteniendo muchas cabezas reducidas”…

…“Nuestro planteamiento es de ruptura porque creemos que solamente mediante ella se puede apartar y sepultar a la blanda literatura y al arte artificioso; dejando y dando paso robusto a la auténtica  expresión poética que busca recuperar este mundo mostrándolo tal cual es: desnudo, trágico y a la vez alegre y esperanzado”…

El manifiesto deja ver también cual sería la actitud del grupo, detrás del nombre de combate elegido, pues en la elección del nombre del grupo y de su revista de trinchera había un redescubrimiento, una re-significación de la realidad ecuatorial primordial; una mirada retrospectiva crítica de nuestra historia para rehacerla más allá de las apariencias construidas por los criollos independentistas y su fallida utopía republicana.

Mas,“como el parricidio implicaba un movimiento de negación total, que los dejaba en una peligrosa orfandad semejante al vacío, los tzántzicos entendieron que era imprescindible prolongarlo en otro movimiento de afirmación: la búsqueda de lo auténticamente propio…”(Fernando Tinajero)

Por ello, y en palabras de un poeta paradigmático del devenir estético y político posterior del tzantzismo, Rafael Larrea Insuasti:

 “El movimiento Tzántzico fue encontrando los elementos de su ideología y de su estética, en un proceso vital de cuestionamiento y revaloración de lo nuestro, del pasado, de la cultura universal; desarrollando el pensamiento crítico, adoptamos una actitud consecuente con las necesidades históricas de nuestro pueblo, en marcha a su futuro de libertad, y pusieron todo el empeño por dinamizar su creatividad”…

…“Reconocer lo que somos, asumir esa conciencia, mirarnos en proceso de avanzar, irreverentes contra la opresión establecida, nos dio la fuerza para crear una literatura y una poesía verdadera. Fue un arte militante, conciente y claro; esto marca una gran diferencia con otros movimientos, aparentemente similares, trabajaron con espíritu de cuerpo, desplegada de sensibilidad y creatividad” (Rafael Larrea 1987).

En concordancia con aquello, el grupo tomará su nombre de la Tzantza, la cabeza del enemigo vencido, reducida luego del combate, según era práctica escatológica pero legendaria, entre las culturas amazónicas shuar y achuar aún hasta entonces denominadas con desprecio “tribus de jíbaros”; entonces los Tzántzicos  vendrán a plantearse de manera alegórica, ser “reductores de cabezas” de los ídolos de barro, de los falsos profetas, de las lumbreras racionales heredados de la razón occidental y del mundo judeo cristiano:

“Al grupo le gustó el significado de la palabra, porque se trataba de la transposición histórica de un nivel filosófico, porque en el seno de la filosofía habían querido discutir de esta macrocefalia de occidente, el agrandamiento de la ratio occidental; la filosofía occidental está realmente fundamentada en la razón, pero se había privilegiado de tal manera, que se había dejado de  lado todo lo demás. Entonces había que reivindicar los aspectos no racionales del ser humano, es decir achicar la cabeza de occidente” (Ulises Estrella)

Rafael Larrea

Hacia una nueva comprensión de la poética tzántzica

La propuesta de los tzántzicos de “reducir cabezas” implicaba también y fundamentalmente una actitud parricida e iconoclasta, una puesta en cuestión radical, demoledora, de la institucionalidad cultural vigente, un ataque a los nombres consagrados, a los “padres de la literatura ecuatoriana” que sin embargo habían constituido la magnífica literatura de los 30, la única cuya relevancia ha sido difundida a nivel latinoamericano” (Ulises Estrella). De este modo, el tzantzismo surge como antagonista del realismo social e indigenismo, de la generación del 30 prevalecientes aún en la época, y sobre todo de los epígonos de esa generación, la mayoría de los cuales había sufrido un descenso generacional y creativo, habiéndose muchos asimilado al mullido confort del sistema.

Así, en la punta de los dardos envenenados de Pucuna, podemos rastrear ya la voluntad angustiosa de identidad de estos jóvenes iconoclastas, escribiendo sus primeros cuentos experimentales, ensayos sobre cultura y política, broncos y “chuscos” poemas a flores y mariposas de comarca, en fin paródicos y dramáticos esperpentos a la poesía “romanticona”, o efectistas y conscientemente prosaicos versos, anunciando con sus proyectiles de palabras, el surgimiento de nuevas voces, que en aquellas legendarias páginas conversan, interpelan e imprecan al escritor oficial y “al sistema que lo engendra y mantiene” (Alfonso Murriagui).

Desde esa época, entonces harán parte de nuestras literaturas, una verdadera tribu de intelectuales urbanos vestidos de blue jeans: Ulises Estrella, el argentino Leandro Katz, Alfonso Murriagui Valverde, Euler Granda, Rafael  Larrea Insuasti, Raúl Arias, Humberto Vinueza y Marco Muñoz Velasco, hoy genuinos representantes de la generación poética de los sesenta en Ecuador; se convertirán en fogosos activadores de “un hablar verdadero del poeta y del artista”, aportando con su “palabra envenenada” al coro de otras voces nuevas en el ensayo literario y político, como las de Agustín Cueva, Bolívar Echeverría, Fernando Tinajero, José Ron, los hermanos Corral, entre otros.

Será luego, Alfonso Murriagui, el primer poeta tzántzico en publicar un libro: el “33 Abajo”, editado en 1966 en la Editorial de la Universidad Central. En aquella obra ya vemos aparece el germen de una verdadera “poética tzántzica” caracterizada por varios rasgos que no han sido debidamente analizados y valorados; a saber: la construcción consciente y premeditada de  una poesía comunicante,no hermética-, tal cual se estaba gestando en otros ámbitos de Indoamérica; asumir un tono antipoético y mordaz, sarcástico con el sistema, y con quienes estaban (y aún siguen estando) en el poder “y que lo defienden” como dirá en el Levantapolvos Rafael Larrea; planteando al poema más allá del texto o de la poesía como “pura literatura” donde el gesto, el cuerpo, la voz, la entonación, el grito, el acto poético en suma, son propicios a un ámbito diverso al salón burgués: más bien idóneo al recital en universidades, espacios públicos, “comunidades al aire libre”, sindicatos.

De otra parte, en cuanto a sus contenidos, como dice ya su manifiesto: “Damos por sentado que es imposible la existencia de un arte que defienda la injusticia y la explotación del hombre por el hombre; sabemos que existe sólo una posibilidad para lograr una buena obra y una verdadera actitud: la rebeldía..” (Manifiesto Tzántzico, Revista Pucuna 1962)

Asumiendo la voz poética del “nosotros” haciendo parte del todo social, de la masa, de “los de abajo”, no de las minorías ni de las elites tal cual sucedía en el Quito “sesentero” y que patéticamente parecería regresar en este nuevo siglo con nuevos poetas ansiosos de canon y de hermetismo; así, parafraseando a un poema de Alfonso Murriagui que aparece ya en una de las primeras revistas Pucuna los poetas tzántzicos imprecan a los cuatro vientos:Somos hartos los que estamos HARTOS”.                                     

El poema entonces, es concebido por estos jóvenes iconoclastas como un “arma cargada de futuro” y el poeta como un “personaje social” no subjetivo, integrado al cambio social verbigracia “revolucionario”, tanto como jamás hubiesen querido los estructuralistas que estarían en ese mismo momento, al otro lado del mundo, trabajando en sus laboratorios de palabras o diseccionando textos en las aulas de La Sorbonne; y, -puesto que la poesía no se basta en los libros de poesía-, que esos objetos que compilan palabras no acciones, no son continentes capaces de expresar aquella poética que linda con lo teatral, con la escenificación, en suma que recuerdan a lo juglaresco medieval y al arawico de los poetas andinos precolombinos; lo que importa ahora, no es el texto como objeto de una estética limitada y limitante, lo que realmente esencial es la búsqueda de poiesis; la catarsis provocada y provocadora, la emoción estética y empatía entre el poeta y el espectador “bien despierto” y no aquella “bella durmiente” de la poética light enclaustrada en cenáculos y academias

De este modo se hace realidad por primera vez en nuestro medio  que “los poetas han bajado del olimpo” como anticipara el chileno Nicanor Parra con sus Poemas y Antipoemas en los años cincuenta y además porque bajo una nueva visión del poeta comunicante y caminante: “la poesía está en las calles”, o en las paredes de las grandes ciudades o hasta en los baños públicos, como escribirán más tarde con sus graffitis, murales y afiches, esos locos anarquistas de Mayo del 68, en aquel ya definitivamente lejano París estudiantil.

De otra parte, aquello que invoca el poeta tzántzico y que lo vemos representado en su poeta cronológicamente mayor: Alfonso Murriagui Valverde y en el primer libro tzántzico: el conscientemente panfletario 33 abajo, tiene un sentido “crístico” y a la vez irreverente: “Hay que escribir, lo sé, dientes afuera”; pues de algún modo el poeta se piensa y escribe desde su rol social: “Mirar a nuestro pueblo, y no hacer nada por él, es reconocer, que nacimos castrados, y que moriremos vendidos, amén”; en otras palabras: el poeta se siente un “representante del pueblo” más ahora ya no necesariamente del montubio o del indígena sino más bien del pueblo citadino que empieza a llegar a las ciudades y a la vez se cree un parlante amplificador del submundo, del underground habitado por “los de abajo”; por ello, la poesía tzántzica es sonora, vigorosa y predispuesta a recitar en una plaza; presta al efecto dramático, al humor cotidiano, al teatral  acto público.

De este modo, la esencial propuesta tzántzica: anhela rebasar el texto, arribar a la emoción poética colectiva, provocar al transeúnte, insertar su voz entre las voces de otras voces y sonidos del gentío, situar su poética, -ojo no solamente al texto poético-, “en el corazón de la vida y de las cosas”; asumiendo un compromiso con la realidad social inmediata en la calle, la plaza, el barrio, configurando una poética por primera vez conciente de los imagos urbanos de una ciudad como Quito, que poco a poco irá emergiendo de lo pueblerino para ir ascendiendo al Quito petrolero; entonces arribarán nuevos imaginarios urbanos luego descritos por el Poeta en bicicleta de Raúl Arias; la ciudad María Campanario de Rafael Larrea en su obra Levantapolvos, o aquella recorrida por el poeta “callejero” de un Perro Tocando la lira  de Euler Granda o, la de aquel funámbulo que se mofa de la historia criolla y masónica de héroes niños, libertadores y patriotas de aquel Gallinazo cantor bajo un sol de a perro de Humberto Vinueza; todas ellas obras paradigmáticas de la poética tzántzica que se irán cocinando y mostrando de manera parcial en los nueve números de la revista Pucuna, en medio de una época convulsionada por la llamada “guerra fría”, que enfrentaba a dos mundos  superpuestos : aquel del utópico y posible socialismo y ese otro tenaz y falaz del capitalismo sesentero, para nuestro caso aún pobre, agrícola, subdesarrollado y dependiente.

Hacia una nueva valoración poética de “los reductores de cabezas”

Los Tzántzicos estuvieron atentos como ningún otro grupo de artistas de los 60, a lo que Hegel había llamado Zeitgeist el “espíritu de su época”; fueron sensibles a todo su entorno, desde los primeros viajes a la luna, el rugido de Lumumba, de Cabral, del movimiento liberador en un mundo neocolonial, de la guerra de Vietnam, de la revolución cultural china, del cisma de los Partidos Comunistas mundiales; de la primordial revolución cubana y su impacto en el neo vanguardismo latinoamericano en todas las esferas de las artes; es decir a todas las manifestaciones socio políticas del continente, de la irrupción en suma de los movimientos juveniles y estudiantiles de los sesenta que darían origen a los posteriores movimientos sociales de los ochenta y noventa.

En fin, los Tzántzicos fueron en esta  perspectiva, la expresión  extrema de la cultura pequeño burguesa insurgente frente a la aristocrática en el ejercicio de la literatura o del nunca bien asimilado “socialismo rosa” de sus padres putativos; en suma de una sociedad seudo feudal y hacendaria en crisis frente a una reforma agraria que promovería el ingreso y consolidación de las relaciones de producción capitalista en el agro ecuatorial; el reflejo de una actitud literaria que estaría marcada por los acontecimientos de un determinado momento histórico y que hacía entonces indispensable encontrar un estilo, una visión y una forma adecuados a los requerimientos  que en esa hora precisa reclamaba el Ecuador, en esto radica toda la trascendencia, pero también las limitaciones que tuvo el movimiento.

Inmersos en esos años de renovación, que fueron los sesenta, en lo político y el quehacer cultural; los poetas Tzántzicos recogieron  el reto y entregarían su respuesta, en su producción literaria de aquellos días y en sus obras personales posteriores; ellos supieron centrar sus fuegos en lo esencial, el cuestionamiento de la sociedad y de las formas oficiales de la cultura, la destrucción del retoricismo existente, la búsqueda de una nueva conciencia, el afloramiento de nuevos recursos expresivos, acordes a su tiempo. A no dudarlo, la literatura posterior se ha visto marcada por los recursos estilísticos y conceptuales de los “reductores de cabezas”, su aporte a la poesía y la narrativa  son referentes actuales de la poética y de la manera de contar de los nuevos actores de la literatura ecuatoriana, sobre todo en su visión ético estética del hecho literario, que será quizás el principal legado que entregaron a las letras del Ecuador.

Como señalara el recordado poeta Rafael Larrea Insuasti desaparecido en 1995, en su brillante y poco divulgado ensayo: Para un nuevo Manifiesto Tzántzico preparado para el Encuentro Cultura entre dos crisis, realizado en 1987:

 “Sí, el movimiento Tzántzico dio una respuesta auténtica, creativa, movilizadora a la demanda ideológica estética de nuestra literatura en un momento histórico concreto, una propuesta estimulante y multiplicadora, cuando la producción poética había entrado en un estadio de estancamiento y retroceso…  verdaderos creadores, de libre pensamiento comprometidos con su pueblo, sin miramientos, contemplaciones, academicismos, repudiando los cánones establecidos y apropiándose con pasión de lo que constituía su esencia vital, su tiempo, sus seres, su paisaje, sus problemas, urgencias existenciales, un algo desconocido en la literatura de ese entonces, un rostro que éramos, brindándonos más conciencia de nuestro ser como pueblo, y un tipo de expresión estética sorprendente”…

“Maestros del uso del poder de lo irreverente ganaron un nuevo lenguaje con incomprensibles signos y símbolos para algunos incorporando el vocablo popular, ennoblecido a la literatura ecuatoriana, por lo que fueron negados y silenciados largo tiempo por los detentadores del sistema”.

Diego Velasco Andrade