Los avivatos del sector público y los abusos del teletrabajo

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Largas horas de trabajo sin horario fijo. Videoconferencias programadas cualquier día, incluidos sábados y domingos. Irrespeto a los tiempos familiares. Esta es una breve radiografía del teletrabajo a la cual se añaden sueldos impagos como parte de la “nueva normalidad” y descrédito casi masivo al trabajo del servidor público por culpa de aquellos funcionarios que, aprovechándose de la ley, han sedimentado en las instituciones del Estado prácticas que van desde el latrocinio y la corrupción, hasta un esquema de abusos amparado en su condición de género, vulnerabilidad y estabilidad laboral.

Esto puede sonar incómodo. Sobre todo para quienes piensan que por pertenecer a una minoría étnica (indígenas, afroecuatorianos y demás), por su discapacidad (sea cual fuere) o por el simple hecho de ser mujer y madre tienen su pase garantizado a la estabilidad laboral; defenestrando otras variables como la eficiencia, la honradez, la puntualidad o su aporte al cumplimiento de los objetivos institucionales.

¿Es esto justo? ¿Cuál es el medidor de sus resultados? ¿La pena o el ánimo de evitar problemas legales con quienes no justifican el sueldo que perciben?

Es un secreto a voces que en el sector público hay malos funcionarios que escamotean el horario de trabajo reglamentado por la ley (de ocho o seis horas laborales según corresponda) con la simple entrega de una matriz que contiene actividades sacadas de su imaginación.

Otros y otras juegan al chantaje emocional y apelan a su condición de mujer y madre para legitimar un posible impedimento para trabajar, pero no para cobrar. Algunos exponen a flor de piel su tradición laboral como un escudo protector que – en la mayoría de los casos – delimita la línea de frontera entre un pasado inamovible y cómodo, y la lucha por mantener el trabajo que vive la mayoría de ecuatorianos.

De esta manera reciben sus sueldos (jugosos y envidiables en algunos casos), quienes llevan como consigna de trabajo “la ley del mínimo esfuerzo”. Sí. En buen romance, mientras la mayoría de servidores públicos trabaja con ética y profesionalismo, aunque subyugados al modelo de esclavitud moderna y digital del teletrabajo (sin control ni reglas); otros cobran.

¿De quién es la culpa? ¿De quienes todos los meses reciben dinero del Estado en sus cuentas sin trabajar o trabajando a cuenta gotas, o de quienes permiten todo eso y más? ¿Acaso esto no es otra forma de robar el dinero de los ciudadanos?

Posiblemente piensen que estas personas no son malos funcionarios de Estado, sino que buscan resquicios para evadir el sistema de control asfixiante de la gubernamentalidad. Pero no es así. Ellos y ellas no reniegan del sistema que los parió y que ahora los alimenta. Porque si tuvieran una pizca de convicción política y de dignidad habrían renunciado a sus puestos de trabajo. Estos malos servidores públicos son el símil de una publicidad engañosa que ofrece un sinnúmero de soluciones a cualquier tipo de problemática, pero cuando esta ocurre huyen o la evaden con argucias que van desde la calamidad doméstica hasta las afecciones de salud.

¿Cuál es la solución? ¿Reducir los sueldos? El Estado no requiere de funcionarios mal pagados –cualquiera que sea su rango – mucho menos que estos reciban el escarnio de la opinión pública, al llevar bajo sus hombros el karma de los corruptos que hicieron de las suyas durante 40 años de endeble democracia.

¿De qué sirve bajar los sueldos de inoperantes y avivatos si continúan cobrando y no justifican el trabajo desempeñado? ¡Con más o menos sueldo seguirán siendo corruptos!

El Estado requiere de funcionarios eficientes, sí, pero que reciban un sueldo justo por sus horas de trabajo.

Todo esto ocurre en momentos en que el teletrabajo personaliza las relaciones laborales en lo digital y despersonaliza los vínculos familiares de los trabajadores.

No puede ser posible que la relación más estrecha de un funcionario público sea con su computador. Mientras las personas de su círculo familiar terminan invisibilizados por la angustiosa necesidad de “cumplir” con sus superiores.

La “nueva normalidad” del teletrabajo fractura el sano equilibrio entre lo laboral y lo familiar. A este sistema de tele-esclavitud moderna llaman algunos, “derecho”.

Alfredo Espinosa Rodriguez
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