Golpe a golpe, verso a verso…

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Contestación a las afirmaciones de Roberto Aguilar en el artículo titulado La pesadilla se hizo realidad, del 13 de octubre, publicado en diario El Expreso.

Toda la culpa del horror, según Roberto Aguilar, es de los indígenas manipulados por los correístas; su fuente, para hacer tal conclusión, son las declaraciones de Salvador Quishpe realizadas a una radio. Según Aguilar, son los grupos chavistas y mariateguistas los que mueven la indignación de la gente de la ciudad de Quito. Según el articulista, los mensajes a través del twitter de Virgilio Hernández constituyen la prueba fehaciente de que la escalada de violencia vivida en los 11 días de paro indígena es producto del correísmo.

En ningún párrafo de su análisis se hace referencia a las medidas adoptadas por el sucesor de Correa, –Moreno, hijo apócrifo y maldito de Alianza País y ahora adoptado por las élites–. Parecería que, ante la urgencia del procesado por la justicia, el movimiento indígena y popular invadió Quito para incendiar la Contraloría General del Estado, Teleamazonas y, además, de paso, darle una pedrada a Freddy Paredes.

Como ya es característico de la prensa comercial, militantemente silenciosa, además de rasgarse las vestiduras por la paralización que sufrió Quito (nunca menciona, que, durante el día sábado 12 de octubre, se dio lo movilización de mujeres más grande de los últimos tiempos en el país gritando ¡no más muertos!); enumera, de manera interesada, para decirlo a su manera, la serie de excesos que cometieron los manifestantes. Lo que escapa a su objetiva visión son los muertos provocados por la represión y la brutalidad con la que las fuerzas del orden (por supuesto el orden diseñado por el FMI –de eso tampoco dice nada el indignado periodista-); reprimieron a los manifestantes a pesar de esas pequeñas treguas que se fraguaron en medio de la refriega.

Según su lúcida –según él-, interpretación de los hechos; así son las cosas: Correa va a ser procesado penalmente (¡¡¡al fin!!!); se reúne con Maduro y su séquito (el séquito de Correa), en Venezuela; el FMI, ante la urgencia del caso, exige a Moreno que quite el subsidio a los combustibles que durante más de cuatro décadas se ha mantenido en el país; Moreno, que es ejecutor de órdenes más que un pensador, emite el decreto 883. En estas circunstancias aparece el movimiento indígena a dar sentido a todo.

La Conaie con sus hordas de vándalos avanza hacia Quito, en apenas unos días organiza la marcha y se toma la capital; no es como en otras ocasiones, en las cuales era necesario una larga preparación; no. Es urgente. Correa, Hernández, Moreno, Jarrín, la Romo y hasta el Roberto Aguilar, necesitan al movimiento indígena para darle sentido a todo. Moreno, para acusar a los correistas de estar a la cabeza del movimiento indígena; el Virgi Hernández para, desde su twitter, volver a ser el capitán de las huestes gloriosas que defendían denodadamente la avenida de los Shyris en la época de Rafaelito el del ático; la Romo para demostrar que el tiempo es más cruel que el hambre y a dar sus discursos de orden y moral desde un pedestal que se va elevando a medida que aumentan los muertos por la represión; y, un Jarrín que al fin tiene la oportunidad de desempolvar una oxidada ley de seguridad nacional en contra de quienes pretenden constituir, según este general, un protoestado dentro del estado (el galimatías es del ministro, no mío). Y, para que no falte nada, nacen los activistas del “periodismo militante” ante la falta de información veraz, contrastada y contextualizada por parte de los medios privados y públicos. El escenario está dispuesto.

Los actores entran en conflicto, desde la óptica del Aguilar, con estos antecedentes y estos intereses: 1) Correa para evitar que le encuentren algo más aparte de los 6 mil dólares que, tras largas pesquisas, encontró la fiscalía (de los 70 mil millones de dólares de sobreprecio de las obras de la década pignorada); 2) Moreno, para pasar a la historia además de traidor como el fiel cumplidor de los acuerdos con el FMI (los del MIR deberían encargar su placa en el San Lázaro); 3) los indígenas para tapar las tropelías de la loca del ático (que los vilipendio, reprimió y persiguió durante una década) y la ineptitud de Moreno (que en realidad, además de contar cachos no ha hecho nada desde el gobierno); y, 4) los medios comunitarios y alternativos para incendiar el país con sus denuncias sobre los excesos de la policía y el ejército.

De espaldas a la realidad pero sobre todo con un prepotencia sin límites, el articulista se permite sugerir; si, se atreve a asegurar; que los medios alternativos de comunicación “jugaron un papel preponderante: difundiendo noticias falsas para exacerbar los ánimos, armando la palabra y manipulando el lenguaje…”; no hago más larga la cita porque me recuerda a Correa desde las sabatinas condenando a los “sicarios de tinta”. Este Aguilar, desde la privilegiada posición de articulista de un medio nacional, ahora descalifica a los pequeños medios que dieron cuenta de la magnitud de la paralización, de los actos de solidaridad de la gente y sobre todo de la actitud pacífica de las manifestaciones. Este cronista de los Martínez, se atreve a afirmar que sus colegas de a pie y celular, cargaron “las tintas en la represión del Gobierno contra un supuesto pueblo indefenso y desvalido”; para este morenista de última data, las muertes ocurridas en la ciudad de Quito son una exageración de los periodistas de barricada. Aguilar tuvo una expresión feliz cuando describió a la época correista como “estado de propaganda”; estos años de morenismo deberían ser considerados como una etapa de silencio hipócrita y condescendiente con la oligarquía.

En la Contraloría, “secreto objetivo de la revuelta” según el renombrado cronista, es evidente que existen demasiados intereses sobre lo que contiene ese edificio y un sospechoso silencio cómplice de sus autoridades que, durante dos años y más, nunca han podido develar lo más grueso de la corrupción correísta y morenista. Tan grande fue el pastel que alcanzó para muchos y hasta para hacer obra pública. Curiosos personajes, señalados como beneficiarios de maletas de dinero de Odebrecht, cuidan los papeles, informes y documentos que hasta el momento no sirven sino para demostrar la ineptitud de sus funcionarios. ¿Quién incendió la contraloría? Correístas, morenistas, partidarios de Carlos Polit y Pablo Celi están detrás de que se destruya esa memoria inmunda de la corrupción. Además claro de las empresas beneficiadas durante la década pasada que hasta el momento no aparecen en el tablado de la justicia.

El insigne Roberto Aguilar tiene artificios como este: “Y mientras el terror se apoderaba de Quito y se multiplicaban los llamados a la paz provenientes de todos los sectores de la sociedad y de la política…” como hábil camarógrafo, fija su lente en el dirigente correísta Virgilio Hernández y su tuit acerca de diversificar los frentes. El Virgi Hernández no es nada sin Correa, así como no lo han sido Augusto Barrera, Miguel Carvajal, René Ramírez o la Gaby Rivadeneira. Faltos de presencia propia, su estrategia siempre ha sido aliarse con los que están en ascenso (Barrera, Hernández, Carvajal) o con el macho alfa (la Gaby, disculparán las feministas desclasadas), o constituirse en los cerebritos de grandes proyectos irrealizables (pero costosos, como el Ramírez). ¿Qué son estos personajes frente a la magnitud de la movilización y a la fuerza de la demanda? Nada, no representan nada. Pero para Aguilar constituye su baza ganadora, su prueba reina.

Para ratificar su hallazgo, recurre a las expresiones de Salvador Quishpe, “dirigente histórico de Ecuarunari”, y no se explica cómo “fue desmentido y desautorizado por la dirigencia”. Este reportero de redes, porque sus conclusiones y elucubraciones las hace sobre la base de la información que le llega por redes –de los canales oficiales, pero por redes-, no se dio la molestia de salir, así sea disfrazado de reportero, para recoger las versiones de la calle, de la gente de a pie. Allí le habrían desmentido y demostrado, no solo la dirigencia sino las bases, las mujeres, los estudiantes, los trabajadores, los pobladores, las vecinas y vecinos de Quito (que a esta hora ya no son solo de Quito sino de un gran sector de la patria). Pero, no. El cronista de marras se da por satisfecho con una versión de los hechos. Y así dicen que hacen periodismo profesional (porque viven de lo que les pagan los dueños de los medios) y objetivo (ese cuento ya no lo cree nadie y peor cientos de autores que habrá leído este trasnochado José Enrique Rodó).

Y como gran verdad: “La declaración de Quishpe vino a confirmar, por primera vez desde una fuente interna, lo que se sabe desde el día 1: que este es un intento de golpe de Estado correísta.” Gracias a sus sesudas conclusiones nos enteramos que esta es “La Verdad”; extraída de la realidad luego de cientos de horas de cavilaciones y preocupaciones. Para demostrarlo, dice, el primer indicio es la “inaudita velocidad” con la que sucedió el levantamiento; él, tan conocedor de las tradiciones y costumbres indígenas, dice que “un levantamiento indígena es un proceso demorado que implica un complejo mecanismo de toma de decisiones en las comunidades y una ardua tarea de levantamiento de fondos y de organización logística.” Tan versado es sobre el tema que no entiende cómo, los indígenas de Cotopaxi, se desplazaron tan rápidamente a la capital (separados por la astronómica distancia de un centenar de kilómetros o una hora y media de viaje) ante el llamado al paro indígena progresivo y que se consolidó con la declaratoria de la huelga nacional determinada por las centrales obreras del país, así como del respaldo de los estudiantes universitarios y colegiales.

Además, para ratificar la verdad de su hipótesis (digamos que es producto de su imaginación y que no le pasaron el libreto las fuerzas de la inteligencia o alguna embajada amiga); este periodista dice haber resuelto el misterio de las motivaciones de la marcha por los saqueos a empresas florícolas y lecheras al sur de la capital y el intento de asalto a la contraloría. Con lo que se deja “perfectamente claros cuáles eran los móviles reales de la revuelta.” Para culminar, porque revisar sus afirmaciones es hacer un repaso de todos los prejuicios que sobre el movimiento indígena se han vertido durante años, afirma que la marcha indígena constituye el “desenlace de este libreto”. Entonces, las hordas salvajes entrenadas por Collahuazo y las organizadas por Patiño “salieron a la luz en un estallido de furia. Y sometieron Quito.”

Golpe a golpe protesta Ecuador

La ingenuidad no existe en el periodismo; y, si es de mala fe, se entra en el campo de la manipulación. Se pasa por alto la tensa relación que existió entre el correimo y la Conaie; la permanente vejación a sus dirigentes y la pretensión soterrada y encubierta para dividir y debilitar a las organizaciones sociales (dirigida por el “comandante Marcial”, también cuadro del MIR). Pero no, para el cronista, la historia se resuelve en la confluencia de intereses más o menos inmediatos y se sueldan las alianzas al calor de unos dolaritos. Pasa por alto, Aguilar, que desde el principio (al igual que en el 30S de malhadada recordación), la tesis del gobierno fue que los correistas estaban detrás de las marchas y pretendían dar un golpe de estado. Sucesores, al fin y al cabo, de los Alvarado, el gabinete y el frente de comunicación se mantuvieron en la tesis y, claro, había que demostrarlo (¡¡como lo hicieron con el 30S!!). Infiltraron al movimiento indígena de elementos de la fuerza pública para generar esos actos que venían como anillo al dedo al gobierno para justificar (si es que alguna justificación tiene asesinar a compatriotas), la represión y la declaratoria del estado de excepción. No de otra manera se explica la facilidad con la cual se sucedieron esos actos de vandalismo. Solo bastaría identificar quiénes son los que incendiaron la Contraloría para corroborar la perfecta manipulación de los hechos.

Y ahora vamos a la acusación más grave: “con la Conaie, una multitud de militantes, académicos, intelectuales de izquierda; medios de comunicación comunitarios; organismos de derechos humanos que, al servicio de organizaciones y actores políticos, han perdido todo sentido de la neutralidad y han contribuido a desprestigiar y comprometer la gran causa de los derechos humanos, que es la causa de la democracia.” El gran pope dando lecciones morales a quienes se pusieron (nos pusimos pues), del lado de la Conaie. Él, con su dedo acusador, neutral, impertérrito, hierático y de manera admonitoria dice que se ha contribuido a desprestigiar y comprometer la gran causa de los derechos humanos porque obviamente no se acepta el paquetazo, no se acepta el acuerdo con el FMI, no se acepta que la crisis se descargue sobre los más pobres. Él, desde lo más alto de su escritorio, blandiendo sus largos años al servicio de diversos medios, concediendo al fin: “¿Excesos policiales? Los hubo y fueron documentados hasta el hartazgo, en particular los casos de detenciones violentas en las que los miembros de la fuerza pública continuaban golpeando con brutalidad a personas que ya se habían rendido, levantaban los brazos o se tendían en el suelo y no ofrecían resistencia al arresto.” Lo que no dice el bonitico, el taitico, es que ninguno de esos excesos fue transmitido y ni denunciado por los medios privados ni públicos.

Dirá, para curarse en salud, que ahora lo está diciendo; pero lo que no entiende o no quiere asumir es que ese silencio cómplice, evidenciado por las voces plurales de los medios alternativos, dieron al traste con la visión unilateral que habían diseñado los Michelenas (prosélito no muy aventajado de los Alvarado) o las Romo (versión almibarada pero de la misma ferocidad que la antigua dama de hierro criolla Ana Lucía Armijos) o el mismo Jarrín que no tiene más ideas que las que aprendió de Pompeo o de la Escuela de las Américas. Aguilar, expone, porque su papel no es denunciar, expone como un detalle nada más de la situación (pero qué detalle): “lo peor: los inexplicables ataques a los centros de acogida que servían de refugio a mujeres y niños indígenas que llegaron (porque las movilizaciones indígenas son así) acompañando a los marchantes. El martes, el desalojo del parque El Arbolito con una inusitada cantidad de gases lacrimógenos fue brutal, fue innecesario y fue inédito. El miércoles, el ataque a las universidades trajo más de lo mismo.” Recién, cuando tiene toda la versión armada, expone estos hechos; cuando el medio al cual sirve y del cual vive, pretendió desprestigiar a través de sus titulares la movilización indígena.

Y, entonces, para justificar su miopía y su actitud servil, arguye que: “centrar los focos en esa represión cuando el país y la ciudad asisten a la aplicación sistemática de una estrategia política basada en el terror y en la violencia, hay una gran distancia mediada por la miopía política, la militancia ciega, la ingenuidad o el oportunismo.” Nada más preciso, pero fundamentalmente porque el preclaro articulista no menciona, ni una sola vez, las razones de la movilización, no relaciona el nivel de movilización y violencia a las desacertadas y canallescas medidas de la policía, el ejército y el régimen. Nunca menciona los muertos y heridos, para nada.

Pobre gacetillero pretende ser el árbitro de la paz y la guerra, quien decide lo que es bueno y malo, lo permitido y la permisible; cuando en realidad, no es nada más que un empleado de las circunstancias, víctima de su condición y de su incapacidad de transgredir la línea demarcatoria del intelectual a contrato que puede darse el lujo de argumentar, al mejor estilo de Juan sin Cielo: “cuando finalmente fueron repelidos y desalojados, como tenía que ser, con gases lacrimógenos y uso de fuerza persuasiva (ninguna víctima se reportó de esa jornada), los medios de comunicación militantes, los activistas de derechos humanos, los intelectuales de Twitter, clamaban a los cielos: “Represión, represión, horror, horror”. Una victimización gratuita (pero rentable) y una incomprensión absoluta de cómo funcionan las cosas en un Estado de derecho, en el cual, si la fuerza pública detenta el monopolio de la violencia, es para ejercerla. Y si un manifestante lanza piedras o dispara petardos, tiene que estar dispuesto a salir averiado.” Para este periodista, decir “Nos están matando” son muletillas y “etiquetas utilizadas por los militantes en las redes sociales no solo (…) incendiarias sino mentirosas.” Este pobre cronista tiene que hacer méritos ante los dueños de los medios, si antes denostaba de los Alvarado, ahora no le faltan méritos para sucederle (no sería de sorprenderse que pase a los medios públicos, como han hecho tantos periodistas que han jugado entre líneas haciendo méritos para el administrador del El Telégrafo o para los periódicos impúdicos).

Las particularidades de estas jornadas; que son solamente eventos en el largo caminar hacia una sociedad más justa, plural, inclusiva y diversa; son: primero, el movimiento indígena es la organización social más importante del país más allá de que forajidos y correístas hayan lucrado de la efervescencia popular en la década anterior; segundo, que la capacidad de sintonizar con los sectores populares de las diversas ciudades se debe a esa cercanía simbólica y cultural entre los indígenas y los sectores empobrecidos; tercero, que la juventud, al contrario de que lo que escribe acerca de los milenials, tiene una gran sensibilidad social y un compromiso con la vida; y, cuarto, a pesar de lo que diga este fray Vicente Solano de El Expreso, existe el “periodismo militante”, que contrapone la visión instrumental y comercial de la realidad de los medios privados con ese relato de la cotidianidad desde la perspectiva de los seres comunes y corrientes, aquellos que narran su vida con cada paso que dan y ponen a prueba la capacidad del azar para eludir las balas, las bombas, los perdigones no solo de las fuerzas represivas sino de los periodistas que alguna vez dijeron ser críticos y que ahora representan el establishment de esta sociedad excluyente, racista e inequitativa.

El último de los guamingas

Poeta, escritor literato, sociólogo de última generación

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