En los desfiladeros del inconsciente de los ecuatorianos

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Luigui Stornaiolo. Cajero automático. óleo sobre tela.

Psicoanalíticamente, el complejo es un conjunto organizado de representaciones, ideas o recuerdos dotados de intenso valor afectivo parcial o totalmente inconscientes, que se forman a partir de las relaciones interpersonales y que estructuran desde la infancia, todos los niveles psicológicos: emociones, actitudes, sentimientos, etc.

Sigmund Freud utilizaba esta noción en su práctica clínica con fines demostrativos o descriptivos de las psicopatías para poner en evidencia ciertos rasgos de la personalidad (incluidos los mejor integrados), acentuando en las reacciones afectivas en las que situaciones nuevas son desplazadas inconscientemente a situaciones infantiles.

El presente artículo pretende hacer unas reflexiones acerca de la forma de ser, actuar y pensar de los ecuatorianos a nivel psíquico. Ya lo expresaba Sigmund Freud: “Un hombre no debe luchar para eliminar sus complejos sino para reconciliarse con ellos”, aquel es el objetivo de estos apuntes.

El complejo de bastardo

El diccionario de la lengua española define la palabra ‘bastardo’ como un hijo nacido de la unión ilícita que degenera de su origen. En mi concepción el complejo de bastardo es el fantasma del mestizo ecuatoriano que lo hace ocultarse de sí mismo.

A diferencia del mito del nacimiento del héroe de Otto Rank, el mestizo ecuatoriano no es el coprotagonista de su origen, lo son dos seres antagónicos: un violador (el conquistador) y una madre mancillada (la india poseída a la fuerza). El mestizo ecuatoriano lucha por evadir esta realidad, la rechaza y la niega. Hubiera querido nacer en estado puro; él trata de compensar éste evento traumático exaltando la imagen de la madre pero sin exculparla, niega el lado femenino de su origen, siente vergüenza y se esconde detrás de una máscara. La imagen materna no satisface sus aspiraciones, se identifica con la pretendida nobleza paterna, tal como sucede con el Chulla Romero y Flores, personaje de la novela ecuatoriana.

La conquista española, en el sentido histórico, fue una violación en la carne misma del femenino indígena. Hay en el origen del mestizo ecuatoriano, vergüenza y deshonra, la cual es vivenciada como traición.

El hijo bastardo nace como una ‘mancha original’, la que le confiere el encuentro carnal como a todo hombre, pero su mancha es indeleble ‘porque no se borra ni con las aguas del bautismo, que solo borran las de Eva’ (la del Génesis de la Biblia).

Su tragicomedia es haber nacido de una mujer de raza inferior y, sin embargo, tener que amarla o al menos reconocerla. Su condición le es aún más repugnante que la de Eva quien, a fin de cuentas, resulta ser la heroína de la creación por no haber resistido a la tentación de descubrir su sexualidad.

Inestabilidad, dualidad, indefinición, tendencia a la mimetización y a la contradicción, son sólo algunos de los elementos que definen la complejidad del mestizo ecuatoriano. Su intimidad está obturada, fracturada, rota, oculta bajo una máscara. A veces su grito de soledad desgarra esa máscara. Cuando ésta cae, el mestizo ecuatoriano es derrotado.

El complejo de Cacique

Algo que se presenta cotidianamente en la mentalidad del mestizo ecuatoriano es recurrir a terceros o a un tercero para que: “dé haciendo” o “de diciendo”. Aquello tendría que ver con lo que he dado en llamar el Complejo de Cacique, interiorizado inconscientemente por el trauma de conquista.

El Cacique en la época del Incario era un representante del Inca, su función era cumplir y hacer cumplir las leyes, hacer efectivos los sistemas de organización política, agraria, de distribución, etc.

El complejo de Cacique no es otra cosa que la versión de los dos complejos teorizados por Alfred Adler: el de superioridad y el de inferioridad, concebidos como malformaciones del Yo. En la expresión ecuatorianísima: “Dé haciendo”, se revela el complejo de superioridad, la predisposición a la inacción, el facilísimo, a la viveza criolla, a que hagan otros lo que se hace evidente frente al llamado a movilizaciones populares para reivindicar derechos, por ejemplo. Cuando se trata de reivindicar derechos no solo de un sector de la población sino de toda la ciudadanía muchos brillan por su ausencia porque el Otro es visualizado como un simple instrumento para que ‘dé haciendo’ lo que por responsabilidad compete a cada uno.

El mestizo ecuatoriano, al no tener espacios propios de identificación consigo mismo y con el Otro, se apropia de espacios reducidos como la oficina por ejemplo, donde él busca reconocimiento al creerse dueño y señor de las voluntades de sus subalternos. Para ejercer su jerarquía permanentemente trae a colación árboles genealógicos, títulos noviliarios de una aristocracia supuesta o venida a menos, el abolengo se sus abuelos (“que vendían haciendas con indios”), los cargos públicos que ejercieron, etc.

En la época de la colonia, los blancos y los criollos compraban sus títulos noviliarios. Hoy para ser reconocidos se recurre a títulos académicos como si no bastara por sí solo ser Francisco Medina, Estela López o María Sandoval.

No es de extrañar en la sociedad ecuatoriana que, quienes ostentan una dosis mínima de poder, exijan que se les llame por sus títulos académicos: Doctor, Licenciado, Ingeniero, Arquitecto, etc; de lo contrario se corre el riesgo de pasar como un maleducado, atrevido, alzado e igualado.

La otra expresión: “De diciendo”, se la podría parangonar con el Complejo de inferioridad, pues revela la predisposición a evitar el compromiso, a la desmemoria de la palabra empeñada, convirtiendo al otro en una especie de testaferro de la palabra y de lo que se piensa, como si no se quisiera reconocer que se tiene voz propia.

No es que en el Ecuador no haya ideas innovadoras sino que se teme expresarlas porque eso significa exponerse al Otro, tal vez por esa mentalidad sanfranciscana del “qué dirán”.

Estas son una de las tantas causas por las que perdonamos y olvidamos las atrocidades de os poderosos, por qué permanecen los mismos actores políticos de hace cuarenta y tantos años, por qué nos autoexcluímos de la toma de decisiones trascendentales de la vida nacional, nos desentendemos de la realidad y nos contentamos con someternos a la cultura de la queja.

No hay que esperar que nos den haciendo, que nos den diciendo, hay que actuar por nosotros mismos y eso significa superar los prejuicios y los complejos.

El Complejo de patrón

“Que robe pero que haga obra” es una frase recurrente de los ecuatorianos frente a la corrupción generalizada. Recordé a Jorge Icaza y su libro Huasipungo, en el que el escritor ecuatoriano describe como el hacendado Alfonso Pereira, dueño de la hacienda de Cuchitambo, repartía los socorritos: “Los socorros, era una ayuda anual (una fanega de maíz o de cebada) que, con el huasipungo prestado, los diez centavos de la raya (diario nominal en dinero) -dinero que nunca olieron los indios, porque servía para abonar, sin amortización posible, la deuda heredada por los suplidos para las fiestas de los Santos y las Vírgenes de taita curita que llevaron los huasipungueros muertos- constituían la paga que el patrón daba al indio por su trabajo”, y me pregunté: ¿Será que los ecuatorianos somos ingenuos electores con buenas intenciones condenados por siempre a elegir entre la civilización y la barbarie, entre la ignorancia y la mediocridad, entre lo pésimo y lo menos malo?

En mi apreciación la raíz de este comportamiento social estaría en nuestra incultura política, en nuestra frágil memoria colectiva que con nuestra apatía deja vía libre al clientelismo electoral y a la corrupción, y en lo que he dado en llamar: el complejo de patrón.

Patrón, según el diccionario académico de la lengua española, es el patrono, el dueño de casa donde uno se aloja, es el amo, el señor. Psicoanalíticamente hablando, el complejo de patrón es un retorno a lo reprimido de un de un Yo fracturado carente de identidad, que se debate entre la negación, la resignación, el conformismo y el arribismo. Basta detenerse a observar en cómo nos comportamos a la hora de tomar decisiones trascendentales como es votar para los cargos de elección popular y en las formas de relación entre la autoridad, la institucionalidad, el servicio público, etc, con el ciudadano de a pie.

En el Ecuador, éste complejo está presente en todas las clases sociales, pues todos, (fieles a la ley del menor esfuerzo) aspiran algún día en ser parte del poder y convertirse en mandamás, aunque solo sea como comisario municipal, teniente político o chapa de esquina.

“Para ser político hay que ser sabido, hay que ser sapo”, es una expresión ecuatoriana muy común. En el imaginario social se presupone que la ecuación entre política y corrupción es la mejor forma y la más fácil de salir de la pobreza, cuyo resultado será ser reconocido y ascender en la escala social.

En las altas esferas del poder político, el complejo de patrón sale a flote, por eso de que en la guerra como en la política todo es válido y más si se trata de repartirse la troncha, según afirman la mayoría de políticos ecuatorianos. En el amor como en la política todo vale: el camisetazo, la trinca, la componenda, el pacto gana para negociar golpes de estado democráticos, las aplanadoras de las bancadas afines, las mayorías móviles, los asambleístas de alquiler para aprobar leyes que beneficien a políticos, banqueros, empresarios y amigos del círculo íntimo, y controlar los poderes del estado y los organismos de control. Para ello, ciertos partidos políticos en el Ecuador han gestado maquinarias electorales, encuestadoras y empresas de sondeos de opinión que, orquestados por los grandes medios de comunicación crean en el imaginario social: Mesías benefactores, salvadores asistencialistas y popopulistas de extrema o centro derecha.

Años atrás, la iglesia direccionaba desde el púlpito a los electores instándolos a que votasen por los autodenominados partidos cristianos. Los candidatos iban a las comunidades rurales a comprar literalmente la votación mediante fundas de arroz, azúcar, avena, gorras y camisetas. Hoy los candidatos siguen utilizando esta vieja práctica que no deja de ser menos efectiva, repartiendo a diestra y siniestra: comestibles, electrodomésticos, computadoras y dinero en efectivo, a fin de capturar la voluntad de los electores, dejando de lado la presentación de un plan de gobierno y el debate, y privilegiando la chequera.

Nuestra respuesta frente al complejo de patrón y a la incultura política es involucrarnos activamente en la vida política nacional. Considerar a la política como la ética revolucionaria de servir al Otro y no de servirse de ella para fines individuales. Quizá, solo así dejaremos de pedir socorritos y de tener que elegir siempre al mal menor.

Créditos de la imagen:
• Cajero automático del autor Luigui Stornaiolo

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José Villarroel Yanchapaxi
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