El combate revolucionario contra la derechización y el fascismo

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Frente Popular Revolucionario

Partido Comunista de México (marxista-leninista)

Desde 1935, Dimitrov estableció que el fascismo podía adoptar diferentes formas en los países y esto depende de las condiciones económicas en que se desarrolla el capitalismo y de la correlación de fuerzas entre la burguesía y la lucha del proletariado y los trabajadores.

“El desarrollo del fascismo y la propia dictadura fascista revisten en los distintos países formas diferentes, según las condiciones históricas, sociales y económicas, las particularidades nacionales y la posiciónn internacional de cada país. En unos países, principalmente allí, donde el fascismo no cuenta con una amplia base de masas y donde la lucha entre los distintos grupos en el campo de la propia burguesía fascista es bastante dura, el fascismo no se decide inmediatamente a acabar con el parlamento y permite a los demás partidos burgueses, así como a la socialdemocracia, cierta legalidad. En otros países, donde la burguesía dominante teme el próximo estallido de la revolución, el fascismo establece el monopolio político ilimitado, bien de golpe y porrazo, bien intensificando cada vez más el terror y el ajuste de cuentas con todos los partidos y agrupaciones rivales, lo cual no excluye que el fascismo, en el momento en que se agudice de un modo especial su situación, intente extender su base para combinar sin alterar su carácter de clase la dictadura terrorista abierta con una burda falsificación del parlamentarismo.”(Georgi Dimitrov, La clase obrera contra el fascismo, p. 1935).

Por otra parte, para caracterizar a la derecha es preciso delimitar el alcance de ese concepto, que no procede de un análisis marxista, sino de una caracterización de otras tendencias para calificar posiciones que se enfocan en lo que el propio discurso maneja y no en las raíces materiales que engendran tal discurso. Una vez aclarado esto sostenemos lo siguiente.

 

La profundización de la crisis del sistema capitalista

La acentuación de las contradicciones intrínsecas del sistema capitalista imperialista ha profundizado la crisis estructural, social, económica y política en todo el mundo, este hecho ha provocado que las disputas interimperialistas entre las potencias se hayan acentuado; particularmente de la Unión Europea y Estados Unidos con China y Rusia. Como consecuencia, se ha precipitado la carrera armamentista preparatoria para un escenario de guerra: ahora en un escenario de guerra comercial, diplomática y financiera, con algunos conflictos bélicos, un incremento sistemático de la injerencia de las potencias imperialistas en los países dependientes y del extractivismo, profundizando la explotación de la clase obrera y de los trabajadores para tratar de mantener las ganancias de los monopolios. Es en este escenario que se han desarrollado con mayor fuerza las políticas reaccionarias nacionalistas, xenofóbicas, de ultraderecha y fascistas en diferentes países, pero particularmente en Estados Unidos con el ascenso de Trump a la presidencia de ese país. Como antes de la Segunda Guerra Mundial, el desarrollo del fascismo es una posible salida a la crisis del capitalismo que con propuestas patrióticas, trata de arrebatar consignas populares que incluso hacen sonar como revolucionarias, ganando parte o la mayoría del electorado. Esta tendencia constituye un revés en la lucha del proletariado porque pierde influencia entre las masas si no logra desenmascararlo, desplazando al menos parcialmente en el terreno ideológico a las tendencias socialdemócratas de la burguesía. Es preciso enfatizar que la intensificación de la lucha de clases del proletariado es lo que lleva a la oligarquía a presentar su respuesta más sanguinaria y agresiva, el fascismo, donde las ideas de ultraderecha como el ultranacionalismo y la xenofobia no son fenómenos políticos aislados, sino expresiones de la respuesta fascista.

En el parlamento europeo, en mayo de este año representan el 33% encabezados por Matteo Salvini; en Italia y la líder de derecha Marine Le Pen en Francia; formando uno de los grupos más grandes en la asamblea de 28 países. Pero también ha ocurrido en Gran Bretaña con el Partido del Brexit y en Finlandia con la organización de los Verdaderos Finlandeses y sus posiciones supremacistas. En la India se expresa con Narenda Medi promoviendo el nacionalismo hindú, contra la minoría musulmana, que volvió a ganar a pesar de la caída a los subsidios de empleo, las asignaciones para comedores escolares y a los controvertidos planes de acceso al agua potable. Se presenta la tendencia en Australia, al mantener el gobierno de derecha de Scott Morrison, un cristiano evangélico y negacionista del cambio climático.

Estas organizaciones tienen como características promover el odio contra los migrantes, contra las religiones no hegemónicas, contra las minorías; promueven el machismo, y manejan un discurso contra las “élites corruptas”. Hay quienes dicen que estas fuerzas constituyen el plan B del sistema capitalista para muchos países del mundo.

Desde el surgimiento de la ONU, el imperialismo se declaró guardián de la paz, la libertad y la democracia, en base a ello justificó su intervención política y militar en otros países con fines económicos. Hoy plantean una política más agresiva que viola incluso su propio marco jurídico internacional, por encima del respeto a los derechos humanos; ahora el imperialismo impone la intervención política y militar de las potencias regionales, a los países dependientes.

 

El escenario en el continente americano

La derechización o proceso de fascistización en América Latina se da en el contexto de la crisis mundial de 2008-2009 y el subsiguiente estancamiento económico global, que impacta de manera más profunda en los países del subcontinente. De manera general las tendencias oligopólicas antidemocráticas y reaccionarias abrieron paso al neoliberalismo con la imposiciónn de medidas económicas que profundizan la explotación y dependencia de los países imperialistas; pero ante el ascenso de la lucha de masas y la crisis neoliberal, las tendencias socialdemócratas con un nuevo discurso democrático y hasta “socialista” continúan subordinando a los proletarios y pueblos de Latinoamérica a su dominio burgués y a la dependencia imperialista. La derechización de algunos gobiernos del subcontinente responde al doble desgaste político socialdemócrata, pues su conciliación de clase, por una parte, genera un incontenible daño a las condiciones sociales de los proletarios y los pueblos, a la unidad combativa de clase por su emancipación y lucha antiimperialista. Por otra parte, la derecha (fascista) en este espacio encuentra la oportunidad de emerger frente a un “populismo”, constituyéndose en la mejor aliada del imperialismo norteamericano y servil a sus agresivas políticas en el subcontinente. El proletariado y los pueblos de América Latina deben unir sus fuerzas en contra de las oligarquías locales pro imperialistas, no colocarse a la cola de éstas por una supuesta democracia, de un racional humanismo capitalista; y de manera revolucionaria enfrentar las potencias imperialistas.

Efectivamente se presentó un periodo donde los socialdemócratas y reformistas de muchas tendencias celebraban que había en los países del continente un cambio por la vía pacífica, que las urnas habían logrado lo que las guerrillas o teorías “ortodoxas” no fueron capaces de hacer. De tal forma que se fueron elaborando teorías para justificarse a sí mismas, no para interpretar el mundo y transformarlo, sino para rendirle culto a sus propios procesos y justificar su incapacidad de profundizar en reformas o cambios de raíz ante las exigencias de las masas.

Sin embargo, hay que tomar en cuenta que esos procesos de derechización ante el desgaste de la salida socialdemócrata, obedecen fundamentalmente a las condiciones materiales del desarrollo capitalista, particularmente a la crisis del 2007-2009, que provocó la caída de los precios de las commodities. Acontecimientos ante los que los gobiernos “progresistas” no pudieron encontrar salida, ya que se concentraron en los procesos de acumulación capitalista aprovechando las divisas de las materias primas, que ingresaron antes de la crisis.

Estos cambios graduales que “mejoraban” la democracia burguesa se estancaron y retrocedieron dando vueltas de 180 grados, teniendo como resultado que en países donde se celebraba el triunfo de la izquierda, a los pocos años, incluso en periodos de gobierno siguientes, sus panoramas políticos eran de derecha.

Como referentes icónicos de estos países sobresalía José Mujica, de Uruguay, quien se erigía como un baluarte más moral que político. Con su pasado guerrillero y su militancia política mantenida en la oposición, se retomaba como ejemplo para los “críticos” del sistema y defensores de los cambios por la vía pacífica.

Otro caso importante es del de Hugo Chávez en Venezuela, con un discurso más beligerante y antiimperialista, pero generando una mayor confusión en torno a lo que el socialismo científico significa. Y ni hablar del papel de la clase obrera. Mayor confusión generó también ante los positivos cambios favorables a las masas durante sus gestiones.

El caso de Ecuador también destaca, con la revolución ciudadana como discurso y la política extractivista y la persecución a los comunistas como práctica.

Un rasgo al que recurren los analistas liberales es el examen de los gobiernos por lo que dicen de sí mismos y no por el carácter de clase de sus políticas. De tal forma que, para estos intelectuales, el Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional o el Frente Sandinista, como fuerzas políticas son de izquierda o socialista por su propia auto denominación y no por el fondo de sus políticas económicas, ni mucho menos por el papel que juegan ante estos gobiernos la clase obrera.

Pero el giro de los últimos años hacia una identificación de derecha tiene su cenit con Jair Bolsonaro en Brasil. Este personaje llega a los rangos cumbre en el manejo de sus políticas y la expresión de sus posiciones ante los problemas de las masas. Sin mayor reparo en las formas, abiertamente maneja exposiciones clasistas, racistas, misóginas y homofóbicas ante los asuntos populares.

En el continente Americano ya se ha señalado el triunfo de líderes fascistas en EEUU y Brasil, pero ni el gobierno de Trump, ni de Bolsonaro gozan de buena salud, en ambos casos se discute su destitución. A 2 años de gobierno del primero, su popularidad ha bajado al 27%, difícilmente será reelegido a pesar de la leve mejoría en algunos indicadores económicos; no tiene credibilidad, ha parado en dos ocasiones el gobierno de EEUU, no ha logrado vencer a China en su guerra comercial, no tiene los recursos para hacer el muro que quería en la frontera con México, incluso dudan de su salud mental, lo que lo hace más peligroso. A su vez el gobierno de Bolsonaro a 100 días, no ha podido imponer su nuevo programa de pensiones, su ministro de educación que pretendía cambiar la versión histórica de la Dictadura de 1964 ha tenido que renunciar y la corrupción en Brasil continúa igual. Para mantenerse en el poder sin duda intentará implementar medidas más fascistas.

El supuesto combate a la corrupción, al narcotráfico, a la delincuencia organizada y al terrorismo por parte de los gobiernos burgueses, así como el pretexto de dar seguridad a las inversiones extranjeras o el flujo masivo de migrantes, ha dado lugar a la militarización de la seguridad nacional, al control de la información del Internet, a la violación sistemática de los derechos humanos, a la criminalización de la protesta social, a las desapariciones forzadas, a los ejecuciones extrajudiciales, a la represión policial, a las elecciones fraudulentas, a los regímenes de excepción como la ley bala, a leyes xenofóbicas, a las sentencias desmesuradas y sin juicios legales para luchadores sociales y defensores de los recursos naturales y los derechos humanos, a los asesinatos y persecución de periodistas. Tal control de la población sustituye la legitimidad que no tienen los gobiernos nacionales entre la población.

Esta es la historia de nuestro país, más grave en los últimos dos sexenios con cifras exorbitantes de asesinatos y desapariciones, que a pesar del cambio de gobierno continúa. Con López Obrador como presidente y el Congreso de la Unión representado por su partido MORENA y la derecha organizada en el PRI y el PAN, han acordado la creación de la Guardia Nacional y sus leyes secundarias con un supuesto mando civil, que es un militar retirado. La realidad es que la Guardia Nacional tendrá un mando militar y las figuras civiles son simplemente decorativas. A seis meses de este nuevo gobierno, no ha disminuido la violencia, la inseguridad pública y la impunidad sigue siendo una práctica generalizada, de tal forma que las tendencias hacia el fascismo de los gobiernos anteriores no serán revertidas, por el contrario, tienden a fortalecer la dependencia del imperialismo norteamericano; mayor explotación; y, profundizar la sujeción al sindicalismo burgués (charro y neocharro) de la clase obrera, jornaleros agrícolas y demás asalariados, con sus reformas a la Ley Federal del Trabajo y la Ley  de Trabajadores al Servicio del Estado, obstaculizando la organización independiente, combativa y de clase del proletariado.

Reconocemos que en la mayor parte de los países de América Latina se han puesto en práctica algunas o todas medidas descritas anteriormente, así como que los gobiernos burgueses nacionales optan por dar entrada a capitales de uno u otro bloque imperialistas a costa de su soberanía y de incrementar la explotación de su clase trabajadora.

Resultado de la política expansionista de las potencias imperialistas y del incremento de las tensiones por los conflictos de guerra comercial y por la extracción de recursos naturales en América Latina, diversos gobiernos burgueses han impuesto políticas punitivas y de criminalización de la seguridad pública, limitando su libre autodeterminación para cumplir con las indicaciones de las potencias imperialistas. En ningún caso, el endurecimiento de los castigos a los delitos disminuye la incidencia delictiva, este es solo un artífice de las campañas electorales y de los políticos que pretenden incrementar su popularidad y que algunos han llamado populismo punitivo.

La otra parte de esta confrontación se expresa en la intolerancia hacia los derechos humanos en general, contra los migrantes y contra los derechos en particular de la comunidad LGBT, de los derechos reproductivos de las mujeres, a la violencia de género, a la xenofobia, a minimizar las expresiones colectivas de protesta. En este sentido, la reivindicación por parte de las organizaciones revolucionarias y comunistas de la agenda de reivindicaciones de las mujeres proletarias, los migrantes, de los pueblos indígenas y de la comunidad LGBT, tiene mayor importancia como aliados en contra del proceso de fascistización.

 

A manera de conclusión

Los marxistas leninistas creemos que el problema sólo se plantea a partir del antagonismo entre el proyecto de la política de la burguesía y la oligarquía financiera frente al proyecto del proletariado, a partir de la contradicción principal entre el capital y el trabajo; “el problema se plantea solamente así: ideología burguesa o ideología proletaria. No hay término medio (pues la humanidad no ha elaborado ninguna “tercera” ideología, además, en general, en la sociedad desgarrada por las contradicciones de clase nunca puede existir una ideología al margen de las clases ni por encima de las clases). Por eso, todo lo que sea rebajar la ideología socialista, todo lo que sea separarse de ella significa fortalecer la ideología burguesa. (Lenin, ¿Qué hacer? (1902), Cap. II).

Los marxistas no tenemos como metas la inclusión o la conciliación de clases, sino la lucha revolucionaria para subvertir el orden burgués, construir el socialismo y la dictadura del proletariado. En este sentido, la política o las medidas de la socialdemocracia, como el fascismo o el proceso de fascistización; son dos tácticas de la burguesía para mantenerse en el poder, que como hemos explicado dependen de las condiciones en que se desenvuelve el capitalismo imperialismo hacia su debacle inevitable. Una y otra tendencia pueden ser reversibles y en contraparte los comunistas debemos enfrentar una y otra táctica acumulando fuerzas, con alternativas de lucha a los sectores no organizados, con la construcción de frentes nacionales anticapitalistas, antiimperialistas y antifascistas; en el escenario internacional es fundamental levantar la construcción del frente único Antifascista y Antimperialista en todo el mundo; al mismo tiempo que construimos y fortalecemos los partidos y las organizaciones de la Conferencia Internacional de Partidos y Organizaciones Marxista Leninistas (CIPOML).

Es nuestro deber desenmascarar el ascenso del fascismo como otra cara de la ideología burguesa, resultado de la crisis del capitalismo en el mundo, que al igual que la socialdemocracia pretende retrasar la toma de conciencia de la clase obrera para luchar por la revolución proletaria. Los comunistas debemos desplegar a nivel nacional e internacional una campaña contra el ascenso del fascismo a partir de la experiencia histórica de lo que significó en las décadas de los 30, de explicar su origen como resultado de una crisis, de señalar sus fracasos actuales de los gobiernos de Trump y Bolsonaro.

La lucha contra el fascismo da mayor importancia a la lucha internacional de los comunistas contra su enemigo global, independientemente de la forma que adopte en cada país. El proletariado es una clase internacional que libra una lucha mundial en contraposición del nacionalismo burgués, sin que signifique un descuido del amor del proletariado por su patria, al verla liberada de la opresión que impone el sistema capitalista, sin tolerar el desprecio por ningún pueblo, que en lugar de dividir al proletariado y a los trabajadores en naciones generalice sus luchas de manera internacional.

 

¡Unidad de Todo el Pueblo por la Emancipación Proletaria!

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