Dignidad laboral. Baluarte a preservar

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Lo digo de frentón: los trabajadores no deben renunciar a su dignidad a pretexto de la crisis económica y política que afronta el país en toda su institucionalidad. Tampoco pueden estar sujetos a la volatilidad emocional de sus superiores, quienes en algunos casos normalizaron la verbalización de la violencia como rutina cotidiana de relacionamiento, pero también de discriminación entre una elite intelectual y sus simples operarios, quienes habitan a la sombra del anonimato laboral.

Una cosa es cierta: la dignidad no puede ni debe estar por debajo de la necesidad. No obstante, la realidad es otra: trabajadores maltratados que guardan silencio por miedo a ser despedidos; tele-trabajadores que han permitido el ingreso de la violencia a sus hogares con gritos, sátiras y analogías ofensivas en cada reunión virtual, situación que materializa y traslada los agravios de oficina al mundo abstracto de la digitalidad. Lo cual anula cualquier línea de frontera entre lo público y lo privado, entre la humillación y la dignidad, entre el trabajo y la casa, convertida esta última en una suerte de panóptico moderno resguardado por patronos de distinta estirpe, aunque todos con alma de celadores.

Ahora ya no hay tiempo para dilucidaciones existenciales, mucho menos para conservar intacta la temporalidad familiar. La esquizofrenia laboral de la nueva normalidad anuló por completo a los trabajadores como sujetos sociales e institucionalizó un nuevo sistema de control social y físico hacia sus cuerpos, amparado en el uso enfermizo de la tecnología y la digitalidad. El resultado salta a la vista: trabajadores agobiados y hostigados, aniquilados en su autoestima – “quemados” – con patologías físicas y psicológicas que vulneran cualquier norma básica de salud ocupacional por la sobrecarga de actividades. Aceptar esto es reconocer que el desempleo puede ser un perjuicio mayor a la humillación, en un país que no garantiza el derecho al trabajo, ni saca de sus entrañas las lógicas semi-esclavistas y feudales del relacionamiento laboral.

Frente a esta realidad cabe preguntarse: ¿Dónde quedan las libertades que pregona la democracia de espectáculo? ¿Y los derechos laborales? ¿Se pueden concebir como hasta ahora? ¿Sin respeto? ¿En qué medida la relación dispareja entre dignidad y necesidad es aprovechada por los empleadores que a sabiendas de la crisis económica y la falta de empleo abusan de sus trabajadores explotándolos y ofendiéndolos? La libertad de pensamiento, el derecho al respeto, a la vida privada y familiar, son añorados y valorados por quienes exigen un mínimo de consideración a su dignidad. Principio sin el cual toda prédica sobre derechos, libertades y democracia queda en nada.

Alfredo Espinosa Rodriguez
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