Democracia interna. ¿Ilusión o realidad en los partidos políticos ecuatorianos?

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Los sistemas de partidos no son ajenos a problemáticas nacionales como la corrupción, el populismo, el clientelismo, los autoritarismos de izquierda y derecha, los slogans de cuatro palabras convertidos en programas políticos y, desde luego, la construcción de un modelo de democracia interna que supere el artificio electoral de la componenda casa adentro. Todo esto enmarcado en un ámbito mayor, la modernización de la política, una aspiración –hasta la fecha- inconclusa en el Ecuador desde 1979.

En lo que respecta específicamente al ejercicio de la democracia interna de los partidos políticos, cabe preguntarse, ¿hasta qué punto estas organizaciones son democráticas dentro de sus propias filas? Para resolver esta interrogante se debe considerar que la democracia interna responde a la necesidad de luchar contra la conformación de oligarquías y cacicazgos (de distintos matices ideológicos), cuyos idearios y estructuras organizativas y de pensamiento pueden permanecer anquilosados a la sombra del viejo partido unidimensional y dogmático; incluso si sus dirigentes reiteran, de manera cansina, su renovación (etaria).

Por ello, no se puede hablar de democracia interna sin que exista libertad de expresión entre todos los integrantes de una organización política; así como la posibilidad real de aspirar y competir (en igualdad de condiciones y bajo parámetros de transparencia electoral) por los puestos directivos del partido; tampoco se puede aludir a la democracia interna si no existe control y fiscalización al manejo de los recursos que recibe una organización y a las inversiones que esta realiza en la capacitación de su propia militancia y en las campañas electorales de sus candidatos; finalmente, sin la participación activa y real de la militancia en la toma de decisiones, la democracia interna de un partido no es más que un acto ficcional y publicitario.

Todo lo expuesto se sintetiza en una realidad: los partidos políticos ya no pueden concebirse a sí mismos como grupos homogéneos de élites patriarcales y verdades unidimensionales, cuya mirada utilitaria tiende a reducir la democracia interna al mero ejercicio electoral.  

La homogeneidad a ultranza en los partidos políticos se convierte en el medidor de fidelidad hacia su élite gobernante, la cual se legitima en el poder –de manera casi general- a través de la informalidad de la toma de decisiones tras bastidores o por debajo del tapete. En este caso, el partido dejó de ser (en términos reales) una agregación política de diversos para convertirse en la transfiguración de un individuo o grupo particular que en nombre de la mayoría de afiliados y adherentes, toma decisiones sin que exista un debate profundo y una participación auténtica de las bases, más allá de su formal concurrencia a reuniones, convenciones y grupos de discusión (incluso digitales).

La actual transición que vive el Ecuador –cuya balanza se inclina hacia la derecha y centro derecha-, con su fragmentado, desprestigiado y limitado sistema de partidos no puede dar cabida a una nueva sacramentalidad de los rituales “participativos”, tal y como se vivió en la década perdida del correísmo, por ejemplo, con los Enlaces Ciudadanos. Por el contrario, el acercamiento entre las dirigencias y las bases de los partidos tiene que darse en términos de descentralización y respeto a las identidades y diversidades de sus militantes en cada localidad, sin que esto implique llevar la política del “reparto y de la oferta y la demanda” a territorio.

Asimismo, una mirada reduccionista y a la vez convenida de la democracia interna la limita únicamente a los procesos electorales. Por tradición, las elecciones casa adentro de los partidos se deciden –en buena medida- a través de la delegación de candidatos por parte de la alta dirigencia de la organización política o el dictamen unánime del dueño del partido. Es decir, la dirigencia o el dueño proponen mientras las bases apoyan en una elección sin contendores; tal y como ocurrió con Rafael Correa quien no tuvo un adversario que disputara con él –al interior de Alianza País- su candidatura a la Presidencia de la República. Lo cual, legitimó a Correa como caudillo de su movimiento y del país.

En Ecuador, el ejercicio más ampliamente conocido de democracia interna fue la elección preliminar de candidatos en el año 1988, en el partido Izquierda Democrática, donde Rodrigo Borja y Raúl Baca Carbo, disputaron en elecciones primarias cerradas (con la participación exclusiva de sus afiliados) la candidatura de la ID a la Presidencia de la República. Los resultados dieron el triunfo a Borja, reconocido también por Baca, pero además permitieron que el partido naranja no se fraccione.

Han pasado ya tres décadas de aquello y todavía el país no vive un ejercicio de igual o similar magnitud, en donde las elecciones primarias de un partido generen debate nacional por las tendencias y propuestas de sus candidatos. ¿Dónde están las propuestas de campaña de los candidatos y sus listas? ¿Cuáles son sus espacios de visibilidad mediática? ¿Cuál fue el papel de las bases en la construcción de las propuestas, solo el de dar ideas para que la dirigencia las capte y ejecute, o exponerlas y apropiarse de ellas al interior del partido para su ejecución? En lugar de reflexionar y responder a estas y otras inquietudes, las organizaciones políticas han preferido ser vistas como un todo monolítico, en donde la sola presencia de facciones es penalizada con los apelativos de la deslealtad y el particularismo, proferidos por una élite dirigencial “dueña de la verdad y del partido”.

Incluso los mismos procesos de selección de candidatos para elecciones internas y externas irrumpen con uno de los principios de la democracia interna: la presencia en listas de nuevas figuras políticas (no solo en términos etarios, de género, discapacidad y éticos) formadas en las filas de los partidos, no para cargar banderas o levantar consignas en favor de los viejos patriarcas de la política; sino para integrar los espacios de la intelectualidad, la estructura orgánica y la visibilidad mediática.

Por todo lo expuesto, queda claro que los partidos políticos deben re-pensarse en términos de democracia interna para que no continúen aludiendo, bajo esa categoría, al espejismo que viven dentro de sus estructuras organizativas. Cada militante o afiliado será –a fin de cuentas- quien evalúe qué tan democrática es su organización política al igual que los ciudadanos que deseen incursionar en ellas.

Alfredo Espinosa Rodriguez

Magíster en Estudios Latinoamericanos, mención Política y Cultura. Licenciado en Comunicación Social. Analista en temas de comunicación y política.
Alfredo Espinosa Rodriguez