A propósito de escudos

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Hoy ha sido el día del escudo nacional y, como si no fuera suficiente con que le toque rivalizar con el Halloween y el día del veterinario, ahora resulta que, el mismo Estado que le rinde homenaje se anda peleando directamente con uno de los primos hermanos del símbolo patrio: el que pertenece a la guardia indígena, porque resulta que es sospechoso de ser instrumento de la insurgencia.

Revisando la historia, no existe pueblo que no haya utilizado escudos en algún momento, los restos arqueológicos más antiguos encontrados hablan de que en el siglo III a. n. e. Los sumerios ya utilizaban elaborados escudos de madera, pero, los expertos ubican su origen, más o menos a la par del surgimiento de las armas, y, posiblemente, fue casual, cuando, en medio de los encuentros y combates de los primeros seres humanos, alguien encontró algo con que cubrirse de armas como lanzas y proyectiles como piedras.

La utilidad obvia, se complementaba con la diversidad de armas y materiales con los que se elaboraban, así, desde los helvecios que hacían escudos de paja (más o menos como hacerlos de cartón), pasando por los tarjas y sculum romanos hechos de cobre, hasta los escudos medievales y los que usan -en la actualidad- las unidades antimotines y las fuerzas especiales, el principio de protegerse de un ataque de cerca o de lejos, no ha variado. Una consideración adicional: Como, en el terreno, no sólo se puede andar recibiendo golpes, sino que, también hay que darlos, los escudos se diseñaron para ser usados con una mano, para, con la otra, tener con qué devolver el golpe.

Este instrumento, en occidente, poco a poco fue quedando en desuso para la guerra, cuando aparecieron las armas de fuego y la pólvora, contra las que ya no era eficiente. Su utilización se ha mantenido en sociedades con sistemas tribales de África y Oceanía y, también como elemento ritual y de defensa en varios pueblos indígenas de América. De ahí que, frente a la lluvia de bombas lacrimógenas, cartuchos de perdigones, granadas de perdigones y hasta piedras (algunos policías cómo que querían recordar su época de estudiantes), como es natural, empezaron a asomar, primero, algunos objetos improvisados, luego, escudos de madera y, finalmente, como todos eran insuficientes, a alguien se le ocurrió hacer unos más reforzados.

De ser un arma de guerra, desde la época de los imperios antiguos, se fue volviendo, además, en un recurso identitario, costumbre que se extendió durante el medioevo, donde el “escudo de armas” representaba clanes, familias, feudos, reinos, etc. Y, como muchas cosas, los Estados modernos heredaron esa costumbre y, por eso, nosotros también tenemos las dos variedades de escudos: El escudo de armas que se volvió símbolo patrio y, el escudo que usan la policía y el ejército. Pero, como nuestro pueblo es buen observador y avispado, viendo los hermosos escudos, financiados con nuestros impuestos, adornados con frases como “soy policía y también hijo” (sin precisar hijo de qué), también se animaron a armar sus propios escudos, por esa maldita costumbre que tiene la gente de no querer que le abran la cabeza o le saquen un ojo de un bombazo.

Para cubrirse de armas arrojadas o blandidas, ni los primeros pueblos, ni los actuales luchadores populares necesitaron entrenamiento especializado, ni cursos de guerrillas, ni instructores libaneses, cubanos, venezolanos. Basta con tener buen ojo para verle a nuestra bien entrenada policía, sentido común como cuando se usa paraguas para no mojarse, sumados a unas ganas locas de vivir y luchar por nuestros derechos. Por eso, ¡Qué viva el día del escudo, ¡qué vivan los escudos!

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