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Por: Diego Velasco Andrade.

Fotos: El Comercio, Nodo 50

II

 

DE LOS REDUCTORES DE CABEZAS Y

LA IRRUPCIÓN DEL POETA POLÍTICO

 

 

Son los años 60: la sociedad ecuatoriana, había agotado sus posibilidades de respuesta a un mundo en plena reverberación. En el mundillo literario local, algunos representantes de la magnífica literatura realista de los años 30, habían trocado sus plumas beligerantes por los mullidos sillones de instituciones oficiales y por el cóctel y el aperitivo diplomático, en ciertas embajadas.

 

El ambiente cultural del Quito de entonces, estaba sumido en el marasmo de elogios mutuos entre los “aristócratas personajes” de una literatura pretendidamente culta, mas “ingenuamente provinciana”, que pretendía eludir entre bocadillos y cócteles, su responsabilidad política y social, difundiendo a los cuatro vientos la imagen del escritor románticón y sensiblero, con un delicado tonito nerudiano, mal aprendido y peor, muy mal asimilado.

 

Sin embargo, la Revolución Cubana ocurrida en 1959, había constituido un golpe a la conciencia latinoamericana, no solo en el nivel de las concepciones políticas y sus prácticas,  sino también dentro de los procesos artísticos y culturales. Así pues, las corrientes vanguardistas de la época, pretendían encomendar a la literatura, que se constituyese en clave y pivote, de una conciencia beligerante y que aportase a la transformación de “la realidad social”.

 

A inicios de los sesenta,  se constituye  en Quito el movimiento Tzántzico (reductor de cabezas) que surge con la intención de buscar  “una voz nueva”, “un hablar verdadero” del poeta humano y del artista y, constituirse también en una vanguardia provocadora hacia nuevos derroteros de una “poética ecuatorial”. Son ellos quienes editan desde 1962 hasta 1969, la Revista Pucuna, con cubiertas negras en formato libreta y en papel periódico, distribuidas en insólitos y teatrales actos de difusión masiva en aulas universitarias y sindicatos, donde los tzántizicos parodiaban y provocaban a aquellos otros sus rivales del grupo Caminos, retratados caricaturescamente vestidos de frac, misal de curita y corbatín de académico.

 

 

 

Alfonso Murriagui, al igual que otros jóvenes escritores del movimiento tzántzico, sienten que la literatura elitista en decadencia, no cumple con sus expectativas e irrumpe en la escena artística ecuatoriana, haciendo parte de una joven intelectualidad quiteña, que se inquieta  y se rebela  frente a aquel medio conventual, pacato y provinciano; posicionando desde entonces su imagen de escritor político y polémico; asumiendo su responsabilidad generacional y desarrollando a partir de entonces, una obra relativamente poco difundida y convenientemente oculta por el sistema y los leales voceros del “desencuentro” y del “desencanto”, mas tercamente imaginada, escrita y re-escrita y cien mil veces meditada, antes de su publicación.

 

Así, en la punta de los dardos envenenados de Pucuna, podemos rastrear ya la voluntad de Alfonso Murriagui, escribiendo sus primeros cuentos y poemas políticos y aportando con su madurez al surgimiento de nuevas voces poéticas, que en aquellas legendarias páginas conversan, interpelan e imprecan al escritor oficial y al sistema que lo engendra y mantiene. Alfonso Murriagui hace parte desde entonces con Ulises Estrella, Euler Granda, Rafael  Larrea Insuasti, Raúl Arias, Humberto Vinueza y Marco Muñoz Velasco, de la generación poética de los sesenta en Quito, e intervine como fogoso activador del movimiento tzántzico, aportando con su voz al coro de otras voces nuevas en el ensayo, como aquellas de Agustín Cueva, Bolívar Echeverría, Fernando Tinajero, José Ron, entre otros.

Para entonces una poética revolucionaria florece en su mente; la política y la izquierda han entrado irremediablemente en su vida, es elegido Vicepresidente de la Asociación de escritores Jóvenes del Ecuador en 1965 y con los primeros y vitales tzántzicos dice: “Mirar a nuestro pueblo, y no hacer nada por él, es reconocer, que nacimos castrados, y que moriremos vendidos, amén.”

 

Así, Alfonso Murriagui, es el primer poeta tzántzico en publicar un libro personal: el “33 Abajo”, que fue editado en 1966, en la Editorial de la Universidad Central. En aquella obra ya aparece el germen de su poesía comunicante, antipoética y mordaz, sarcástica con el sistema, y con quienes estaban (y aún siguen estando) en el poder y que lo defienden. Asumiendo la voz poética del “nosotros” hace parte del todo, de la masa, de “los de abajo”, no de las minorías ni de las elites; así el libro empieza con una imprecación: “Somos hartos los que estamos HARTOS”.

 

..“Empiezo aquí

con 33 abajo;

golpe de puño abajo,

abajo con mi grito,

abajo, abajo.

 

Comienzo aquí,

precisamente abajo,

grito y saliva

abajo,

con 33 caminos

hacia abajo

y muchos por delante

siempre abajo.

 

Sangre creciendo

abajo,

hijos en mí

con mi presencia abajo

y aquí clavado

con mi sueño abajo,

siempre hacia mí

pero hacia abajo,

abajo”..

 

 

El 33 que invoca el poeta,  tiene un sentido crístico y a la vez cabalístico, la poesía es sonora, vigorosa y predispuesta al recital; al efecto dramático, al provocador  acto público tzántzico;  la poesía no se contiene en los libros de poesía, lo que importa es la poiesis, la emoción estética y empatía entre el poeta y un espectador bien despierto y no aquella del príncipe y la “bella durmiente” de una poética enclaustrada en torres y cenáculos; porque por primera vez en nuestro medio: “los poetas han bajado del olimpo” como quisiera Nicanor Parra y “la poesía está en las calles”, como dirían más tarde, esos locos anarquistas de “mayo del 68”; de este modo y concientemente el poeta sabe y escribe que “Hay que escribir, lo sé, dientes afuera”…“33 abajo”:

 

 “El 33 me sale fatalista:

pies rajados, venid;

manos difuntas,

hambre y dientes

venid;

grito y sueños,

venid, venid

si al fin somos los mismos;

hueso y putrefacción,

igual, lo mismo;

tripa y banquete

igual,

igual, lo mismo”.

 

“Yo escribí 33

eso es mi vida,

cristo decapitado

ausente cristo;

33 para mí

ausente y mío,

cristo de los demás,

dios derrotado”…

 

 

 “Yo el deshabitado,

muro de cal al viento

y piel entumecida;

yo el de abajo,

con humo en las costillas

y el silencio en los ojos

desafiando”…

 

“Yo el de abajo:

sexo, nariz y pelo;

yo el que viene,

sin domingo de ramos

y sin viernes.

soy el nuevo,

nuevo yo, nuevos vosotros,

nuevos todos y libres

para la inhumación de la miseria”

… “soy vosotros:

contrabandistas,  marineros,

nodrizas que amamantan

hijos ajenos”

 

.”.los de abajo,

los que no han renunciado a nada

aunque  les han quitado todo;

los que en puntillas duermen,

los que agitados

dan vueltas en el aire

y se sumergen

tranquilos en la noche

 

En el silencio vienen:

bautizan a sus hijos,

dudan de dios

y en cada mano tienen

cinco angustiados gritos,

y ríos desbordados,

y continentes limpios,

y libertad y sueños.

 

Son los de abajo;

vienen

incontenibles, presurosos.

Abridles paso,

su voz se riega por las calles

y sus ojos

dialogan con la vida.

 

Abridles paso,

que regresan, que van,

que a veces mueren”..

 

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Las Casas Oe3-128 (entre América y Antonio de Ulloa)

Quito-Ecuador

ISSN 1390-6038

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