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Por: Rubén Espinosa Galarza

Fotografía: Agencias, Archivo

Ser sudaca y “vivir para contarla”

 

Sudaca es un término peyorativo que usan los europeos para referirse a los que somos de este lado del mundo. Muchos tomaron el término sudaca como un signo de resistencia y de orgullo.  Ser sudaca en este tiempo ya no es sinónimo de mano de obra barata, como sí lo fuimos a inicios de este siglo en algunos países de Europa, pero ahora compramos “pisos”, casas, autos, usamos sus escuelas y colegios para nuestros niños ‘sudacaseuropeos’.

 

Nosotros tenemos una capacidad de adaptarnos y vivir en otros lados, aunque nuestro corazón esté bajo este cielo patrio que fue testigo de los dolores y fracasos, de las alegrías y las euforias, a pesar que nuestro aspecto físico haya cambiado un poco o nuestro acento diga palabras como “ostia” “tío” “joder”, el cariño al país o este caso a Sudamérica no se lo puede esconder.

 

No es que nos guste ir por el mundo trabajando en lo que sea, lo que pasa, les voy a explicar: es que por culpa de unos cuántos banqueros y políticos corruptos se lo llevaron todo, todito, toditito, tooodooo, con la complicidad de las autoridades de ese tiempo nos tocó migrar a otras tierras. Tuvimos que sacarnos una visa de turismo y ‘hacer de mentir’ “no nos vamos a quedar”, para ir a ganar más dinero para mantener a la familia. Lástima, muchas familias desintegradas, él o la hermana mayor se hizo de papá o mamá, los menores quedaron en el mejor de los casos a cargo de las abuelas o tías, en otros con vecinas y amigos. Según las estadísticas cerca de tres millones de ecuatorianos dejaron el país para ir a trabajar a España, Italia, Inglaterra, Alemania, entre otros puntos de Europa y por supuesto Estados Unidos.

 

 

¿Pero cómo nos vemos nosotros queridos sudacas?

 

Nos falta mucho panas… no es una crítica a la historia, a la muerte o a los problemas sociales, pero nuestra falta de lectura, arte y resiliencia, o lo más complejo es que los medios de comunicación y uno que otro político nos hizo que normalizáramos  la violencia, como si ya fuera parte de la cotidianidad.

 

Para nunca olvidarlo que en pleno mundial de fútbol Rusia 2018 llegaron los cuerpos de Javier, Paúl y Efraín, equipo periodístico de diario El Comercio que fue secuestrado y posteriormente asesinado por grupos irregulares de Colombia cuando cumplían con su trabajo en San Lorenzo, provincia de Esmeraldas.

 

Tenemos una hermana, llamada Colombia, que es una patria hermosa, que tuve la oportunidad de visitarla varias veces, que crucé sus cordilleras en bus, pero lastimosamente es víctima de la violencia.

 

En la violencia Colombia existe mucho más antes de que yo tenga uso de razón, como resultado  está que nuestro país acogió a miles de refugiados, entre ellos, personas que perdieron todo, sus tierras, animales, seres queridos. Pero están también los que perdieron una de sus extremidades, como piernas, brazos, por culpa de la minas antipersonales que fueron ubicados en los caseríos y haciendas, por las disputas entre la guerrilla, los paramilitares y ejercito. “Existieron 2.368 accidentes, que han dejado 1.520 víctimas entre ellas cerca de 200 niños, quedaron condenadas a soportar durante el resto de sus vidas los traumas físicos y psicológicos más crueles: órganos cercenados, parálisis, rostros deformados por las quemaduras, cicatrices atroces, ojos descuajados, pánico, depresión, irritabilidad, derrumbe de la autoestima”.

 

Gran parte de las víctimas de amputaciones fueron campesinos que trabajaban sembrando tabaco, café o alguna fruta que se de en el lugar, posteriormente los amputados se convirtieron en mendigos en las grandes metrópolis como Bogotá, Medellín, Cali o Barranquilla. Uno de los problemas es la falta de presencia del Estado colombiano que no les permitió el acceso a la educación, con ello las personas son vulnerables y fácilmente manipulables. Las  familias que viven en lugares de conflicto son analfabetas, incluso no sabían cuál era el brazo derecho o izquierdo.

 

 

 

Cómo no sentir dolor por ellos porque cuando eran víctimas de una mina eran sacados a lomo de mula al dispensario más cercano, que por cierto carecía de los implementos, cómo no sentir dolor por las personas que dejaron su vida, la tierra a los suyos, por el miedo a que otro familiar le pase lo mismo. Cuando alguien regresa a casa se topa con la realidad que sus bienes ya los ocupan otros, sea guerrilla, paramilitar o narco para la siembra de la coca (como dicen de manera graciosa los ‘paisas’, “material de exportación”).  Existen planes de desminar las zonas, pero es un mito, porque los grupos irregulares siguen teniendo ese armamento, incluso cuando fueron a recuperar los cuerpos de Paúl, Efraín y  Javier, encontraron minas  alrededor de donde fueron enterrados, según el reporte policial y militar. ¿Cómo olvidar esa violencia?, las víctimas siguen siendo los pobres, los humildes, los que no tienen nada que ver en el conflicto, como lo fueron Katty y Oscar, oriundos de Santo Domingo de los Tsáchilas, que fueron por temas de trabajo y de turismo a Esmeraldas y que regresaron de Colombia en ataúdes, igual en completo estado de putrefacción. Eso también es mutilar, cortar, abandonar. ¿Qué hicieron las autoridades de ambos países? Necesitamos respuesta que nadie nos da. Cierto ya nos dieron, cada quien culpa a otra y siguen jugando con el dolor de los familiares.

 

Pasamos de una violencia entre grupos armados irregulares a la violencia de Estado, cuando en documentos oficiales tiempo después conoció que el Gobierno de Estados Unidos con su brazo ejecutor la CIA (Central Intelligence Agency) colocó gobiernos militares para transformarse en las dictaduras más sangrientas en nuestro cono sur, como lo vivió Argentina.

 

 

La dictadura de Jorge Rafael Videla en la república Argentina, me recuerda  que mientras se gritaba “Argentina campeón” en el estadio Monumental, se  violaba, torturaba y asesinaba estudiantes a pocas cuadras de allí.   La FIFA (el gran ladrón del fútbol mundial, no lo digo yo, lo dicen las encuestas) afirmaba mediante comunicados de prensa que  “Argentina vivía en democracia y que no hay dictadura”, -aplausos diría yo-.

 

Ser sudaca también es la resistencia, el coraje, unión y compañerismo por el mismo dolor, años más tardes las madres y las abuelas de la Plaza de Mayo dieron su vos de protesta por los miles de jóvenes estudiantes desaparecidos, porque pocos regresaron a casa después que se los llevaron a centros de torturas, donde fueron asesinados y colocados en fosas comunes ubicados en lugares incluso inaccesibles en ciudades como Córdova, Buenos Aires y Rosario.

 

Después de la vuelta a la democracia (para mi gusto, no es que sea lo mejor) y gracias a esa presión de las organizaciones sociales se pudo consolidar un grupo de estudiantes universitarios y comandados por un “gringo” para que realice un trabajo complejo que es descubrir cadáveres en fosas comunes. Se convirtieron en el primer equipo forense de ese país y ellos se encargaban de sacar los cuerpos, tomar muestras de su ADN de los cadáveres y comprobar si era compatible con algún familiar de un desaparecido. En algunos casos eran restos, pero aun así los familiares sentían alivio al saber que su ser querido estaba ahí, que era ella o él, que era Juan, María o José. Lo más conmovedor era ver a una madre dar un beso en los cráneos de quienes fueron sus hijos.

 

 

 

Ahora nos pasamos al otro extremo, ser sudaca, también es cantar y vivir al máximo, como el ‘viejo Mile’, creador de cientos de canciones de vallenato, que decía: “a mí el ron me gusta tanto, que nunca lo combino con comida, para no dañarlo”, un personaje  pintoresco de la costa colombiana, que llevó a la fama por sus versos que le salía del corazón y de la memoria de sus vivencias.

 

Este ‘viejo Mile’ que no recibió nunca clases de música tocaba el acordeón como los mismos dioses, mantuvo en vigencia una parte fundamental de ser sudaca, que es la cultura oral. Es hablar de las historias de los vivos, de los muertos, de las injusticias y de las luchas, por un mundo más accesible para todos y cómo mantener viva la cultura a ritmo con música de los versos, “sin mayor esfuerzo”.

 

Esto es una parte de ser sudacas, de sufrir desde conflictos armados, dictaduras militares, discriminación y reírse de sus vivencias a ritmo de los tambores, cuidados por los santos y los brujos. Estos sudacas somos fuertes a pesar de los problemas, nos la buscamos para vivir, o en algunos casos para sobrevivir.

 

Esta tierra disfruta de los mejores amaneceres en los andes y las hermosas puestas de sol en la playa. Soy sudaca, parte de esta gran región, no le temo al cambio, porque así soy, como lo diría don Mile, donde hay un trago, ahí voy.

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Las Casas Oe3-128 (entre América y Antonio de Ulloa)

Quito-Ecuador

ISSN 1390-6038

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