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Por: Alfredo Pérez Bermúdez

Fotografía: Archivo

¿Se repetirá la historia?

 

La sociedad es la historiadora, yo solo soy su secretario.

 

Honoré de Balzac

 

La sentencia de C. Marx, de que la historia se repite dos veces, la primera como tragedia, la segunda como farsa, parece acercarse a la realidad del Ecuador del presente siglo. El giro narrativo es que en nuestro caso no es tragedia por farsa, sino tragedia por tragedia; aseveración que se sustenta en los muchos desencuentros que llevaron al país al borde del colapso y su desaparición discutida y hasta ensayada en varios eventos políticos antes, durante y después de conformada la República.

 

La Constitución de 1830, como el hito de legitimación jurídico/política del Estado ciudadano, dejó sentadas las bases de la desconfianza y el sentido de fracaso social de los ecuatorianos, solo cubierto por la manipulación de la masa subsumida en un histórico palimpsesto cultural que perdura 200 años, tiempo en que la farsa fue la comidilla de su cotidianidad política y la tragedia la estrategia del conquistador para heredar su conquista, en cuyo ámbito aun se ocultan los verdaderos hacedores del caos, cual indigna imagen de la Madre Coraje del Teatro de Bertolt Brecht sacando ventajas económicas del dolor humano e inmovilizando la conciencia para afrontar la desgracia social.

 

 

Parafraseando a Carl. G. Jung (1968), se diría que el Ecuador de hoy se encuentra en uno de sus más encumbrados caos y desencuentros, ya que su “sintomatología psicopática se ha extendido como nunca en los acontecimientos políticos” de los últimos 11 años, pues se ha querido cambiar el mapa con una falsa revolución, tal cual los acontecimientos de 1941 en que tuvimos que afrontar los designios de ser ricos en Petróleo.

 

Dicha “sintomatología” fue y es visible cuando la Revolución Ciudadana del socialismo del Siglo XXI puso en pie a todo el Ecuador y dio el espectáculo de un cambio al estatuto ontológico del país, mediante la instauración de un moderno Estado de Propaganda, en que un Salvador aparecía en la Av. de los Shyris en Quito-Ecuador, figurando el Dionisio de Grecia (excitante patrón del teatro), el Wotan de Alemania o el Cristo que más que de Nazaret fue de Nicea en el 325 después de su supuesta muerte.

 

De modo que la pscicologización del ambiente nacional, mediante dicho Estado, creo la inevitable escenificación de la posesión divina de El Salvador, cuya imagen en cada bandera verdeflex llevaba a un galán que nos liberaría de las cadenas opresoras. Fue el arquetipo del hombre-fiera, el caminante, el luchador, el dios del deseo y el amor, el señor de los muertos, de los guerreros, conocedor de lo oculto, mago y dios de los seguidores, el declarador de nuestros destinos, el dios de la tormenta liberadora (sigo parafraseando a Jung).

 

 

Pero tal escenificación tampoco fue afrodita. Una vez instaurado en la administración del Estado, el régimen de la Revolución Ciudadana tuvo en sus eslabones burocráticos (militantes) las unidades que harían de éste la acumulación de todas la nulidades que Jung (1968) arguye al Estado totalitario, pues multiplicaron aquella conducta salvadora, creando micropoderes satélites comparables a los momentos más dramáticos y desgraciados de nuestra historia, pues en estos micropoderes la política ya no fue el servicio a la comunidad sino la base principal de toda subjetividad: toda disensión al régimen fue considerado errado, irresponsable, una traición a la Patria, digna de delación; fue ¡TERRORISMO!.

 

La autarquía de tal gobierno, fue una realidad suprapersonal, en que todo fue único. Un unicismo que hizo perder incluso la personalidad anterior de sus conspicuos adláteres encumbrados en el poder y de aquellos ingenuos de la calle que llevaron místicamente en andas la verdeflex como el símbolo del Supremo, sin saber que con aquellos gestos aportaban a suplantar la función del Estado por la misión seductora de Gran Salvador de la Patria; de manera que la convicción de un líder único se convirtió fácilmente en su autoseguridad, como un sentido de la vida revolucionaria.

 

 

“Yo cargo con la responsabilidad” fue el enunciado de una neurosis en que el Titán ecuatoriano conquistaba el Olimpo equinoccial, consumando el placer del poder y el reparto de los bienes del Estado vía obra pública y la supuesta felicidad pública (el Buen vivir) que convirtió a su base política en rebaño, quienes esperaron y esperan que su pastor les conduzca a buenos pastos.

 

Que la historia se repite dos veces, la primera como tragedia, la segunda como farsa, me parece relativo, porque la farsa, suena a teatro, a sainete, lo que livianamente puede ser imputable a los momentos cumbres de la partidocracia, pero no a la actual tragedia que vive el Ecuador. Valga haciendo alusión a dicha repetición, lo que en 1946 decía Carl Jung de la Alemania hitleriana, entre muchos otros símiles:

 

“No fue grato contemplar cómo toda Alemania respiró aliviada, cuando un demente psicópata dijo: “yo cargo con la responsabilidad” […]. Todos los indicios patológicos, la total ceguera para el propio carácter, le erótica autoadmiración y autodisimulo, la depreciación y aterrorizamiento de los demás […], la proyección de la propia sombra, la falsificación engañosa de la realidad, el querer impresionar e imponerse, la fanfarronería y el engaño se dan la mano en aquel hombre que fue dictaminado clínicamente como un histérico y al que el destino extravagante ha convertido, durante 12 años, en el exponente político, moral y religioso de Alemania. ¿Puro azar?” (Jung, 1968: 103).

 

¿Se repetirá la historia en el centro equinoccial de Sudamérica?... ¿Advertencia o fantasía de un mal lector que cree como Balzac ser un circunstancial secretario de la historia presente?. Recordemos que el führer fue encarcelado en cuya corta estadía escribió su Mein Kampf, obteniendo luego un gran apoyo popular al amparo de su discurso histriónico racista y del Estado de Propaganda Nazi cargado de alto simbolismo.

 

REFERENCIA BIBLIOGRÁFICA.

 

Jung C. (1968). Consideraciones sobre la historia actual. Ediciones Guadarrama

 

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Las Casas Oe3-128 (entre América y Antonio de Ulloa)

Quito-Ecuador

ISSN 1390-6038

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