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Por: Marco Villaruel

Fotografía: Agencias

 Los acuerdos de paz ¿Una capitulación de las FARC?

 

La implantación del capitalismo en América Latina luego de los procesos independentistas encabezados por las burguesías emergentes y en formación, fueron lentos y traumáticos.

 

Es decir que la inserción del modelo capitalista a través de la sobreexplotación de la fuerza de trabajo, la elaboración de plataformas jurídicas que legalicen el trabajo forzado y la explotación indiscriminada de materias primas, se vio acompañado por un indetenible proceso ideológico sustentado por la iglesia católica y los sistemas educativos.

 

Este modelo acumulativo experimentó muchas dificultades y sufrimientos, especialmente por la oposición de los pueblos. A lo largo de los siglos, la historia está llena de levantamientos, alzadas en armas, golpes de Estado, y tomas de tierras, que siempre fueron reprimidas por las fuerzas armadas, muchas veces con derramamiento de sangre.

 

Pero en el siglo XX, estos levantamientos populares tuvieron otro cariz por la influencia de la revolución bolchevique en la Rusia zarista, el avance del movimiento comunista internacional, el desate de dos guerras mundiales, el auge de los movimientos anticoloniales, la revolución cubana y el ejemplo del Che Guevara, convertido en el símbolo revolucionario de los movimientos insurreccionales.

 

Fue entonces que las organizaciones políticas de izquierda de América Latina avanzaron en su comprensión de la inviabilidad histórica del capitalismo y desarrollaron decenas de formas nuevas de lucha.

 

Pero el capitalismo nacional e internacional no solamente se opuso a los cambios sino que ajustó aún más sus formas de opresión económica, jurídica y cultural, regaron de sangre los campos y ciudades latinoamericanas y alentaron con este proceder la maximización de sus ganancias en todo el mundo. Una efectiva acción parte de las oligarquías locales fue la manipulación de los procesos electorales, así como la implantación de elecciones viciadas y de dictadores manipulables.

 

Mientras tanto la conciencia democrática y hasta la revolucionaria había crecido indeteniblemente a través de varias formas de lucha, especialmente, luego de procesos electorales viciados, manejados siempre con el visto bueno del gendarme internacional que en ese momento lo desempeñaba los Estados Unidos.

 

Hay muchos ejemplos, pero no nos ocuparemos de ellos sino exclusivamente del colombiano porque en los actuales momentos experimenta una importante y no menos polémica variación.

 

Efectivamente, a fines de los años 40 del siglo pasado y luego de sucesivas aventuras electorales y de la crisis de los partidos tradicionales (Liberal y Conservador), un sector alienta el magnicidio en la persona de Eliécer Gaitán quien al perfilarse como ganador sin pertenecer ya a ninguna de las élites políticas sino más bien alentado por algunos sectores populares y el propio Partido Comunista, es asesinado en Bogotá en abril de 1948, tras de lo cual aparece la lucha armada en las ciudades y especialmente en el campo.

 

Quienes se levantan en primera instancia son sectores liberales, disidentes apoyados por activistas de izquierda quienes creyeron ver en el lenguaje de las armas a la solución definitiva de la corrupción, desgobierno, y explotación.

 

Así se inicia formalmente esta guerra que durará cincuenta años y que no solamente fue la más larga, sino una de las más crueles.

 

En este marco, aparecen las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), de raíces campesinas y de largo historial en las montañas. Activan también el Ejército Popular de Liberación Nacional (primero con orientación maoísta), el Ejército de Liberación Nacional y el Movimiento M19, de orientación guevarista a través de la teoría del foco guerrillero.

 

Muchas veces las acciones armadas de estos grupos golpearon en el alma del sistema productivo colombiano, así fue como socavaron las bases organizativas de la iglesia, la educación, y del mismísimo tejido social.

 

Como toda guerra, ésta tuvo todas las características de violencia, muerte y sufrimiento de inocentes, estado de inseguridad y el origen de un estado mental de enfrentamiento fratricida. Se trataba de la reacción de un pueblo que se hallaba cansado de la violencia del Estado burgués, de la corrupción electoral, de la brutal violencia contra los campesinos, de la pobreza rampante y de la violencia en las ciudades, de un estado permanente de estafa social que creó una oligarquía industrial-agrícola, y de la repetición de eventos electorales amañados, corruptos, con reconocimiento oficial así como conocidos y tolerados por el Departamento de Estado de los EE.UU. de América. En este marco se produjo un virtual estado de guerra civil. Las FARC alcanzaron a dominar una buena parte del territorio colombiano y se estima que en el momento más alto de la contienda tenían 30 000 soldados en armas. El sistema de combate de las fuerzas insurgentes fue el de la guerra de guerrillas y se produjeron muy pocos enfrentamientos entre grandes contingentes militares. Durante más de treinta años fue el conflicto militar más agudo en América Latina.

 1984 El gobierno del presidente conservador Belisario Betancur y las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) firmaron en marzo el Acu

 

Repetidamente hubo intentos de negociaciones de paz que no prosperaron por las intenciones de doble fondo de los gobiernos liberales o conservadores de Colombia. Sin embargo, la situación de conflicto-sin-salida obligó a la oligarquía colombiana a buscar las negociaciones con la asistencia de personas, instituciones o países que tenían experiencia en casos de mediación. Para ello el imperialismo había ganado mucha experiencia en la fabricación de acuerdos de paz y abandono de armas en El Salvador y Guatemala, hasta llegar a desmantelar totalmente los ejércitos revolucionarios y confundirlos luego en inacabables y frustrantes aventuras electorales.

 

El contexto social se había tornado muy complejo por el empobrecimiento de las masas urbanas, la pobreza en el campo, la permanencia del estado de guerra no declarado, el papel creciente de las bandas criminales paramilitares, cuyas acciones comenzaban a comprometer a los países o gobiernos vecinos. Al iniciar las negociaciones patrocinadas por Juan Manuel Santos el comando internacional (EEUU-Colombia) preveía ganar la guerra a las FARC a partir de la implantación de un estado de sitio permanente, el paso abierto a los paramilitares para incrementar el terror a la población civil, el ajusticiamiento a los líderes populares, y el mantenimiento de un aparato judicial bastante controlado y atemorizado

 

Hay varios hechos singulares en esta guerra, desde la perspectiva del pensamiento progresista y revolucionario del Ecuador. El primero, y que acompañó a las dirigencias políticas, sociales y sindicales, así como a todo el pueblo, fue una enorme desinformación de los orígenes y propósitos de los movimientos en armas en Colombia, lo cual produjo poco apoyo y hasta resistencia, ya que las agencias noticiosas del imperialismo y de los gobiernos vecinos distorsionaron enormemente las etapas de la conflagración. No fue raro encontrar opiniones en contra de parte de muchos ecuatorianos, imbuidos como estaban de la más execrable propaganda contrarrevolucionaria. No existen documentos o pronunciamientos públicos o privados del respaldo de las fuerzas revolucionarias ecuatorianas al movimiento revolucionario de las FARC u otros grupos militares alzados en armas. A lo sumo, hay manifiestos rechazando la violencia oficial del Estado colombiano o de las fuerzas paramilitares. Oficialmente hubo cierta neutralidad y los casos de apoyo logístico habrían sido esporádicos. Otro elemento desestabilizador y contradictorio ha sido la acusación permanente de tráfico de drogas y de enrolamiento forzado de menores de edad a las filas insurgentes, violatorios de las Convenciones de Ginebra.

 

De su lado el ejército colombiano ha sido acusado de genocidio, tortura y aniquilamiento sistemático y progresivo (Falsos positivos) de insurgentes y de la población civil, apoyo a las bandas criminales de derecha denominadas Autodefensas Unidas de Colombia (AUC), que en realidad eran grupos financiados y auspiciadas por el Gobierno, las FFAA de Colombia, el gobierno de EEUU a través de la CIA, y que desarrollaron una cacería inhumana a quienes simpatizaban con los guerrilleros, tal como lo hicieran los Marines en Vietnam. Son estos grupos los que asesinaron a decenas de militantes y dirigentes de la  Unión Patriótica, organización a la que asesinaron a su dirigente y fuerte candidato a la presidencia.

 

Otro aspecto a destacarse fue el colaboracionismo con los gobiernos colombianos y de los EEUU por parte de los gobiernos ecuatorianos, incluso al punto de entregar información estratégica y detener en suelo nacional a guerrilleros, a pesar de estar heridos o encontrarse en actividades humanitarias. Lucio Gutiérrez entregó al comandante Simón Trinidad (preso ahora en EEUU), y los gobiernos de Palacio y Correa han sido puntuales y prolijos en detener y entregar a combatientes. Es contradictorio el papel de Rafael Correa que alguna vez dejó ver cierta simpatía por las FARC e incluso le llevó a prohijar a ecuatorianos que se entrenaron en Colombia y efectuaron golpes armados con víctimas humanas en el Ecuador, en el marco de una aparente política revolucionaria y antiimperialista, pero que en la práctica y a lo largo de siete años terminó adhiriéndose a las estrategias del Plan Colombia. La masacre de Angostura fue en realidad un acto de fuerza y amedrentamiento frente a la veleidades correístas.

 

Las negociaciones

Determinaciones del más alto nivel estratégico condujeron a las FARC  a reiniciar los procesos de negociaciones que habían fracasado en instancias anteriores. Es posible que el golpe de Angostura y la eliminación de otros dirigentes históricos hayan motivado esta decisión que implica desmovilizar a no menos de 15 000 hombres y mujeres en armas y proporcionarles instrumentos para vivir en zonas de paz.

 

 

Entre febrero y agosto del 2012 se oficializa el contacto entre las dos partes a efectos de conseguir primero el alto al fuego y luego de mucho tiempo y larguísimas negociaciones firmar un acuerdo de paz. Los primeros contactos se hicieron a través del gobierno noruego (que actuará como garante) y como sede para las negociaciones a la República de Cuba (también garante). "Los delegados del Gobierno de la República de Colombia (Gobierno Nacional) y de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia-Ejército del Pueblo (FARC-EP)”, son los nombres oficiales de las partes que inician las conversaciones con el rechazo de la derecha colombiana.

 

Las actuales negociaciones son al momento una necesidad estratégica. Los temas de fondo que se debaten y sobre los cuales ya hay algunos acuerdos son: Política de Desarrollo Rural Integral, Participación política, Fin del conflicto, Solución al problema de las drogas ilícitas, Identificación de las víctimas del conflicto armado, Mecanismos de refrendación y verificación de los acuerdos.

 

La supervivencia de la legitimidad de la guerra se resuelve con el acceso y uso de la tierra que fue la razón de los levantamientos armados hace más de cincuenta años. Con la formalización de la propiedad y varias medidas ampliatorias y complementarias el pueblo colombiano y latinoamericano espera que el cese al fuego y la suspensión de la guerra tengan su razón de ser. De los doce millones de campesinos del país más del 68 % viven en condiciones de pobreza y que cerca de 2.2 millones como indigentes, dice El País, de España.  No hacerlo sería visto como una derrota y más bien como una “salvadorización o guatemalización” del conflicto, países en los que se depusieron las armas y la propiedad y uso de la tierra quedó como antes, así como la vigencia de las garantías y derechos humanos.

 

No se habla de otras medidas de reforma del Estado, lo cual, es en sí una gran debilidad del proceso porque al quedar intactas las estructuras de control y dominio, sigue el sistema de explotación, corrupción, represión, y dependencia.

 

Como todos los ciudadanos, quienes combatieron por una patria nueva, tienen derecho al ejercicio de participar en la política, para lo cual el Gobierno y los garantes deben proporcionar los medios necesarios para hacerlo en condiciones de total seguridad. En igual sentido, las conversaciones se orientan a revisar la situación de las personas privadas de la libertad, así como la persecución a los grupos violentos y criminales que atentan contra los derechos humanos.

 

Los acuerdos buscan alentar la sustitución de cultivos de uso ilícito, así como el resarcimiento de los derechos humanos de las víctimas en el marco de un clima de verdad.

 

Para la verificación y refrendación se establecen numerales y protocolos usuales en estos casos.

 

Al momento haber llegado a la mesa de negociación, después de la feroz ofensiva militar y especialmente aérea del gobierno colombiano, que supuso la pérdida de importantes cuadros y militantes de las FARC, es una medida acertada en tanto y en cuanto la guerra fue salpicada con una campaña mediática continental que desacreditó y debilitó los objetivos insurreccionales. A lo largo de la historia, de la historia revolucionaria de los pueblos, hemos aprendido que hay retiradas estratégicas que han salvado miles de vidas y han servido para reorganizar las fuerzas y mejorar los estilos de trabajo. Las dimensiones monumentales de las guerras revolucionarias soviéticas, chinas, vietnamitas y hasta las que libraron los ejércitos independentistas latinoamericanos muestra numerosos ejemplos de estrategias de ofensiva y retirada. Parafraseando a Lenin podríamos decir que se trata de dar “un paso adelante, dos atrás” en la medida de que los resultados de las negociaciones traigan no solamente la paz sino una dirección revolucionaria de nuevo tipo que oriente nuevas formas de organización y lucha, sin que se sienta el peso del abandono de las armas y de los territorios liberados.

 

Las Casas Oe3-128 (entre América y Antonio de Ulloa)

Quito-Ecuador

ISSN 1390-6038

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