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Por: Edgar Isch

Fotografía: Agencias

La revuelta de los “chalecos amarillos” de Francia

 

 

Unos antecedentes

 

La crisis capitalista tiene expresiones sociales de mucha importancia en los países desarrollados e imperialistas, porque conducen a visibilizar la lucha de clases en la que cada vez más personas son las que, paulatinamente y de la manera más dura, van comprendiendo que una micro parte de la sociedad acumula la riqueza mientras crece continuamente el número de los que no tienen ni siquiera para garantizar sus alimentos.

 

Las respuestas sociales demuestran el grado de desconfianza en las estructuras políticas tradicionales, esto es principalmente en la derecha liberal y la socialdemocracia, gestoras de los “pactos sociales” surgidos en esos países tras la Segunda Guerra Mundial y que fueron burlados desde arriba a partir de la crisis capitalista de los años 80 y la imposición del neoliberalismo. Así, las fronteras entre esas fuerzas políticas se difuminaron y los socialdemócratas se convirtieron en ejecutores del neoliberalismo más rampante, mientras los viejos partidos denominados comunistas, pero de línea revisionista de los principios del marxismo, renunciarían  a ellos incluso de palabra, al grado que los dos más numerosos de Europa solo mantienen el nombre, como el francés que dejaría de usar la hoz y el martillo, y el de Italia, que implosionaría en múltiples pedazos de todo tipo.

 

En este ambiente, las demandas populares se han expresado masivas pero sin suficiente claridad política, lo que les expone a ser aprovechadas por fuerzas socialdemócratas que buscan sus raíces (como los Occupy Wall Street, en Nueva York), fuerzas socialdemócratas que poco se diferencian de las aplicadoras del neoliberalismo (como los indignados de España o en Grecia con Syriza y sus paquetazos impuestos por el Banco Mundial ) o impulsando en antipoliticismo que beneficia a la conservación del poder.

 

 

Los movimientos han sido aprovechados incluso por fuerzas, viejas o nuevas, de la extrema derecha que aprovechan para identificar la culpa en las instituciones europeas a las que oponen con nacionalismos, en los migrantes y en la pérdida de valores anticuados pero persistentes, alimentando una salida de los sectores más reaccionarios y violentos de las clases dominantes asustadas ante la emergencia popular en las calles.

 

Las fuerzas realmente revolucionarias deben superar décadas de confusión y de un anticomunismo insertado a través de todos los medios de comunicación y educación, que promovieron el individualismo al máximo nivel. Las mentiras históricas y la emergencia de modas intelectuales que plantean soluciones teóricas de corta duración, han pesado en medio de un debilitamiento de los organismos sindicales y populares. Sin embargo, esas fuerzas se muestran como la corriente más esclarecida, en posibilidades de crecer porque la realidad va demostrando la justeza de sus posiciones y porque muchos trabajadores manuales e intelectuales retornan la mirada a Marx para encontrar una respuesta de carácter histórico.

 

Así, en los últimos años se encuentran distintas manifestaciones políticas de la crisis, no solo europea sino capitalista, que no encuentran solución y que anuncia profundizarse cuando los mejores análisis económicos señalan que la crisis del sistema está a punto de agravarse a un nivel nunca visto antes .

 

Francia es uno de los países en los cuales la historia y el presente llevan a mayores respuestas populares. En los últimos años, la más masiva (incluso más que la actual, al menos hasta el momento), fue la protesta liderada por los sindicatos contra la Ley El Khomry (nombre de la Ministra de Trabajo del gobierno social demócrata de Hollande). Con esa Ley, anunciada en febrero de 2016, se completaba una serie de reformas laborales que implicaban una flexibilización creciente de las relaciones de trabajo, atacando derechos sobre el despido, las condiciones de trabajo y otros. En lo fundamental, se realizó una “inversión de la jerarquía de las normas” que significaba que las condiciones de trabajo como la remuneración, los horarios, las horas suplementarias, la formación ya no se definirían en acuerdos por rama productiva, sino por empresa e incluso individuales, dando primacía a los intereses del empresario sobre los derechos del trabajador.

 

Los primeros en reaccionar fueron los jóvenes que superaron el intento de diálogo por reformas de la mayor parte de dirigentes sindicales socialdemócratas. Los estudiantes, de los cuales 50% son también asalariados, reaccionaron por las condiciones de pasantías, recortes presupuestarios a las universidades y las condiciones de nuevos empleos; establecieron asambleas y coordinaciones nacionales e impulsaron la reacción sindical a lo largo de marzo.  Desde fines de ese mes y hasta julio de 2016, bajo convocatoria de las grandes centrales sindicales, las calles son tomadas por los trabajadores una serie de jornadas de manifestaciones que llegaron a reunir a cientos de miles, más huelgas, las ocupaciones y bloqueos. El camino de las protestas quedó así marcado por los trabajadores, empleados o no, y por la juventud.

 

Los “chalecos amarillos”

 

El actual gobierno francés, presidido por Emmanuel Macron, decidió en noviembre elevar el impuesto a los combustibles. Para pretender justificar la medida y desviar la discusión sobre los temas políticos, utilizó el argumento ambientalista de la contaminación e incluso del cambio climático, cuando en el resto de su política este es un asunto menos importante y peor aún en las neocolonias francesas en África.

 

El hecho es que la medida se convirtió en la gota que derramó el vaso (el combustible más usado es el diésel y ha subido en un 16% en este año), luego que miles de familias, principalmente en la periferia de las grandes ciudades, en territorios que consideran abandonados por el Estado, se ven impedidas de lograr que sus ingresos alcancen a fin de mes. La reducción de ingresos afecta en estos años al 67% de las familias de situación media, y los recortes de consumo en cada hogar son sensibles y llegan a reducir las porciones de alimentos o a cambiar condiciones de vida de jóvenes desempleados que deben retornar a las casas de sus padres o reducir la calefacción en pleno invierno.

 

Este sector poblacional es el que más resintió que poco atrás, en contraste, el gobierno hubiese suprimido la mayor parte del impuesto a las grandes fortunas, aunque su aporte a la caja fiscal era más simbólico que real, pues quedaba muy por debajo de lo captado por el IVA. Macron incrementó además otras “ayudas sociales” a las grandes empresas, mientras se reducen los aportes a los derechos sociales del pueblo.

 

Estas familias, por encima del discurso supuestamente ambientalista del gobierno, están obligados a emplear el automóvil para ir a su trabajo en las ciudades o debido a que, en un porcentaje nada despreciable, se trata de empleados “autónomos”, es decir sometidos a una forma de trabajo precario, que no tienen ni organización ni contrato colectivo, pero que deben poner sus medios de comunicación al servicio gratuito de la empresa para la que trabajan, o a su propia micro empresa aplastada por los grandes monopolios capitalistas. Más necesario el auto cuando el mismo Macron debilitó el servicio de los trenes de cercanías, dificultando su uso. Así, un sector laboral propio del uso de las nuevas tecnologías y formas de trabajo, aparece en la escena de la lucha de clases junto a jubilados, mujeres, desempleados y profesionales independientes o gestores de pequeñas empresas.

 

 

 

El chaleco amarillo, obligatorio por si hay una emergencia, identificó las acciones de los automovilistas que en un inicio se centraron en el alza de combustibles pero que, casi de inmediato, fueron encontrando otras razones de combate, llegando a planteamiento plenamente políticos como la renuncia de Macron. Sin embargo, la heterogeneidad del movimiento también se expresa en este plano.

 

Las acciones arrancaron el 17 de noviembre, repitiéndose fundamentalmente cada sábado y logrando, según encuestas, más del 75% de aprobación popular. Como se ha dicho muchas veces, no hay dirección ni voceros, pero van agrupándose quienes permanecen en tomas permanentes o quienes se han conocido en la lucha, sin que se pueda al momento decir que dirección podría tomar esa proto-organización social. Hay sectores influenciados por la derecha que rechazan la vinculación con el movimiento sindical y generan violencia sin sentido; unos, cercanos a la idea de “revolución ciudadana” que usan sectores reformistas; mientras otros, especialmente de zonas pobres y de origen obrero, suman a sus demandas puntos cercanos a los de los sindicatos, planteando la recuperación del poder adquisitivo y el reconocimiento de derechos básicos.

 

Muchos otros sectores descontentos se suman de distintas maneras a las acciones que se realizan sin pedir los permisos oficiales de movilización y recorridos, lo que demuestra la crisis de representatividad no solo del gobierno sino del Estado y el debilitamiento de sus mecanismos de control ordinarios. La represión es extremadamente violenta, ubicando 85 mil policías en el centro de Paris para el 8 de diciembre, realizando más de 2.000 “arrestos preventivos”, hiriendo a miles con balas de goma o manteniendo por cuatro horas arrodillados y con las manos sobre la cabeza a estudiantes de secundaria que se mueven en defensa de la educación pública. La violencia oficial es mayor cuando los manifestantes se dirigen a los barrios de los ricos, bloquean el ingreso de bancos y grandes supermercados, denuncian a los millonarios y confrontan su descarada opulencia.

 

Macron, a pesar de las amenazas, a inicios de diciembre cede en algunas demandas importantes:

- suprimió el incremento de las gasolinas.

- congeló los precios de gas y electricidad renunciando a las elevaciones garantizadas

- anuncia el alza en 100 euros (113 dólares) para el sueldo mínimo (pero sin costo para los empresarios).

- los sueldos por debajo del mínimo

- anuló el impuesto a las pensiones jubilares inferiores a 2.000 euros.

- Estableció el pago de las horas extra "sin impuestos ni cargos a partir de 2019".

- Macron también pidió a las empresas "que puedan" que paguen a sus empleados una bonificación de fin de año también exenta de impuestos y cargas sociales.

 

En suma, victorias destacadas que obligaron al gobierno a cambiar su política, esperando recuperar a la opinión ciudadana. Pero su descrédito es masivo y la gente ahora demanda su salida como uno de los puntos centrales. La plataforma de demandas políticas toma así un lugar primordial en la mayoría de franceses.

 

 

El futuro inmediato

 

Todo indica que el descontento con el estado de cosas, fundamentalmente por la aplicación del neoliberalismo, se expande por Europa y otros territorios (en Egipto se prohibió la venta de chalecos amarillos y en Taiwan se movilizan contra los impuestos, entre otros). Las protestas se suman y, en la misma Francia adoptan otro carácter cuando la clase obrera organizada asume un rol de vanguardia y convoca a la huelga y manifestación (14 de diciembre) y a manifestaciones contra el racismo (18 de diciembre). La dirigencia de las grandes centrales sindicales también esta cuestionada y se exige lucha directa antes que la negociación con el gobierno. Que Macron haya debido ceder, eleva el ánimo de las protestas y está permitiendo el mantenimiento de las distintas maneras de expresión de las demandas populares. Se evidencia que las conquistas populares son resultado de la lucha.

 

El apoliticismo se reduce, pero este cambio requiere de la construcción de organización y de su clarificación a las posiciones de izquierda y progresistas, presentándose estas segundas como mayoritarias. Es un movimiento popular que encontró su impulso principal en una “independencia” y espontaneidad de una población distante por muchos años de la lucha social colectiva, pero que en el proceso va encontrando puntos comunes. Las redes sociales dan paso a las reuniones, aunque aún pequeñas, a la permanencia de carpas en los cruces de camino, a coordinación inicial de pequeños grupos. La acción colectiva parece que lleva ya a pocos a entender la necesidad de la organización, pero no se puede señalar hoy en qué medida esto se volverá una tendencia ni cual será la dirección fundamental que tome. Las nuevas formas de expresar la lucha evidencian que la crisis la pagan los más diversos sectores populares y que de allí surge la creatividad popular en el combate.

 

Las contradicciones entre ricos y pobres, que dieron lugar al movimiento de los chalecos amarillos, permanecen y la lucha por la revalorización del ingreso de los trabajadores autónomos, subempleados y otros, no ha terminado. Las reuniones de estudiantes de secundaria y universidad, que llegaron a agrupar a más de 2.000 personas, deberán continuar para defender la educación pública. Los sindicatos, en general, tienen motivos suficientes para nuevas convocatorias de paralizaciones y huelgas. Las organizaciones y partidos revolucionarios, apoyan esos combates y argumentan para darles dirección hacia la unidad y profundización de las luchas. La extrema derecha y el reformismo tratarán de generar confusión para cosechar en rio revuelto. El gobierno, mantendrá la represión como su apoyo a la aplicación del neoliberalismo que destruye lo último del “Estado de bienestar”. Es decir que todo señala que desde la base social se profundizará la lucha de clases en Francia, en Europa y el Mundo. Es un buen anuncio para 2019.

 

 

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Las Casas Oe3-128 (entre América y Antonio de Ulloa)

Quito-Ecuador

ISSN 1390-6038

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