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Por: Pedro Martín Páez Bimos

Fotografía: Redes

La política de camiseta: Una estructura ausente

 

En el aspecto político ecuatoriano ha sido muy frecuente, en épocas electorales, la proliferación de personajes carentes de sentido crítico constructivo, que se enmascaran bajo el discurso burdo y seductor del populismo. El cual no solo guarda relación con la ya conocida frase “¡pan, techo y empleo!”, sino que también se edifica en base de las más bajas pasiones que tiene la sociedad, de sentimientos como la envidia y la venganza, pero sobre todo, de la embriaguez del poder que encausa el detrimento social por la más primitiva sensación de la satisfacción de intereses personales.

 

En estas líneas se expresara de manera frontal las principales características del panorama político electoral, que tenemos como sociedad ecuatoriana, bajo las directrices del sistema democrático representativo –el cual no sabemos de manera clara a quién representa-, pues aún no hemos dado el paso a un verdadero sistema democrático participativo como afirman algunos autores. El cual no se forja en el espíritu voluntario democrático del elector, en virtud de que las elecciones son obligatorias so pena de multa para quienes no decidan ejercer su “derecho al voto”. En realidad existe el espacio político perfecto para la conformación de caudillos para la explotación individual del poder público para el interés privado desde la propia estructura social.

 

 

Es frustrante encontrar como la gran mayoría, por no decir la totalidad de los partidos y movimientos políticos, y las propias figuras políticas no son estructuras ausentes. Aunque carecen de contenido, argumento y razón al momento de cumplir su rol bajo las reglas que han generado la propia estructura social, en la que buscamos desarrollar nuestro buen vivir, transmiten varios mensajes al elector, sobre todo desmoralizantes y de inconsecuencia. El maestro Umberto Eco ya profundizaba con anterioridad sobre el concepto de estructura ausente –tomando en cuenta algunos postulados de Lévi Strauss-, cuando se plantea grandes objetivos teóricos como el establecimiento de que toda cultura debe ser estudiada como un fenómeno comunicacional, y que sus contenidos son por sí solos, elementos de la comunicación. Para lo cual entra en el estudio del campo semiótico, sobre los códigos y estructuras, y de los conceptos propios de la denotación, como parte de la significación que se caracteriza por ser estable y su valor informacional, y la connotación, siendo esta el conjunto de todas las unidades culturales que el significante quiere institucionalizar en la mente del destinatario como códigos.

 

Es así como la negación de la estructura ausente para Eco es un punto relevante, la verdadera información no es el mensaje, sino el sentido que se le asigna al código que se busca transmitir en este camino del emisor al receptor. Por lo tanto, los patrones culturales se ven reflejados en la praxis política. Si la cultura es carente de valores –como manifestaba Heidegger, “vamos por sendas perdidas”- se debe buscar el fortalecimiento de la sociedad, pero en general la probidad e integridad de sus miembros, por lo tanto, va ser lógico que los políticos apliquen en sus actuaciones la decadencia cultural que pesa más por los valores negativos que los positivos que tiene la cultura. Es clara la afectación directa que tiene la decadencia cultural de los valores negativos para fortalecer y expandir el sistema económico materialista y consumista en el que vivimos, explotando el lado negativo que tiene el ser, y que todo individuo lo tiene intrínsecamente en diferentes gradualidades.

 

Sin embargo, el quehacer del político no debe ser permeable, o al menos, tan servil o fácil para anteponer el extremo individualista de su ser, escudado falsamente bajo un discurso liberal, sobre su deber colectivo. La propia estructura caracterizada en el demos –pueblo- y cracia ¬–poder o gobierno- establece que la administración del poder en el sistema democrático se debe basar como punto fundamental en el pueblo, tanto como expresión, como elemento central de protección, como soberano y ente rector de la voluntad y el designio del destino. Sin estos elementos básicos la verdadera pregunta resultaría ¿Para qué apoyar el sistema en el que vivimos?, cuestión que ha sido planteada por un sin número de autores a lo largo de la historia democrática, en base a sus vicios y decadencias.

 

Los valores son el punto fundamental que se ven reflejados en los principios que debe tener el político, no es sorprendente que la decadencia de los partidos políticos reflejen el desvalor institucional que han tenido y tienen hasta la presente fecha, esto relacionado con el panorama electoral que esta próximo. El denominado Código de la Democracia, instrumento fundamental para el ejercicio, administración y control del poder y las manifestaciones políticas, establece en su artículo 310 que: “Los partidos políticos serán de carácter nacional, se regirán por sus principios y estatutos, propondrán un programa de gobierno y mantendrán el registro de sus afiliados. El carácter de los movimientos políticos se determinará en su respectivo régimen orgánico y pondrán corresponder a cualquier nivel de gobierno o a la circunscripción especial del exterior” (El énfasis me pertenece).

 

Más abajo, en el artículo 312 se establece las obligaciones de las organizaciones políticas -tanto partidos como movimientos-, siendo fundamentales el “(…)1. Representar a las diferentes posiciones e intereses que se expresan en la sociedad (…)3. Movilizar y promover la participación de la ciudadanía en los asuntos públicos. 4. Ejercer legítima influencia en la conducción del Estado a través de la formulación de políticas y el ejercicio de la oposición (…) 6. Contribuir en la formación ciudadana y estimular la participación del debate público (…). ”. Estos artículos, como muchos otros, no forman parte del espíritu de las organizaciones políticas, lo que debería ser esencial según el mandato normativo, sin embargo es secundario u olvidado dentro de su planificación estratégica y cumplimiento, siendo prioritario el discurso demagogo y la comercialización de la política que pone en riesgo los intereses públicos que nos interesa como sociedad.

 

 

¿Acaso existe publicidad de los principios o estatutos de los partidos políticos que se encuentran en campaña electoral?, ¿Conocemos los diferentes regímenes orgánicos de los movimientos políticos que están postulando sus candidatos?, ¿Su propios miembros y candidatos conocen los instrumentos antes mencionados de sus propios organizaciones políticas? Creo que la totalidad de estas respuestas ya las conocemos, y forman parte de la ya expuesta decadencia política. No obstante, identificado el problema ¿Cuál es la respuesta por parte de los servidores encargados de la administración del sistema electoral? y ¿Cuál es el rol de la sociedad frente a esta realidad? La sociedad es muy poco reaccionaria frente a esta realidad, y muchas veces somos poco consientes, porque si existiera en realidad conciencia, la reacción sería inevitablemente desgraciada para los intereses de los políticos decadentes y de los grandes sectores administradores del poder nacional.

 

La demagogia es el principal instrumento del político contemporáneo con el cual busca desde el desvalor fraudulentamente engañar a toda su sociedad para satisfacer sus oscuros intereses. En palabras de Ortega y Gasset que plasmó en su libro “La rebelión de las masas”¸ nos comenta que: “la demagogia es una forma de degeneración intelectual”, complementando que el demagogo no solo es quien grita al frente de la multitud, sino quien radica en su mente la irresponsabilidad ante las ideas que maneja las cuales no las ha creado, sino que las exterioriza por mandato de los propios creadores. Es decir, no es figura por sí solo, peor aún figura intelectual, es un mero instrumento de quien en verdad gobierna. El político decadente es maestro en oscurecer las ideas y el discurso, buscando eliminar la luz para que todos los políticos se vuelvan gatos pardos. Esto guarda relación con lo mencionado por Noam Chomsky en varios de sus escritos respecto a los “master of mankind” –maestros o amos de la humanidad- cuando interpreta ciertos textos de Adam Smith, sobre los grupos de poder económico que gobiernan las diferentes naciones y los pueblos, sin importar el sistema político que se aplique, ellos siempre están detrás de una u otra forma satisfaciendo sus intereses.

 

El deber de los intelectuales por lo tanto es contrapuesto al del político decadente, buscar la luz e iluminar las ideas y el discurso que proponen, ordenar el desorden que causan, y buscar un desarrollo integral. Sin el proceso reflexivo, y sobre todo, crítico que deben proporcionar los intelectuales, el ejercicio de la política sería sumiso a la oscuridad de los valores. Este aporte social que presta en realidad los intelectuales es importante para el sistema democrático, eso sí, construido desde los verdaderos intelectuales comprometidos con la objetividad y su rol, no por pseudo-pensadores que se dicen intelectuales por notoriedad, orgullo, vanidad y otras bajas pasiones. A ellos les interesa poco el desarrollo integral, les interesa los discursos populistas con un ligero refuerzo académico para el control de los sectores críticos de la sociedad. Son lobos disfrazados de ovejas.

 

 

El político considera a su pueblo elector como una masa o un grupo de consumidores, siendo fundamental el aporte de la comunicación y el marketing político. He ahí que el “camisetazo” tenga cabida. La política de ideas claras –o no- es remplazada por la de la figura o la postura.  El elector vota por la persona y no por la organización política que la representa, demostrando la grave crisis institucional de las organizaciones, o por lo menos de la denominada “masa electoral”. En el corto periodo democrático que hemos tenido como país hemos podido observar como el “camisetazo” es una práctica que es casi normalizada, y que la verdadera crítica poco a poco ha dejado de mencionarla. No es un partido de fútbol en el que los jugadores se cambian de equipo por el valor de compra o de transferencia, estamos hablando de principios, ideales y proyectos serios de gobierno.

 

El “camisetazo” es el reflejo de la falta de integridad, consecuencia y congruencia del político, dice mucho de sí mismo, de su individualismo y falta de colectivismo con su pueblo y su discurso, revela mucho de su identidad y del grave conflicto de intereses que tiene entre él y los intereses públicos, buscando la mejor plataforma –organización política- para satisfacerlos. Por el otro lado, la organización política que admite el “camisetazo”, no solo que revela la falta de integridad y congruencia con su planificación política, sino que también descubre su nula institucionalidad, su incapacidad de formar sus propios cuadros políticos, y la nefasta cultura que busca transmitir a la sociedad sobre la forma de praxis política.

 

La inexistencia o a su vez, la poca seriedad del deber político que representa la naturaleza propia del sistema democrático, ha generado esta despreciable práctica del “camisetazo”. Causa del rompimiento de la sociedad y de las organizaciones políticas, pero sobre todo, motiva que las personas con un nivel mediano de honestidad y transparencia, se alejen del sistema “democrático participativo”. Cuestión que debe ser valorada de manera integral por los administradores y planificadores de la estructura estatal. Y que no se logra resolver aisladamente por el aparataje legal en su conjunto, sino, por el cambio de conciencia, el ejemplo político práctico y la inversión en el desarrollo social.

 

Este fenómeno degrada el nivel político y campea en la más laxa legalidad en nuestro sistema democrático. ¿Debemos tolerar estas prácticas políticas? Cuando en realidad exigimos que las organizaciones políticas y sus miembros representen de manera objetiva nuestros intereses. La carencia de espacios de formación y legitimidad política, permiten que la ideología del dinero, incida en la planificación y en la toma de decisiones de las organizaciones políticas. No está de más mencionar la falta de transparencia que existe en el ámbito político, en el que la sociedad no conoce de manera directa y sencilla, tal como establece la Ley Orgánica de Transparencia y Acceso a la Información Pública, sobre el financiamiento de los partidos políticos. Punto sumamente importante para develar los conflictos de intereses entre los candidatos y sus financistas. Exigir transparencia es un gran paso para velar por el cumplimiento de una democracia relativamente limpia, en el que podamos conocer por quien estamos votando realmente, quienes son los financistas, es decir, los hombres y mujeres detrás de la figura política.

 

En definitiva, existe mucho por reconocer y cambiar para que la ruta de las realizaciones engendre un verdadero sistema democrático que se base en la transparencia, integridad y la participación activa de la ciudadanía. El “camisetazo” como práctica política pone en riesgo la solidez del llamado sistema democrático y su propia representatividad, además evidencia la decadencia de los valores culturales que tiene la sociedad y las organizaciones políticas. Es el principal deber de los verdaderos intelectuales generar un nivel crítico con la suficiente solvencia que permita cuestionar la praxis, pero sobre todo, es necesario que la sociedad tome conciencia y exprese el malestar de esta práctica que poco a poco está buscando su normalización, puesto que no existe una panacea que pueda regenerar el tejido social, esta se va construyendo de diferentes fuentes y con actitudes y conductas diarias.

 

 

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Las Casas Oe3-128 (entre América y Antonio de Ulloa)

Quito-Ecuador

ISSN 1390-6038

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