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Por: Diego Velasco Andrade

Fotos: Internet

La Cosmología Andino Ecuatorial

 

Para los andino ecuatoriales, el discurrir del tiempo cíclico era sagrado y a nivel solar, cuatro eventos astronómicos constituían su referente para establecer las cuatro markas significativas de su calendario ritual y agrícola: los dos solsticios (el de junio y diciembre) y los dos equinoccios (el de marzo y de septiembre).

 

Bien sabían, que a partir de que la madre Tierra Allpa Mama, no se yergue vertical en su vuelo sobre su propio eje (rotación) y alrededor del sol (traslación), la gran clave de la biodiversidad y de la existencia de climas y zonas tórridas y frías, era la inclinación de su eje axial o eclíptica y de sus movimientos pendulares alrededor de su eje (precesión) para posibilitar un equilibrio entre todas las zonas de la tierra en el tiempo/espacio Pacha y por lo tanto en la distribución de las grandes épocas anuales ; así como también en las grandes eras de mil ciclos (Intis) o de quinientos ( Pacha Kutiks) que establecían justicia  cosmogónica a las  “razas”: amarilla, blanca, negra y roja.

 

 

 

En los equinoccios, en estas “tierras del Ki” o del centro del planeta tierra To, el sol sale hacia el Este exactamente y cae perpendicular sobre los templos cilíndricos que desde hace siglos tenían la misión de guardar el fuego nuevo solar e iniciar el ciclo anual, especialmente en marzo: Mushuc Nina. En el equinoccio de septiembre la fiesta era más bien lunar, femenina y de agua.

 

Pero en los solsticios, a causa de la inclinación del eje de la Allpa Mama, el sol sale en su orientación extrema en el norte (Trópico de Cáncer) y asume una dirección al despuntar el alba Nor este- Sur Oeste, iniciando así la época seca y de verano para el Ecuador y el hemisferio norte; he ahí la significación sagrada de esta dirección y época en donde las mismas plantas se orientan reverentes hacia el padre Sol en su viaje y se inician las fiestas y rituales del tiempo de calor, fuego y vientos.

 

A causa de la órbita de la Tierra alrededor del Sol que no es circular sino elipsoidal, esta época es también aquella en que la el sol se aleja más de la Allpa Mama (afelio) y es por eso que hay que rogar al sol que no se vaya y vuelva pronto a estar más cerca nuestro (perihelio); por eso había que hacer las invocaciones y rituales de « amarrar al sol » en las piedras de poder o Inti Watanas.

 

Es entonces como ahora en Catekilla y en otros sitios sagrados de estas tierras de la mitad como Shungo Loma (El Panecillo), Rumicuchu, Pirámides de Cochasquí, Itchimbía, Guanwiltawa, Pambamarka, Puntiachil, etc. etc. se comienzan nuevamente a celebrar los ritos de inicio del año andino en el equinoccio de marzo, que corresponden en el hemisferio norte al cambio de estación primaveral y a nuestro PAWCAR RAYMI o fiesta florida equinoccial, a la del PUNLLA TUTA o fiesta del sol recto, al MUSHUK NINA o fiesta del fuego nuevo; no a la fiesta de los látigos y de los ritos sangrantes y masoquistas, a “la tragedia” de los cucuruchos judeo-cristianos.

 

En ese contexto se vuelve a actualizar y resignifcar la cosmología andina ecuatorial primordial, las fiestas y rituales de los solsticios y equinoccios, cada vez buscando recuperar nuestros ritos y ceremonias solares y lunares ancestrales.

 

Hacia las nuevas y siempre primordiales identidades ecuatoriales

 

La tierra sagrada que hoy llamamos Ecuador, tierra del paralelo ecuatorial, de Qui-to o tierra del centro o mejor del “Aqua d’or”:  fértil territorio de las aguas áuricas, ha constituido desde tiempos ancestrales no solo lugar de encuentro para los pueblos y culturas andinas, amazónicas y del Pacífico, sino también para los pueblos de la misma Amaru-ka o “tierra de la serpiente sagrada”, aquel mágico continente que con su configuración física y sus cadenas volcánicas, representa el reptar simbólico de la serpiente Amaru y que hoy más que nunca, nos anuncia el retorno espiral del tiempo-espacio de volteo, el punto de inflexión de este nuevo espacio/tiempo Décimo Pacha Kutik.

 

 

Sí, porque el mítico “Reyno de Quito», en el necesario construir de identidades de Juan de Velasco en el siglo XVIII; de las “Tierras del Qui” para los visionarios esposos Costales a fines del siglo XX, o del “Reino de los colibríes”, en la bella acepción del poeta andino ecuatorial Carrera Andrade, Kitu siempre fue, ha sido es y será el asiento de una milenaria civilización, que hoy apenas comienza a ser develada…Y es en este nuevo tiempo, en este despertar, en este gozoso alumbramiento de una verdadera “nueva época”, donde ubicamos el sentido y valor de nuestra “Pacha tierra sagrada” ecuatorial.

 

Siendo constructores y reconstructores cotidianos de identidades, internándonos en aquellos cromáticos senderos será como podremos encontrar el recto alineamiento hacia una sabiduría del equilibrio del ser ecuatorial; de aquel saber que estuvo escondido y que hoy está volviendo a emerger en nuestra mente y en nuestro corazón y también, por qué no, en nuestro territorio y que estamos seguros va a devenir la simiente y matriz de nuestras futuras identidades.

 

De este manera, comienza a tejer y deshilar antiguos y nuevos relatos, mitos y leyendas de las ancestrales Tierras del Qui, búsqueda que constituye también la constatación de la mixtura y el palimpsesto que actualmente somos; el resultado de aquel feroz encuentro entre los hijos del sol recto con aquellos de la barbarie hispánico occidental de aquella época; encuentro después del cual -queramos o no aceptarlo- quedaron definitivamente impresas en nuestros genes y en nuestra sangre nuestras identidades andina, amazónica y pacífico ecuatoriales, las mismas que en una sabia y paciente espera renacieron y fructificaron desde las cenizas de nuestros abuelos, para luego retornar con la fiereza y la rudeza del huracán.

 

El “el ser racional y cientificista” inventado y heredado del mundo greco-latino, ha estado orientado por la paranoica búsqueda del UNO no diverso, del uno absoluto y autoritario, en suma del uni-verso y nunca del “multiverso”; de aquel UNO feroz que rige en las tres belicosas religiones monoteístas del mundo actual: islamismo, judaísmo y judeo- cristianismo, que hoy se ven enfrentados en una lucha capitalista, global y maniquea por la conquista del planeta, en una lucha mesiánica entre los supuestos “eje del bien” y “eje del mal”, que felizmente no nos competen y peor aún nos deberían preocupar.

 

Por el contrario, el “unidiverso” andino ecuatorial con el que soñamos constituye entonces el cielo y el territorio “del otro” de la diversidad y de la variedad, del holon y de lo holístico, de aquella eufemística “alteridad” inventada por euro-occidente para sanar su culpable pecado capital, su brutal genocidio, su irrespeto por las culturas diferentes (léase “inferiores”) y a las que creyeron “civilizadamente” aniquilar, pero que hoy siguen encontrando como en el mito del Inkarri su cuerpo y su cabeza, luego de haber sido fragmentadas como el Shyri Daquilema o el inca Tupac Amaru, perseveran siempre en la búsqueda de su íntegra totalidad. Aquella misma totalidad que ahora nos convoca para cargarnos con la fuerza femenina de la tierra, del agua y de la luna de nuestra Patria, no aquella “patria” de los patricios grecolatinos, sino de la Pacha Tierra Sagrada Equinoccial.

 

En adelante, será el cóndor quien guíe nuestros pasos y domine nuestro cielo con su visionario volar; será el puma quien asuma otra vez con sus pisadas la reconstitución de los páramos y bosques andinos depredados para pastorear la gula carnívora del conquistador; será la serpiente cíclica que se escurre en lo celeste y en el agua de las cochas y los lagos de nuestra venerada Allpa Mama y, será en éstas y en otras páginas pioneras de un nuevo simbolismo ecuatorial en donde deberemos internarnos con nuestra propia creatividad para contradecir la “Historia” inventada por los pensadores de la “modernidad” y “el progreso”, por las mentirosas enseñanzas de la historiografía occidental y las mismas y repetitivas ideologías euro centristas de una “novísima” post- modernidad de quienes nunca supieron comprender lo que significaba una “cosmovisión”, es decir una visión cósmica del ser y del estar: aquella de nuestros ancestros

 

Así, la identidad equinoccial aportará también en develar nuestros mundos internos que están todavía por suerte ocultos a la faz de los inquisidores de ayer y de hoy. Ahora estamos claros que si la experiencia de habitar el “centro del mundo”, debió constituir para nuestros ancestros una experiencia primordial y sagrada, el conocimiento y valoración de las claves de nuestra habitación en el chakra corazón del mundo, nos permitirá gradualmente la reconstitución de las identidades ecuatoriales  primordiales y es en esa búsqueda que descubriremos el vector de nuestra organización social, política y territorial futura, es decir el estatuto ontológico de las culturas y pueblos del Ecuador del siglo XXI.

 

Es en medio de la rigidez amorfa de un planeta global en caos que por fortuna no es el nuestro, es en estas tierras que constituyen el punto de encuentro entre  las energías “del mundo celeste” y del “mundo terrestre”; es en este Ecuador Continental nuestro, tangible y actual religado con aquel Ecuador Ultramarino allende el océano que han ido constituyendo nuestros compatriotas, como podremos construir un nuevo mundo de acogida para los nuevos hombres rojos, amarillos, blancos y negros del planeta que deseen venir a crecer en pacífica, diversa y fructífera convivencia y, es precisamente la búsqueda de este sendero la que nos invita a seguir caminando, siempre buscando en nuestro sol ecuatorial la “unidiversidad”, la dualidad y la complementariedad de nuevos y deslumbrantes arco iris.

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Las Casas Oe3-128 (entre América y Antonio de Ulloa)

Quito-Ecuador

ISSN 1390-6038

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