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Por: Pablo Yépez Maldonado

Fotografía: Internet

Joaquín Galllegos Lara

o

el estupor frente a la realidad

 

La búsqueda de la otra parte, el mirar hacia adelante para tratar de encontrar el resto; el mecanismo que permitiese evitar los cadáveres, tan a boca’ejarro, tan cenizos bajo el sol de a perro de todo el Ecuador.

 

Pero; qué hacer frente a la imagen, frente a sí mismo, desnudo e inerme en medio de una sociedad clasificada por la cuna, el dinero y el abolengo. Nada más temerario que asirse de las ideas: Dios debe tener una sabia concepción de los equilibrios; a quien no tiene piernas le provee de alas y fuego y temeridad, porque jugarse el cuerpo en los fogosos campos del avatar político, cuando Gallegos Lara aún tenía vida, daba la posibilidad de soñar con asaltar el cielo. Ahora, a lo máximo que se aspira es a transformar su olor rancio por los aromas más elaborados de los banquetes, de las curules asambleísticas.

 

Nada más humano que aprender a soñar cuando el cielo está tan lejos. Y esa imagen, de centauro del tercer mundo se hará luego novela para terminar en película, para beneficio de su autor o de su director. Pero cuando el cuerpo se convierte en mito, se deja de lado sus contenidos y se lo extrae como simple símbolo que puede significar todo menos lo que fue.

 

“Joaco” es la expresión más clara, disonante, cuestionadora, interpelante, y humana de los escritores del Ecuador del Siglo XX. No es solamente la actitud como preconizaban antiguos militantes de la palabra y conmilitones de la revolución en desdibujados cafetines, donde la bohemia consumió todo su trapío sin el cual, ahora, se los puede mirar deambulando de institución en institución para alardear de sus antiguos discursos incendiarios; tampoco es solamente el oficio, como el de los disidentes de la corriente anterior que se apuraron a espulgar sus poemas para esperar-esperanzados su admisión en las academias y en los homenajes. ¡Más que eso! Gallegos Lara es el planteamiento irrenunciable de la posibilidad de soñar y soñarse, de elaborar sobre el muñón el más alto proyecto humano sin temor a denunciar la dependencia; ese extraño mal que todavía sufrimos.

 

 

Debajo de las procelosas aguas de la conciencia nacional; ahora que se hacen ferias con honoris causas, subyace el discurso afiebrado de Joaquín Gallegos Lara; esas ganas inmensas de rehacer el mundo con los materiales al alcance de la mano; esa desesperada conciencia de conocer las posibilidades ilimitadas que dan el sueño y la mente a pesar de estar en un cuerpo maltrecho. Y que la pasión es el arquetipo de la moral, y que la moral no es un discurso de convento o de viejas logias; y que el amor, ese caos que agita el fuego, no puede ser entendido únicamente desde la razón; y que la patria, ese mapa con todos los colores posibles no es (o no debería ser) una hacienda patibularia. Pero nada. A pesar de haber transitado 69 años desde la aparición de “Los que se van”; se siguen yendo, y no pararán de irse a pesar de los coyoteros, a pesar de la migra, a pesar del alza del dólar: nada detiene este desangre, a pesar de las financiadas campañas electorales; a pesar de los medios de comunicación comprables o vendibles. A pesar de las supuestas armonías y los diversos tiempos. Si no caminamos con nuestros propios pies, o con nuestras manos si es necesario, el Ecuador se dividirá en tantas haciendas cuantos mayorales existan.

 

El bautizo de sangre ya tuvo su confirmación; ahora estamos en la mayoría de edad; y, sin embargo, nada más lejos de la conciencia creadora; nada más escuálido que nuestro aspecto de país subsidiador de banqueros mostrencos.

 

Hay una constante en la literatura de Gallegos Lara: la patria. Esa patria estructurada en diversos personajes; nada más amado que esos personajes propios, con acento ecuatoriano, que tienen conciencia sobre lo local como afirmación de pertenencia; los otros, los globalizados desde antaño; los que pretendieron vender el país o ponerlo bajo protectorados de distinto tipo; todavía andan sueltos con su desvarío y su talega de monedas. Antes y después, el sueño; antes y después la conciencia; antes y después la ría con sus panaderos, obreros, y mujeres caminando del brazo del futuro, de la esperanza. Ahora, acaso todo referente sea inútil; pero tal vez por eso sea más urgente su prosa; tal vez, por eso sea más notoria su ausencia. Si no existen referentes es preciso crearlos, es necesario inventarlos a pulso, con el tesón de aquellos que han esperado la vida entera para asomarse al espectáculo del futuro.

 

¿Es necesario rescatar la memoria de Joaquín Gallegos Lara? Tal vez... para dedicarle algún monumento y explorar el arte declamatorio para alarde de los discurseadores, de los profesionales de la palabra. Tal vez... con la posibilidad de rescatarlo puro, sin contagio posible con las ideologías del pasado, esa ideología de los dinosaurios según nuestros prestigiosos columnistas de los medios de intoxicación. Tal vez... para sacarlo del contexto y convertirlo en símbolo aberrante de teorías novedosas pero incompletas según las cuales la literatura del Ecuador sufre el “Síndrome de Falcón”. O. Tal vez... para hacerlo hablar como viejo oráculo de los obscuros acontecimientos que se avecinan. Yo creo que no es necesario rescatar nada, que la conciencia y la actitud de Joaquín Gallegos Lara no está en los círculos literarios, ni siquiera en los círculos políticos; está en la tenacidad del pueblo que crea y recrea sus condiciones de vida para transitar la existencia; está en la multiplicidad de actores que tienen su propia voz y que no requieren de intermediarios para hacerse escuchar; está en la poesía más pura que se contrapone al proyecto hegemónico de una transnacionalización salvaje que pretende borrar todo vestigio de lo popular pues no concuerda con el verbo globalizar.

 

Noviembre, mes de bautizos y derrumbamientos, de gritos alucinantes.  El 15 se cumplirán 77 años de la masacre inicial de obreros (que de las de indígenas ya nadie lleva la cuenta); cabalístico número si se es afecto a la numerología; el 16 ya habrán transcurrido 52 años de la muerte del “Cojo genial”; el 9 en cambio se cumplieron 10 años de la caída del Muro de Berlín. Para aquellos que no se dejan llevar por los festejos y los onomásticos el Siglo XX se inició con la matanza de Guayaquil y se cerró el 9 de noviembre de 1989 con el inicio de la caída del socialismo real.  Dos hechos; el uno local en el marco de una conciencia que rompía sus relaciones con el pensamiento feudal hacendatario y el otro universal con el cual el capital transnacional lanzó su grito de triunfo sobre el supuesto cadáver de la historia. Pero ni lo uno ni lo otro. La ideología del dominado todavía pesa en las altas esferas de la política y, si el lojano Pablo Palacio trató de desvirtuar la realidad, otro lojano, pero de ascendencia fenicia, pasará a la historia como uno de los artífices que no solo la desacreditó sino que la corrompió, la desequilibró, la endosó, la desfinanció; es decir, hizo de la realidad ese pastiche que se llama crisis; y que constituye el drama amargo de todos los días ahora matizado por el parto de los volcanes como confirmación de nuestra condición telúrica, ígnea.

 

Es necesario hacer una distinción entre el hombre y el símbolo. Joaquín Gallegos Lara es la imagen misma de la realidad ecuatoriana. Mutilado y en medio de la angustia existencial de afirmarse sobre bases inexistentes. Pero también está el otro lado, esa capacidad para fantasear y hacer, de nosotros mismos, ese imaginario lleno de héroes anodinos y fabulosos, ingenuos hasta el desparpajo.

 

A Joaquín Gallegos Lara, capaz de decir que en “Nuestro infeliz país, toda alegría se la robamos a alguien. ¡Aquí no podemos ser dichosos sin ser canallas!”, lo queremos, entero, sin que se convierta en el tótem sagrado, en el icono vacío; sin que pretendan acomodarlo en el altar patrio al lado de los héroes, los santos o los mártires. Es el intelectual atento a la realidad del país; el que pretende indagar las causas y exponerlas, sin el maniqueísmo fácil que impide al lector acercarse a la obra. Es el crítico que discute tendencias, lúcido y frontal, sin que la militancia partidaria le impida confrontar puntos de vista; es el político que cuestionó la corriente browderiana a pesar de estar en minoría al interior del aparato político. Pero, sobre todo, es el recreador de la realidad, sensible y apasionado que retrata al Guayaquil de inicios de siglo y que pone en escena al intelectual como testigo para que cumpla su cometido. Ese mismo intelectual que devendrá en víctima, en protagonista incomprendido, cuando la pequeña burguesía tenga acceso a espacios del poder; tanto como para exigir su derecho a estar en otra realidad, a esperar que, a su retorno, el común de los mortales pueda comprender sus complejas elucubraciones teóricas y estéticas. Hasta devenir en el desencanto; es decir, la confirmación por parte de nuestra romántica intelectualidad de que la realidad es más extraña y ajena que nunca; y, que a pesar de todos los esfuerzos civilizatorios, es imposible concretar los sueños.

 

Luego de un siglo, el ciclo de la literatura ecuatoriana se cierra casi con el mismo espíritu; el escritor encerrado en su torre de marfil alejado de la cotidianidad ramplona del ciudadano de carne y hueso. La posmodernidad, que recupera el mito de Narciso, es el espacio que permite justificar esta actitud. Pero la realidad es más terca que la belleza individual y si frente a Narciso se levantó Némesis para castigar tanta arrogancia; en América Latina y en los países dependientes existe una corriente subterránea que incorpora a los nuevos actores, a los nuevos protagonistas. Es la expresión de la pluralidad; nadie pretende representar ni expresar las opiniones de los demás; que cada quién tome el espacio que le corresponde para completar el rompecabezas de los actores sociales. No existe la necesidad de hablar por los demás; la expresión más clara es el papel asumido por los indígenas en nuestro país; es impensable que en el futuro se puedan realizar los famosos diálogos nacionales sin su presencia. Hace setenta años la realidad fue otra. La necesidad de descubrir al país, de retratarlo de cuerpo entero, impulsó a los intelectuales de aquel tiempo a tomar la palabra en nombre de los demás. Tal vez, ese desplazamiento, explica su nueva actitud; perdido su protagonismo el intelectual se ha refugiado en las ONG's como mediador en el diálogo entre la sociedad civil y el Estado, cumple el mismo papel de los apuntadores en las obras teatrales, sabe el texto y el desenlace pero no conoce al público pues están de cara a las escenas creadas por su pluma y de espaldas a las reacciones que provocan sus intervenciones.

 

No es casual que se pretenda recuperar ciertas tendencias y dejar en el olvido otras; en el debate ético y estético no existen actos gratuitos; la ingenuidad ha dado paso a la más profunda sospecha. Luego del boom petrolero y un mini boom literario en nuestra comarca, la disputa por los micro espacios de poder al interior del aparato estatal, en el sector de la cultura, se han agudizado. Es que la vía "democrática" del neoliberalismo exige construir la apariencia de amplios consensos. Para ello, son importantes los espacios culturales para revestir de racionalidad y belleza a un proyecto que carece de solidaridad y entiende, únicamente, las razones de la rentabilidad y la ganancia. No es contradictorio por lo tanto, frente a esta realidad que los intelectuales participen en "las sabatinas del poder"; no solo en este régimen sino en todo este largo trayecto de transformación del Estado, desde la dictadura hasta el gobierno de las armonías y de los descarados subsidios hacia la banca.

 

Pero también es cierto que existe otra corriente; aquella que da continuidad a un proyecto popular, alternativo, creativo, solidario, múltiple, polifacético y lúdico que recoge la tradición de los grandes de la literatura y el arte en general para ejercitarlo en los espacios anónimos de lo cotidiano. Y, debajo del vacío cascarón de las formas, emerge fantástica una conciencia que se nutre de la cosmovisión andina sin negar los aportes del pensamiento crítico occidental; recoge la tradición solidaria y la práctica colectiva; incorpora el colorido y las múltiples escalas en esa mágica partitura que constituyen los diversos pisos ecológicos, sociales y culturales.

 

La literatura y el arte para ser tales, deben ejercitar una especie de revolución permanente. En la década de los treinta, en contraposición a la visión del indio, del montubio, del campesino y del obrero desde el punto de vista del patrón o patrono; se puso en escena, a los mismos personajes, desde la perspectiva de la intelectualidad pequeño burguesa, comprometida con un proyecto político y social que irrumpía en la historia nacional para disputar espacios al clero y aún a los liberales.

 

 

 

Noviembre, mes para hacer balances, para depositar ritualmente las cruces sobre el agua o hacer un festival con otro ladrillo en el muro de Berlín.

 

"Porque se va el montubio, los hombres ya no son

los mismos. Ha cambiado el viejo corazón

de la raza morena enemiga del blanco.

 

La vitrola en el monte apaga el amorfino

tal aguaje largo los arrastra el destino

los montubios se van pa'bajo del barranco."

 

Los que se van, el libro que, según Benjamín Carrión, le permitía presentar algo nuevo de la creación ecuatoriana en sus tertulias literarias en el extranjero, fue calificado como "crudo, brutal, exagerado y pornográfico"; según los críticos de esa época, que no difieren mucho de los actuales.

 

Joaquín Gallegos Lara en cambio, como oposición y contrapartida, saluda el aparecimiento de la narrativa de Jorge Icaza y afirma que “Es bajo el signo del crecimiento del movimiento de las clases trabajadoras que se realiza el avance literario. Los escritores jóvenes conscientes, influidos por la lucha nacional revolucionaria de las masas populares, no quieren  seguir siendo los serviles instrumentos de las clases dominantes de su país y del imperialismo extranjero, como sus antecesores en las letras lo han sido, y abren los ojos y se enfrentan a la realidad y se enfrentan a la vida con auténtica fuerza humana.

 

“Las novelas de Icaza no son falsas. Son la auténtica expresión de nuestra realidad humana. ¿Os espanta el cuadro? Debierais avergonzaros de ser los domésticos letrados de la clase social que es capaz de cometer los crímenes cotidianos que Icaza narra y que por más polvo que queráis levantar no podréis ocultar. La explotación bestial a la que se somete al indio desde la conquista, después de haberle robado todas sus tierras es innegable. No debe haber ocurrencia más idiota que aquello de que debemos ocultar que esto existe (...) para que la burguesía extranjera no se asuste y venga a viajecitos de turismo, creyendo que todo en el Ecuador son lagunitas de Otavalo y prostitutas pintadas en la calle Machala de Guayaquil. No, majaderos y lacayos: Ecuador no es un país de turismo sino de tragedia.”

 

Para completar esa valoración del quehacer literario de su tiempo, con toda la fuerza y honestidad que le daba su estatura moral es capaz de señalar que, por su parte ha podido “anotar una cuestión que es quizás sustancial en Icaza (...) no percibe la psicología del pueblo indio, no es capaz de penetrar en la intimidad del alma india, y por ello, con raras excepciones, sus escenas son siempre de afuera para adentro. Los actos del indio, su fisonomía social son esas, en verdad. Icaza no cambia nada. (...) Pero ¿Lo de adentro? ¿Qué piensan, qué sueñan, cómo aman, cómo se acercan con ternura a los hijos? De esto no sabemos nada.” Eso lo dijo hace 63 años y aún estamos sin conocer esa realidad que impide integrar nuestro espíritu nacional; porque sin ellos será imposible completar nuestro ser.

 

Y, para hacer más visible su actitud frontal, aquella que impide entrar en los círculos báquicos de los contemplativos, le dice a Raúl Andrade, uno de los editorialistas más notables que ha tenido nuestra pacata prensa, con motivo del pedido que este hiciera para que “aunque sea se abalee al pueblo, con tal de impedir que Velasco Ibarra llegue al poder”: “Raúl Andrade era el espíritu de la neblina, que se enreda en los techos y desdibuja en las calles, en las tardes encharcadas de Quito. Soñaba como un noruego y escribía como un francés. Sin duda para muchas almas románticas habrá sido un cruel desengaño hallarlo en el papel de carabinero. (...) La razón que él da no son, naturalmente las escasas ayoras y el mal rancho, inherentes al oficio. Él habla de un planazo que le arrearon los velasquistas el año 35. ¿Tanto rencor por un planazo? ¿O es que se lo acertaron en los ojos y lo dejaron ciego ante la realidad del Ecuador? ¡Asegura también que teme por la tranquilidad de las familias; como si fuera una vieja solterona, él que fue un bohemio!”

 

Parece que cambian los personajes pero no las circunstancias. Hay tanto que decir en el Ecuador y tanto silencio cómplice. La calificación de intelectual se ha convertido en el requisito indispensable para entrar en el baile de las donaciones, de los financiamientos.

 

No, para decirlo como Machado;

 

“No quiero cantar ni puedo

a ese Jesús del madero

sino al que anduvo en la mar”

 

No es posible rescatar a Joaquín Gallegos Lara únicamente desde la perspectiva de la literatura o de la política; es necesario entenderlo en la pasión, en esa capacidad para cuestionarlo todo; para asir la historia y las condiciones con las dos manos; para vivirla intensamente ya sea desde su puesto de vendedor de boletos o inspector de canteras. Nada es ajeno a su espíritu sensible. Incluso el amor llegó para envidia de los que se supone los elegidos, los predestinados. Yo no quiero al héroe ni al personaje, quiero al hombre, con todos los equívocos que pudo tener, pero sobre todo con la valentía suficiente para arrostrar su destino, actitud que les pesa a aquellos intelectuales que escriben desde sus mullidas sillas y respaldados por nombres de plástico. Toda obra responde a las necesidades de la época. Y los grandes gestos corresponden a los iluminados. Qué contraste con la actitud pueril e impúdica de quienes hacen sonetos a las armonías y a los tiempos. Debe ser que por haber sido secretarios todavía les hace falta el jefe que les dé la pauta.

 

 

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Las Casas Oe3-128 (entre América y Antonio de Ulloa)

Quito-Ecuador

ISSN 1390-6038

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