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Por: Juan Borja V.

Fotos: Internet, Valentina Franco

Otro tipo de investigación agraria es posible

 

De acuerdo a Immanuel Wallerstein, el mundo es un sistema en el que al centro se ubican los países que alcanzaron un mayor desarrollo industrial y con ello tienen mayor posibilidad de acumulación y los países de la periferia que son abastecedores de la materia prima para los primeros, con menor y casi nulas posibilidades de acumulación.

 

Este desarrollo desigual y la división internacional del trabajo tienen su origen en el saqueo efectuado por los países europeos a partir del siglo XV de las materias primas producidas en sus colonias de: América, Asia y el tráfico de esclavos desde África.

 

La división internacional del trabajo marca la actividad que realizan las universidades; los países industrializados se especializaron en la investigación y generación del conocimiento, mientras que las universidades de los países de la periferia se dedicaron con exclusividad a la formación de profesionales, relegando a un segundo plano la investigación. Después de todo, la producción de materias primas no requiere de mayor innovación.

 

Al finalizar la segunda guerra mundial, Estados Unidos alcanza un desarrollo de las fuerzas productivas y desplaza de la hegemonía a Inglaterra, lo obtiene a través de políticas proteccionistas y  apoyo económico a la actividad de investigación de las universidades.

 

 

En relación a la agricultura, desde la metrópoli se impone a los países de la periferia la denominada “revolución verde”, modelo de “desarrollo” del campo, se basa en la producción de los alimentos a partir de un paquete tecnológico cuyos insumos: semillas híbridas, motorización del campo, químicos, son producidos por las empresas de los países del capitalismo avanzado.

 

En la transferencia y consolidación de este paradigma tecnológico tuvieron en los años 50 un rol protagónico las fundaciones norteamericanas Rockefeller y Ford, quienes financiaron la creación de institutos de investigación para la agricultura en todo el mundo, con la finalidad de adaptar el paquete tecnológico a las condiciones agroecológicas de cada lugar. A los países del Asia se los especializó en el cultivo del arroz, a los del África en cacao y café, a los  centroamericanos en maíz, a los andinos en papa.

 

La creación del INIAP en nuestro país respondió a esta estrategia, las universidades ecuatorianas acondicionaron sus mallas de estudios al modelo y forman desde esos años  profesionales funcionales a la revolución verde.

 

 

 

Con la consolidación del neoliberalismo y la globalización del capitalismo, la función del Estado se debilitó, en la actualidad la agenda para la investigación de las universidades de los países desarrollados la imponen las empresas transnacionales de acuerdo a sus intereses de acumulación.

 

 En el caso de la agricultura, seis multinacionales se reparten el mercado mundial de las semillas transgénicas y por coincidencia de los agro tóxicos: Monsanto, DuPont y Dow (USA), Syngenta (Suiza), Bayer y Basf (Alemania); empresas que realizan convenios con las más importantes universidades del mundo para financiar proyectos de investigación de acuerdo a sus intereses, generar nuevas moléculas de plaguicidas u organismos genéticamente modificados.

 

Según (Crop Life, 2015)  en el año 2014 estas multinacionales invirtieron 6.317 millones de dólares en investigación, de los cuales 2.959 corresponden a nuevos desarrollos de productos fitosanitarios y 3.358 a investigación y desarrollo en semillas y biotecnología.

 

De acuerdo a la Senescyt en el Ecuador entre el 2013 y el 2014 se invirtió 14 millones de dólares parael equipamiento de laboratorios de investigación en áreas estratégicas de las  universidades  públicas. Así como se ejecutaron proyectos  por un monto  12 millones de dólares en universidades e institutos públicos de investigación.

 

La inversión del estado ecuatoriano para la investigación es ínfima si la  comparamos con los datos de la inversión de las transnacionales expuestos en los renglones anteriores, ni siquiera alcanza a igualar el costo de 256 millones de dólares que tiene que financiar una multinacional para investigar y desarrollar una sola  molécula de plaguicida.

 

Otra tipo de investigación es posible

 

En el contexto expuesto resulta imposible competir con los recursos humanos, económicos y tecnológicos con los que cuentan las empresas multinacionales que controlan el mercado mundial de insumos ligados a la revolución verde, por lo que no considero sea una buena solución el querer copiar los modelos de investigación de las universidades de los países desarrollados que responden a los intereses de las corporaciones y no de la sociedad.

 

 

El modelo de la revolución verde se encuentra agotado, generó graves trastornos en el ambiente: degradación del suelo, contaminación de las aguas, afectación a la salud humana. Es necesario un cambio de tecnología, las universidades ecuatorianas y las facultades de Ciencias Agrícolas estamos en la obligación de construir un nuevo paradigma para el desarrollo de una agricultura sustentable, económicamente viable, socialmente justa.

 

La investigación requiere una ruptura de la epistemología que guió los procesos de investigación en los países de la periferia, que impone desde la metrópoli, desechando el saber ancestral y popular, menospreciando la experiencia del campesino que da muestras de tener una gran capacidad de observación para descifrar las leyes de la naturaleza y resolver sus problemas. El clon de cacao más promisorio que existe en el país CCN51  no fue generado en las universidades ni en el INIAP, su autor material e intelectual es el campesino productor bananero Carlos Castro.

 

 La publicación de artículos científicos en revistas indexadas, muchos de estos descontextualizados de la realidad, no puede ser el fin último del investigador, el norte que debe guiar la investigación de las universidades y facultades de Agronomía es la solución a los graves  problemas que vive el agro ecuatoriano, la generación de tecnologías alternativas que dependan menos de los agro tóxicos y del monocultivo. Se trata de construir un nuevo sistema de investigación para la vida en el que los actores  principales sean los campesinos, las universidades, y el estado.

 

*Ingeniero Agrónomo y Máster en Economía Agrícola, profesor de la UCE

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Las Casas Oe3-128 (entre América y Antonio de Ulloa)

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ISSN 1390-6038

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