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Por: Diego Velasco Andrade

Fotografía: Vladimir Cruz, Ricardo Buitrón

El Metro Q y el patrimonio tangible e intangible del centro histórico de Quito

 

 

Breve descripción de la importancia histórica multicultural del área

 

 

El área que hoy conocemos como el Centro Histórico de Quito, constituyó el área ceremonial precolombina del hábitat  ancestral de pueblos y culturas que se asentaban de manera longitudinal en bulus o aglomeraciones habitacionales al pie de monte del Apu Pichinchay y, en directa relación con la que hoy llamamos “la meseta de Quito” (Añakitu), la cual constituye un antiguo lecho lacustre ocupado en usos agrícolas y piscícolas, con la presencia de un sistema de montículos y humedales artificiales, llamados de manera genérica por los extrañados castellanos que los vieron por vez primera: “camellones”.

 

Algunos lingüistas e investigadores no adscritos a la “academia oficial” (Costales Alfredo, Peñaherrera Piedad, Guevara Darío, Rodríguez Germán, entre otros) afirman que esta entidad territorial, cultural y simbólica originalmente se llamaba KITWA, cuyo significado proviene del prefijo o sufijo KI: rayo energía vital que desciende vertical sobre un lugar (toponímico que también designa a otras poblaciones con nombres de denominación similar en los Antis equinocciales) proveniente de la lengua shilipanu y del prefijo o sufijo TU o TWA o TOA (energía telúrica horizontal o poder “de la tierra nuestra o TU-LA”) (Alfredo Costales, Mitos Quitu Cara, 1998).

 

En efecto, sabemos que la actual ciudad de Quito hoy capital de los ecuatorianos, existió como una entidad habitacional y ceremonial compleja, desde hace por lo menos 4.000 años (verifíquese por ejemplo la necrópolis encontrada por el hoy desaparecido FONSAL en el sector de El Condado, Barrio Velasco, 2011); de modo que la implantación ancestral en el territorio que hoy habitamos se evidencia hoy, tanto  en asentamientos arqueológicos dispersos al pie del Pichincha que se han podido “poner en valor” de manera parcial:  (Rumipampa, La Florida Alta, Cotocollao) pero también de manera nucleada a partir de su parte ceremonial y religiosa, tanto hacia el sector norte (Hanan Saya) como hacia el sur (Urin Saya) del domo volcánico cerro axis mundi de Kitu milenario, llamado Shungo Loma, Ñawira o Yavirak (Panecillo):  verdadero “centro histórico”, físico y simbólico de Quito; nodo divisorio pero a la vez chawpi o línea integradora de las partes Hanan y Urin del Quito que hoy conocemos.

 

Suponemos que en inicios de la colonización europea, el centro ceremonial religioso del Hanan Kitu o Aña Kitu, fue superpuesto de manera parcial por muros y plataformas realizadas por los cuzqueños sobre las antiguas tolas de factura Kitwa Kara (ver reconstitución imaginaria hecha por investigadores del CAE, en 2007), pero a la vez suplantado desde el siglo XVI hasta la actualidad, por la iglesia y los colonizadores dando lugar a una valiosa y singularísima simbiosis arquitectónica, urbana y multicultural que,- aun a pesar de no haber sido estudiada hasta la fecha con la suficiente rigurosidad-, permitió declarar al llamado “Centro Histórico”, -y no a la ciudad de Quito en su conjunto-:  Patrimonio Cultural de la Humanidad el 8 de septiembre de 1978, debido al valor “barroco y colonial de sus edificaciones”.

 

 

Sin embargo, este núcleo ceremonial  concentrado en el Hanan Kitu, estaba relacionado a otros núcleos dispersos pero también ligados al ritual y ceremonial Kitwa Kara e Inka, configurados estos asentamientos a la manera de un red de bulus o comunidades próximas compuestas por varias familias ampliadas (Chilibulu, Guabulu, Guangobulu) e implantadas  en los valles de la micro-región, tanto en diagonal hacia el sur este: en dirección a los volcanes Cotopaxi y Rumiñahui (valle de Los Chillos) como hacia el noreste (Tumbaku, Cumbayá, Pifo, Puembo) o en dirección hacia los volcanes Illaló o Antisana, hacia el este, guardando al mismo tiempo en su lógica de implantación las direcciones primordiales de solsticios y equinoccios en su cosmograma arquetípico: la estrella de ocho puntas.

 

De igual manera, este centro ceremonial indígena estuvo ligado hacia el norte (Pumaski, Rumikuchu y Lulubamba: San Antonio de Pichincha) o hacia el Cerro Catequilla, Pululawa, Kalakali y los Cerros de Marka, ubicados en latitud cero, igual que hacia el centro ceremonial de Kuchaski, región fronteriza con la marka o región Karanki-Imbaya: marka del volcán Apu Imbabura, ligada a través de los llamados sekes o líneas rituales ordenadoras del territorio y sus fuerzas fundamentales, que en la cosmovisión andina “van y se devuelven” desde los cerros, lomas, montañas y volcanes de manera sistemática y jerárquica, generando un “ordenamiento territorial” de linajes que es a la vez físico tanto como social, ritual y de manejo de los recursos naturales de manera radial y fundamento calendárico (Tom Zuidema, 1990).

 

Aquel macro centro ceremonial que estaba situado donde hoy se halla el “Centro Histórico” (Peñaherrera Andrés, 2007), estuvo también relacionado en sentido diagonal hacia el  Noreste, en vía hacia Guabulu, Kinche, Wachalá, a través de caminos y vías precolombinas, en dirección hacia el nevado de posición equinoccial: Cayambi: la “pirámide ecuatorial” natural más significativa y nodo de referencia fundamental en el paisaje andino-amazónico. Todo lo anterior constituye una demostración evidente de la existencia de una lógica sistémica de implantación sagrada de contenido geobiológico y astronómico en el paisaje equinoccial de nuestros pueblos precolombinos, así como una matriz primordial de ordenamiento territorial, de lo hoy debemos entender como el KITWA MILENARIO, territorio ancestral de la Nación de los pueblos Kitu Karas, en un sentido amplio, más allá de lo que entendemos ahora como los “Quito, colonial, republicano o aun el metropolitano”.

 

En particular, sabemos por la interpretación de varios investigadores (Quito Prehispánico, varios autores, CAE, 2007), que este centro ceremonial histórico multicultural localizado al norte de Shunku o Shungo Loma, se relacionaba a través de varios caminos y en especial del Kápak Ñan, con el llamado Hanan Saya o Hanan Kitu o Aña Kitu o por deformación Iñaquito (actual Quito Norte) y con el Urin Kitu o Urin Saya (actual La Magdalena, Chillogallo y Quitumbe) y aquello desde tiempos inmemoriales (Ver gráficos de Andrés Peñaherrera Mateus, 2012) y, que constituyó también un nodo de intercambio comercial, simbólico  y cultural significativo en los Antis meridionales, atravesado por un eje ordenador o kápak seke orientado en dirección meridiana (Peñaherrera Mateus 2007, Velasco Andrade, 2007) alineado desde el norte del Perú (Tukume y Lambayeque) hacia  el paralelo cero señalada en el Cerro Catequilla: “pirámide natural” definida en su posición exacta equinoccial (hace por lo menos 2.000 años) (Gustavo Guayasamín 2005, Cristóbal Cobo, 2013).

 

Todo aquello demuestra con suma evidencia que, muchísimo antes de la llegada de los cuzqueños o “Incas”, desde mediados del siglo XV hasta inicios del siglo XVI, o peor aun antes de la llegada de los mismos europeos,-a los que se llamó “españoles” sin aun existir España-, la marka de Quitu poseía un ordenamiento territorial, habitacional, ceremonial y aun vial, que no ha cambiado significativamente en su matriz primordial aun a pesar de siglos de superposición; sin haber sido alterada desde entonces, sino más bien reafirmada durante centurias y de manera categórica, en tanto que constituyó una lógica de ordenamiento simbólico y territorial en los Andes meridionales (Lozano Castro, 1994).

 

“San Francisco”, la amaru kancha y el templo de illapu en kitu milenario

 

En singular, el  área de la plaza e iglesia colonial de San Francisco, si se la considera en el conjunto de las otras iglesias, conventos, colegios, edificios coloniales y republicanos superpuestos sobre otros basamentos y huellas precolombinas que han aparecido más al sur: en la iglesia de Santa Clara o más al norte: en el colegio La Providencia, es de suponer que en este sector intangible de la ciudad no se asentó solamente una tola superpuesta por un palacio de tipo kallanca cuzqueña o solo “un simple tianguez”: espacio de intercambio o mercado indígena (palabra náhuatl); sino una verdadera “kancha ceremonial” del Kitu precolombino, la misma que comprendía un conjunto de diversos edificios que se extendían hacia la cantera del Pichincha y el cerro de “El Placer del Inca” Wayna Kápak (actual Museo del agua Yaku) y hasta la parte sur oeste del gran centro ceremonial macro del Quito precolombino, cuyos límites hoy intangibles, circundaban también los templos que ahora  corresponden a las actuales iglesias de Santo Domingo, San Agustín y La Merced (Peñaherrera Mateus, 2012)

 

Probablemente y desde hace un milenio por lo menos, en este espacio se ubicaron un sistema de tolas o pirámides truncas kitwa karas de factura similar al centro ceremonial y observatorio astronómico de Kuchaski (“el lago de la mitad”) compuesto por varios templos que luego darían origen a la suplantación y cercado lítico en terrazas o patas, por los principales templos de “La ciudad Inca de Quito” (Espinoza Apolo, 2002) y que estaba en construcción a la llegada de los europeos a estas tierras en la tercera década del siglo XVI, destacándose entre otros y a la imagen del Cuzco:

 

Los templos dedicados al rayo o Illapu, a Killa la luna, al Sol o Inti wasi, al arcoíris o Cuichi y a las diversas constelaciones andinas ubicadas en Amaru Tupak o Waka Mayu (el río de la Vía Láctea) (William Sullivan, 1995), además de las edificaciones correspondientes a los “palacios” o Inca Wasi de Huayna Kápac (hoy Colegio La Providencia) y de su hijo Ataw Allpa (hoy Palacio de Carondelet) (Espinoza Apolo y otros, La ciudad inca de Quito, 2002).

 

 

El “Centro Histórico” y su singularidad ecológica cultural y topográfica

 

 

Bien sabemos que a nivel físico, ambiental y topográfico, el llamado “Centro Histórico” y toda la meseta sobre la cual se asienta la ciudad del Quito actual, se hallaba y aun se halla, entrecruzada por waykus o quebradas, túneles, canales y flujos de escorrentía provenientes del Pichincha; obras humanas de alcantarilla de diversa factura, socavones entre quebradas y  una variedad de rellenos, desbanques y adaptaciones del relieve, realizados desde la época colonial y aun precolombina; hasta luego de pasadas cinco centurias, haber conseguido su “imagen urbana” relativamente “plana”, aparentemente colonial y republicana,  a que nosotros valoramos de manera tangible, mas no de manera subyacente, superpuesta como un verdadero palimpsesto de carácter intangible.

 

 

La situación de inestabilidad geomorfológica, se agrava por la presencia tutelar del volcán activo Pichincha con sus  riesgos de erupción y desfogue a los asentamientos urbanos de pie de monte con brutal riesgo de deslaves y bajada de lahares a las zonas hoy densamente habitadas, combinados con el cruce por la meseta de uno de los ramales del sistema de fallas geológicas de la llamada FALLA CONTINENTAL CARACAS GUAYAQUIL (Toulkeridis, 2015) la que solo de manera reciente, está siendo develada y valorada como un riesgo y amenaza presente y futura para toda la población e infraestructura de la ciudad de Quito, además de los valles orientales y occidentales circundantes.

 

Por tanto, los trabajos de perforación para una mega obra subterránea como el METRO Q, propuesta de manera inconsulta por la administración del “médico urbanista” Augusto Barrera (AP) y retomada sin ninguna fiscalización, ni correctivos por la actual del administrador neo conservador Mauricio Rodas Espinel (SUMA), constituirán un verdadero atentado a la estabilidad del entorno natural y construido de la ciudad; en especial a la puesta en valor del  patrimonio pretérito y a la comprensión cabal de aquel palimpsesto indígena, colonial, republicano y aun neoclásico, que aun permanece  y que subyace intangible en esta zona de asentamiento multicultural milenario.

 

 

LA mega estación de Metro Q “San Francisco”

 

 

Solo para citar lo inadecuado del cruce de un metro subterráneo en el Centro Histórico de Quito, en el caso de la proyectada “mega estación de San Francisco”, diversos autores y trabajos anteriores (Escudero, Ortiz, Del Pino, entre otros), han resaltado la importancia de la función intercambio del sector al que han llamado el tianguez (lugar de mercadeo en náhuatl) o katuk (en kichwa), como mercado indígena ancestral, así como la Amaru Kancha: lugar de ceremonias rituales al rayo, con puerta complementaria al volcán Pichincha  (Webster, 2013) y apenas un suyu o el cuadrante sur occidental de toda una kancha ceremonial que abarcaba un gran cuadrilátero limitado por cuatro templos ubicados en diagonal (Burgos Guevara, 1995) dedicados a las diversas fuerzas, direcciones y elementos (Velasco Andrade, 2007):

 

 

El templo de las constelaciones (Santo Domingo); el templo de la luna y Allpa Mama (La Merced); el templo del Cuichi Arco Iris y de los amawtas (San Augustín), en fin, en su segmento sur occidental, la Amaru Kancha: templo en honor a la deidad del rayo, el trueno y la fuerza telúrica llamada Apu Catequil o en el imaginario inca cuzqueño Illapu; aquel que fue posteriormente suplantado, como en otros lugares de América andina en ciudades como San Francisco de Cajamarka, por el templo y simbólica ritual de “San Francisco de Asís”,  con su correlato mítico y simbólico de la granizada y la agricultura, de la tormenta y el significativo “cordonazo” de octubre 4, punto de cambio estacional en el microclima quiteño.

 

Diversas fuentes señalan además, que el convento y la plaza se levantaron sobre las bases precolombinas de dicho templo y casa del gobernador inca y en el marco de una matriz urbana en diagonal o Tawantin (Burgos Guevara, 1995), pero que el sitio no solo conservó su calidad de espacio de encuentro de indígenas y de la diversidad social en varias épocas históricas, sino que el valor arquitectónico de la edificación colonial y renacentista, conserva en su mismo emplazamiento, su condición subterránea hasta el presente, puesto que si fue seguramente una tola piramidal de cangawa de factura kitu kara, adoptada para una edificación cuzqueña y de muros o cercos líticos o kallankas inkas a la manera de una plataforma, este edificio terminaría siendo la base y cimiento de la edificación colonial superpuesta sobre la plaza y con la evidencia de un atril de acceso en escalinatas, que hoy creemos solo de “arquitectura colonial y renacentista”.

 

En este sentido, el conjunto integrado por las dos iglesias del complejo patrimonial señalado:  la de Cantuña o de la “Veracruz” y “de los naturales” y aquellas de San Juan Buenaventura y la actual de San Francisco propiamente dicha, además del convento, la plaza y su entorno colonial y republicano, construidos como su entorno de adobe, piedra y ladrillo, representan una de las expresiones de mayor valor patrimonial del llamado “Patrimonio de la Humanidad”, por la superposición o palimpsesto multicultural arquitectónico y urbano que registra durante centurias y, que deberá en un futuro no lejano, ser puesto en verdadero y real valor.

 

De otra parte, la implantación  proyectada de la “mega estación” y los trabajos que en este lugar patrimonial e histórico ya se están realizando, incluso con la pretendida “autorización de la UNESCO”, resultan una afrenta  a la conservación del patrimonio tangible e intangible de carácter reciente, puesto que su plaza y su entorno han  constituido un espacio articulado externa e internamente desde el siglo XVII, -con alta densidad poblacional anterior y actual-; lugar significante donde su uso público y privado ha conservado en un continuum cultural, prácticamente las mismas características de función ceremonial y simbólica, permitiendo una estrecha conexión entre las dinámicas de la religiosidad popular católica, la sociabilidad pública, el comercio menor e informal y la residencia de sectores de ingresos bajos: en especial de indígenas migrantes de los Andes centrales del país.

 

La alteración de uno solo de sus componentes va a poner en juego el delicado equilibrio entre cultura, geología, hidrología y topografía en el lugar; la potencial observación protegida y valorada de una arquitectura e ingeniería que ha mantenido un diálogo histórico con los habitantes de Quito desde épocas pretéritas; la afrenta a la misma memoria política y significativa de hechos sociales que han tenido como escenario este espacio público desde las llamadas “revolución de los Estancos y las Alcabalas” (Barrio de San Roque) (Espinoza Apolo, 2013) o las mismas concentraciones proselitistas, que desde la época republicana, han construido sentidos de pertenencia e identidad sobre este lugar legendario en el imaginario quiteño.

 

Por ello, colocar allí una “Mega estación” del Metro subterráneo, es a todas luces un atentando patrimonial, pues atraerá diariamente a la plaza y su entorno una gran masa de población, expulsando para ello a otra del hábitat emergente (gentrificación urbana) y cuya impronta a-histórica y abrupta conllevará impactos directos y amplios en el entorno y en el subsuelo y, por lo tanto, consecuencias dramáticas que van a alterar de manera irreversible el equilibrio urbano del patrimonio arquitectónico, el paisaje urbano y su rol vital en toda el área patrimonial de Quito.

 

En fin, nuestro nuestra historia primordial merece ser estudiada y valorada de otro modo. Si se desea “sacar a luz” sus ‘tesoros arqueológicos’ para “exhibirlos al mundo” –términos utilizados en la publicidad del proyecto Metro Quito -, o rescatar “simples pedazos de cerámica” o constatar varias “anomalías” en tareas irremediables de “arqueología de rescate”, sería necesario realizar un trabajo arqueológico profesional e interdisciplinario, que tomaría mucho más tiempo del que los mentores, autoridades y los mismos constructores del proyecto estarían dispuestos a otorgar, -y quienes desde ya lo advertimos-, será los responsables directos de su afectación.

 

Tampoco creemos que en la plaza de San Francisco, será suficiente ofrecer una intervención espectacular y novelera al prometer hacer un “museo temático de sitio” con lo que se alcance a “salvar” durante la agresiva excavación, lo que significará el abrir un túnel a través del Centro Histórico desde la Plaza del Teatro para luego atravesando el área intangible, arribar de manera diagonal hasta la Mega Estación.

 

Hay que subrayar que esta labor en primera instancia se dijo que se realizaría desde el subsuelo de las casas contiguas,-que fueron desalojadas con gran campaña publicitaria-, para que los trabajos subterráneos pudieran hacer de “modo manual”, evitando afectaciones y colapso de las estructuras circundantes, para finalmente comprobar su imposibilidad técnica y geológica in situ que la excavación debería hacerse desde la misma superficie, levantando las piedras patrimoniales centenarias de la plaza para finalmente posicionar en los medios de comunicación, la oportunidad de estrenar de ocasión unas novísimas  “tuneladoras de marca alemana”, bautizadas de manera folklórica y alegre con “nombres de mujer”, como muestra patética y risible de su dudosa y apurada adquisición.

 

APÉNDICE

 

Aunque escribimos este apéndice de manera aun superficial, lo escribimos puesto que nos han llegado evidencias (fotografías, segmentos de video, testimonios, que acompañamos al presente documento) los que nos permiten suponer que todo aquello que hemos sostenido anteriormente respecto al verdadero palimpsesto que aun subyace en el conjunto monumental y Paisaje Cultural Urbano de San Francisco, se confirma y merece una urgente respuesta de las máximas autoridades de Quito, del Instituto de Patrimonio y Cultura y en especial de la ciudadanía interesada en la defensa de nuestro patrimonio vital tangible e intangible.

 

Para empezar, la intangibilidad y significativa importancia de la Plaza y el templo de San Francisco de Quito, se confirma pues el conjunto monumental está alineado en el mismo meridiano con el templo y plaza homónima de San Francisco de Cajamarca (ver imagen 1), lo cual demuestra su relación geodésica pan andina y ordenamiento territorial macro, con otras ciudades o centros ceremoniales de origen precolombino alineados luego con el Kápak Ñan (Patrimonio Cultural de la Humanidad, Unesco 2013) tales como Cuzco, Pucará, Tiwanaku, Potosí, Oruro (ver imágenes 2 y 3: Cevallos Blak, 2013)  relaciones que rebasan ampliamente las ya mencionadas a nivel del Centro Histórico, con el cerro Catequilla en la llamada “mitad del mundo” (Cobo Cristóbal, 2013), de la micro-región de Quito o aun del área andina ecuatorial y del norte del Perú (Peñaherrera Mateus, 2012).

 

Las imágenes y videos, así como los testimonios a los que hemos podido acceder de primera mano, nos confirman la existencia de estructuras corridas o continuas, de piedra, de ladrillo, escalinatas, arcos abovedados y/o, posibles galerías o socavones en cangawa que han sido obstruidas con anterioridad o afectados por los mismos trabajos posteriores al levantamiento de las piedras patrimoniales del sector este de la plaza por los trabajos polémicos del Metro Q (ver imágenes…..)

 

Los segmentos puestos a luz desde una perspectiva de altura, debido al secretismo de los trabajos que se están realizando por parte de la municipalidad y divulgados por los vecinos de la plaza hace aproximadamente dos semanas en las redes sociales, corresponden a estructuras “corridas o continuas”, que a simple vista parecen “superficiales” y fueron catalogadas por los “técnicos y especialistas” adscritos al Metro Q, como simples segmentos de alcantarillas y “cajas de revisión” relativamente recientes, sin valor patrimonial, procediendo enseguida a cubrirlas para realizar trabajos que han permanecido en “absoluta reserva”.

 

Sin embargo nosotros consideramos que pueden en el caso de ciertos muretes corresponder a canales republicanos y/o coloniales de alcantarilla o de acceso de caudal a la antigua pileta de la plaza; sin embargo la anchura de los mismos, en especial de los que corresponden a pirkas de coloración marrón como muros de piedra aglutinados con cal, junto a los cuales se “anclan” o apoyan segmentos de estructuras anchas de ladrillo y constituyen muros de factura por lo menos “republicana”, que merecen ser estudiadas en su orientación “diagonal” a la plaza y en su posible continuidad hacia las calles Bolívar y Ben Alcázar o aun más allá.

 

Las bases fuertes de piedra de aspecto octogonal a nivel superficial, parecerían corresponder a la antigua pileta trasladada luego a Calacalí o en todo caso a la antigua estructura de basamento de la estatua del obispo González Suárez, que sabemos por documentos históricos y fotográficos que en la plaza se encontraban. Sin embargo, como fue visualizado a través de trabajo de sondeos previos como “anomalías” (ver imágenes difundidas por los medios), no se debe descartar la constatación también de bases fuertes o huellas de carácter circular o semicircular más profundas, que podrían haber tenido un correlato cilíndrico en su uso cotidiano o ritual pretérito.

 

Segmentos de escalinatas, quizás en piedra, pero que hoy se ven cubiertas de tierra y que han sido fracturadas seguramente por los trabajos de prospección, deben ser estudiadas en su continuum de dirección y cambios de pendiente, en base a su relación lógica en la plaza, el conjunto monumental, las calles y los templos aledaños (ver imágenes).

 

Posibles muros de considerable altura que parecerían corresponder a un “corredor de socavón” trabajado en cangawa como muchos que se han encontrado contiguos a los waykus o quebradas de Quito y que ha sido aparentemente clausurados, además de otros posibles sustentos abovedados que se asemejan a arcos, todos ellos por encontrarse por lo menos a una profundidad de tres metros o más, bajo el nivel actual de la plaza, merecen ser estudiados en su continuidad y lógica de posible trayectoria.

 

La presencia de bases en piedra y/ o cangawa, para realizar seguramente trabajos de fabricación de cal (caleras), relacionadas a aquellos de los muros y estructuras parciales descritas, son también evidencias de la actividad subterránea que las estructuras de un verdadero palimpsesto arqueológico multicultural que se muestran en las fotografías y videos adjuntos.

 

Cabe señalar, que sea por las recientes lluvias caídas en Quito, y/o por la presencia de algún signo de escorrentía o caudal subterráneo, algunos tramos del área de prospección arqueológica se hallan inundados, lo cual acarrea riesgos de contaminación para el sector y para quienes se hallan trabajando en el lugar (ver imágenes)

 

En fin, lo anteriormente descrito y bajos las evidencias adjuntas,  a nuestro juicio, merecen la inmediata detención de los trabajos que no correspondan al estudio a profundidad y salvaguarda del patrimonio tangible e intangible que allí subyace; una acción emergente de protección legal conforme a nuestra legislación de Patrimonio Cultural vigente y la inmediata conformación de un alto Comité Técnico-Municipal y Ciudadano, para su estudio sistemático y científico de carácter multidisciplinar; con su consecuente y lógica divulgación a la ciudadanía quiteña y a los organismos nacionales e internacionales correspondientes.

 

*DIEGO VELASCO ANDRADE

 

Arquitecto urbanista, UCE.

Estudios de Diplomado, Maestría y Doctorado, en la Escuela Politécnica de Mons y la Universidad Católica de Lovaina, Bélgica

Investigador y especialista en Semiótica y Antropología urbana y cultural.

Escritor, miembro del Colectivo Kitu Milenario.

Profesor de la Universidad Central del Ecuador y Miembro de las Comunidades Epistémicas de las Universidades Central y Católica de Cuenca.

 

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ISSN 1390-6038

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